CAPÍTULO 36
ANASTASIA
Enrollarse con Josh Halimton tiene sus cosas malas, las cuales son temer por mi salud mental y sufrir terror a terminar con el corazón hecho trizas; no obstante, también tiene algunas buenas como, por ejemplo, que hoy nadie se ha metido conmigo.
Rose no ha dejado de mirarme y cuchichear con sus amigas, fuera de ahí, he conservado mi espacio y tranquilidad durante toda la mañana. Estupendo.
Cuando suena la campana para ir a casa, veo que tengo un mensaje de él sin responder. Mis mejillas se acaloran al instante, sin embargo, no sé qué decir.
¿Le contesto que él también está bueno? ¿Le doy las gracias?
No me atrevo, en absoluto.
¿Cambio drásticamente la conversación preguntándole qué tal ha estado estos días?
Muerdo mi labio inferior, nerviosa por no saber ni entablar una maldita conversación. He pasado el comienzo de la semana ansiosa por volver a hablar con él o encontrarnos en el gimnasio, pero ahora estoy totalmente en blanco.
Justo cuando llego a la salida del instituto, me choco contra un cuerpo fuerte y firme.
—Cariño, mira por dónde vas. No quiero que te vayas chocando con otros tíos.
—Es una voz que me resulta demasiado familiar y produce un intenso cosquilleo en mi estómago y, seguidamente, en mi sexo, haciéndome levantar la cabeza al instante para ver los ojos color miel y las pecas más bonitas del mundo.
Él se fija en mi pantalla, con su mensaje todavía abierto.
—Mantengo lo dicho, estás muy buena.
¡Ayuda!
Las rodillas me tiemblan como un flan, soy incapaz de hacer o decir algo, solamente le veo ahí, despeinado, con el casco rojo y negro de la moto colgando de uno de sus brazos y las manos metidas en los bolsillos del pantalón del uniforme de Hallow.
Lleva la corbata mal anudada, pero le queda de muerte.
La gente empieza a mirarnos y es que estoy segura de que pocos creían que fuese real que Josh Halimton y Anastasia Mirren se hubiesen liado en la última fiesta.
Pues sí, ha pasado. Os jodéis.
Rose pasa por nuestra izquierda con sus amigas, se ríe de forma estridente para intentar captar la atención del chico que tengo delante.
Sin embargo, este no le hace ningún caso.
Como no logra conseguir lo que ella quiere, se acerca directamente a nosotros, colocando su mano sobre el hombro de Josh. La rabia bulle en mi cerebro y deseo arrancarle los dedos de un mordisco.
No le toques, maldita sea.
Odio a las tías que necesitan que todos los tíos estén detrás de ellas.
—Ey, ese uniforme es de Hallow, ¿verdad?
Josh la mira, se señala el enorme escudo bordado en la chaqueta con el nombre en hilo dorado.
—No, qué va —responde con su particular simpatía. Se enciende un cigarro, le echa el humo en la cara y vuelve a centrarse en mí—. Es de clases de ballet .
—Tengo una prima que estudia allí —insiste, después de toser y apartar el humo moviendo las manos.
Yo ruedo los ojos, no nos dejará estar a solas. Solo quiere captar su atención y que pase de mí.
Él vuelve a mirarla con una ceja arqueada.
—¿Tienes algún tipo de retraso mental?
La pregunta hace que tenga que contener una carcajada, sus amigas abren los ojos y ella se atraganta.
—No, ¿por?
—Porque no sé qué te hace pensar que voy a prestarte atención. —Chasquea los dedos en su cara y le hace un gesto con la cabeza—. Si no te importa, estoy ocupado —masculla con el cigarro en los labios, echándome un brazo por encima para caminar conmigo hacia la salida.
Toda la piel se me pone de gallina, sin embargo, lo más fuerte sucede cuando la mano que sostiene el cigarro me agarra de las mejillas para obligarme a mirarle y me planta un beso en la boca.
—Muevo mi culo hasta aquí y no me das ni un puñetero beso. No pierdes tu esencia, ¿eh?
Su comentario consigue arrancarme una carcajada sincera. La humillación que le acaba de plantar a Rose ha hecho que este chico me guste todavía más. No es que sea mala, pero se lo merecía.
—Disculpa, es que como llevo días sin saber de ti, no sé si seguimos…
—¿Siendo exclusivos? Cariño, por supuesto.
Cariño.
Al principio, esas palabras hacían saltar mis alarmas, ahora, hacen que desee besarle de nuevo. Mucho. Con lengua. Y a solas.
Mis pensamientos me hacen sudar y necesito apartarme el pelo de la cara, él lo nota, quitándome un mechón y colocándolo tras mi oreja.
—No te he visto por el gym —comento al ver su moto aparcada, él me sigue pues parece que quiere acompañarme a casa.
—Ya, he estado distraído arreglando unos ordenadores, suelo hacer eso de vez en cuando, pero no es todavía un trabajo serio. Además, las putas pastillas hay días que me dan un sueño que flipas.
¿Pastillas?
Me detengo en seco, mirándole con el ceño fruncido y una gran preocupación.
—¿Qué tipo de pastillas, Josh?
Le he visto fumar porros, y es algo que puedo pasar por alto. Sin embargo, si se droga más allá de eso, no creo que…
Ay, quiero llorar.
Él me mira con una expresión perdida, como si estuviese triste y arrepentido de haberlo dicho. Mi pecho se agarrota con un nudo que me impide respirar bien.
—¿Me juras que no dirás nada? Ni a Brit ni a Sean, a nadie.
Esto me calma y a la vez no. Si fuesen drogas, Sean lo sabría. Pero si no son drogas, debe ser por alguna enfermedad, y si no quiere que ni Sean lo sepa… ¿tan grave es?
Otra vez quiero llorar.
—Eh…, tía —suplica, y da un paso hacia mí, limpiándome una lágrima que se me acaba de escapar—. No llores, joder.
—Es que… —el labio superior me tiembla—, me preocupo por ti.
Esas palabras parecen calarle, pues sus ojos se abren más y su mano se queda a rígida sobre mi mejilla.
Mi cabeza trabaja demasiado rápido, pensando en el peor escenario posible, él sonríe de esa forma aniñada que le saca unos hoyuelos irresistibles. No tiene nada de niño, es un demonio, un demonio que se está anclando en lo más profundo de mi ser.
—Solo es depresión —susurra con una voz muy bajita—. El día que me viste en el coche con mi madre, venía del centro de salud mental.
Vuelve a pasar su brazo sobre mis hombros y empezamos a caminar despacio, en silencio.
Respiro lentamente, calmándome un poco. Las depresiones son peligrosas y jodidas, muchísimo, no hay que subestimarlas, pero me alegra saber que está en manos de un profesional.
Aun así, no lo entiendo.
—Tú siempre estás feliz, sonriendo, contento, celebrando la vida… —afirmo en voz baja, porque doy por hecho que es un tema delicado y privado para él.
—No todas las heridas sangran por fuera, Ana. Algunas duelen por dentro, y mucho.
Me detengo otra vez y él se para de nuevo frente a mí. No quiero llegar a casa, no quiero que se acabe este momento. Le he extrañado estos días. Mucho.
Si digo que he buscado mil excusas para escribirle, me quedo corta.
—Cuando necesites hablar o hacer algo para distraerte, lo que sea… —digo, y me prometo que no voy a llorar de nuevo, no, no lo haré—, cuenta conmigo.
Mi mochila cae al suelo, pesada, llena de libros y cosas. Me da lo mismo, lo único que hago es abrazarme a su cuerpo, así que rodeo su cintura con mis brazos mientras mi mejilla se apoya en sus fuertes y marcados pectorales. Huele demasiado bien. A suavizante y algún tipo de colonia deportiva.
Creo que, para mi desgracia, es mi nuevo olor favorito del mundo.
Sus bíceps, abultados y fibrosos, me rodean sin dudarlo, a la vez que siento sus labios posarse en mi coronilla.
—Gracias, Anni, lo mismo te digo.
Anni, me gusta cómo suena. Supongo que yo también puedo empezar a llamarle Joshi.
—¿Esto nos convierte en amigos?
Seguimos abrazados.
Él se ríe de forma nasal.
—Siento decepcionarte, pero mi intención es que seamos mucho más que eso. —Al sentir cómo mi cuerpo entra en tensión, desliza lentamente sus manos por mi espalda para agarrarme de la mano—. Va, te acompaño a casa, no quiero que llegues tarde y mi suegra empiece a cogerme tirria.
Le suelto, pegando un tirón, mientras empiezo a caminar rápido para dejarle atrás, con la única intención de molestarle.
Me encanta hacerle rabiar.
—De eso nada, no te hagas ilusiones tan rápido.
—¿Perdona? El día que metas a un chico en tu casa para presentárselo a tus padres, seré yo. Solamente yo. ¡¿Me estás escuchando?!