Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

JOSH

Estoy tirado en la cama, es de noche y se escucha la lluvia caer desde el exterior. Ha pasado otra semana desde que fui a buscar a Ana a su instituto para poder verla. Esta vez, no he faltado al gym y las pastillas ya no me dejan tan aturdido. Por fin, siento que empiezo a ser yo.

Los pensamientos intrusivos no han vuelto a mi cabeza. Sin embargo, sé que debo estar preparado para cuando regresen, porque siempre lo hacen. Ellos no se van, se mantienen ahí, escondidos, esperando que una de tus brechas sea lo suficiente grande para colarse y atormentarte, una vez más.

—Soy fuerte, puedo con esto —murmuro en voz baja.

Paula me ha bloqueado de todas sus redes, y me siento orgulloso de ello. Sigo sin follar. Me estoy portando como un buen chico por primera vez por una tía, y solo espero que sirva de algo porque, sinceramente, quiero ser mejor persona por ella, quiero merecerla.

Ya hemos hablado después de cenar y me he quedado con ella al teléfono hasta que se ha quedado dormida. No sé qué se supone que es lo que tenemos, pero es… ¿gratificante?, ¿bonito?, ¿curioso? Yo qué sé.

Sigo sin verme siendo el novio de nadie, me da pavor que me destrocen, sin embargo, Sean se ve bien con Brit y… Ana no parece una mala chica. Tampoco de esas que son de una sola noche. A ella no puedo usarla y después decirle adiós. No me lo perdonaría jamás.

Así que aquí estoy, aceptando la exclusividad por primera vez en mi vida, con cuatro meses sin acostarme con ninguna tía y moviendo la colita como un perro hambriento cada vez que sé algo de ella.

Al menos, mi rabo vuelve a funcionar y puedo aliviarme a solas en mi habitación. Algo es algo, ¿no?

Pero no veo la hora de que confíe en mí y me deje ir un poco más lejos. Meses. ¡Meses! Es lo que llevamos y lo único que hacemos es besarnos.

Joder, y es que sus besos me ponen tanto y son tan dulces que a veces creo que puedo llegar al orgasmo solo con eso; aun así, necesito más. La necesito a ella. Entera, completa.

¿Cuánto más necesito demostrarle para ganarme su confianza?

Me siento un poco perdido y, a veces, desesperado, la verdad.

Sé que en la fiesta me dijo que nunca se acostaría con un tío que no fuese su novio, la cosa es: ¿cuándo seremos novios? ¿Cuándo debo pedírselo? ¿Cuándo estará ella lista?

No quiero que vuelvan a dejarme tirado, con el puñetero corazón roto y sintiendo que no valgo una puta mierda.

El móvil se enciende sobre la cama, doy por hecho que Sean ha terminado de cenar con sus suegros y quiere contarme cómo ha ido el tema; sin embargo, él es más de mensajes, así que me es imposible no preocuparme.

Al mirar el número, veo que es uno tela de largo. El corazón me da un golpe en el pecho, porque esto solo significa una cosa: problemas.

—¿Hola? —respondo, sentándome sobre la cama mientras me quito algunas legañas que el insomnio me ha dejado en los ojos.

—Josh Halimton, ¿verdad?

Frunzo el ceño.

—Sí, ¿qué pasa?

—Le llamamos del servicio de urgencias del hospital, usted aparece en la lista de contactos de Sean Kiev. ¿Es su familiar?

«Es mi hermano», respondo dentro de mí, saliendo disparado de la cama y cogiendo lo primero que veo para vestirme, con un calcetín de cada color y la sudadera del revés. Me la suda, macho. Me la suda muchísimo.

¿Qué coño le ha pasado a Sean?

Joder, joder, joder.

La mujer sigue dándome información por teléfono, que ya está en manos libres sobre el escritorio mientras busco las llaves y la puta cartera.

—Hijo, ¿qué pasa?

Zahra se asoma con una cara totalmente somnolienta, abrazada a su bata de franela de cuadros morados.

—Sean —digo con la cara pálida y el rostro descompuesto—. Está ingresado, le han apuñalado.

Mi madre se lleva la mano al corazón, sus labios tiemblan y rompe a llorar.

Si Sean es como un hermano para mí, también es como un hijo para ella.

Puedo poner la mano en el fuego a que mi madre nos quiere a los dos por igual y me siento orgulloso de ello.

Mary, la madre de Sean, tampoco ha hecho nunca diferencias entre nosotros y siempre me he sentido como uno más de la familia Kiev.

—Me voy cagando hostias, te llamo en cuanto sepa algo. —Acaricio su brazo, sin ser capaz de consolarla más porque estoy de los putos nervios.

—Josh, no puedes conducir así. —Ella viene corriendo por las escaleras detrás de mí—. Tu padre se está levantando, espera que se vista y te…

Ya he cerrado la puerta, las manos me tiemblan tanto que sé que Zahra tiene razón. El pecho se me comprime y me cuesta respirar, la cabeza me da vueltas y sé que esto solo es la maldita ansiedad, haciéndome ver que mis miedos son más fuertes y grandes que yo mismo.

Pero no pienso dejarme ganar por ninguna enfermedad mental cuando una de las personas más importantes de mi vida está en el hospital y podría haber muerto.

Saco una de las pastillas de emergencia, colocándomela bajo la lengua y, sin dudarlo, me pongo el casco y acelero.

Puedo hacerlo.

Joder, claro que puedo.