Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

JOSH

Los días han ido pasando y creo que esta mierda empieza a hacer efecto. Las pastillas, digo.

No es que me despierte feliz del todo, pero tampoco tengo esa sensación agónica en el pecho, como si el mundo fuese a desaparecer bajo mis pies.

Y encima, hoy tengo la sorpresa, nada más abrir los ojos, de que la tengo dura.

¡Mi rabo ha vuelto a la vida!

Desde aquella noche en la que bailé con Ana, no había vuelto a tener otra erección, pero disfruté restregándome con ella y apreciando ese maravilloso escote. Ella es perfecta.

«Mi perfecta». Se lo susurré al oído un millón de veces, por si le quedaba alguna duda y pareció, por primera vez, disfrutar de mis piropos y compañía.

Bailamos y bailamos. Ella se dejaba llevar por mí y sabía que el alcohol tenía mucho que ver, pero no importaba, aceptó darme exclusividad y, aunque llevo días sin verla, espero que siga con ello muy claro en la cabeza.

Porque lo es. Toda perfecta y mía.

No le he escrito desde entonces para no agobiarla, pues no sé si con ir despacio se refiere al sexo, a las citas, a tener contacto o a todo. No obstante, como su mejor amiga sale con mi mejor amigo, sé que nos volveremos a encontrar, es inevitable.

Tampoco he podido ir al gimnasio porque se me ha juntado con algunos arreglos de ordenadores en la tienda gaming de uno de mis amigos, así que he estado liado que te cagas.

Levanto las sábanas y veo mi preciosa polla morenita, preparada y llena de venas palpitando por algo de atención.

—Claro que sí, preciosa, aquí estoy.

La agarro y la sacudo, pensando en esas tetas y en ese pelo castaño oscuro, enredado en mi puño. La sensación es tan placentera que gimo sin poder evitarlo y no tardo casi nada en correrme.

¡Joder! ¡Qué alivio!

Pero qué desastre acabo de liar.

No hay servilletas que limpien esto, así que opto por darme prisa y cambiar las sábanas antes de ir al lavadero, poner las sucias a lavar y meterme en la ducha.

Cuando ya estoy listo, oliendo a colonia, con los piercings resplandecientes y despeinado como siempre, bajo a la cocina donde veo a mi madre llevarse un croissant mojado en café a la boca y a mi padre leyendo el periódico.

—Guapa, me voy —me despido solo de ella. Al otro que le den.

Su mirada se ilumina al verme con mejor aspecto, mi padre se asoma por encima del periódico. A veces me hace pensar que se preocupa y que se arrepiente por haber sido un gilipollas de primera. No obstante, soy rencoroso de cojones y el perdón no está en mi lista de cosas por hacer.

Me importa una mierda que el psicólogo siga insistiendo en que hablemos. No quiero hacerlo. No hay nada de que hablar.

—Ten cuidado, cielo, ¿te vas en coche o en moto?

—Moto.

Asiente.

—Pues ten más cuidado todavía.

A mi madre casi le dio algo el día que le dije que me quería comprar una moto. Finalmente cedió cuando se enteró de que cogía la de Sean igual que si fuese mía.

—Que sí, señora —bromeo, luego agarro su cabeza y le besuqueo la frente, soltándole un billetito en la mesa—. Ayer arreglé un par de ordenadores, píllate algo bonito. —Le guiño un ojo, cojo el casco y salgo de casa.

Sé que odia que le dé dinero, pero me da igual.

Es una mujer muy de casa, nunca se compra nada ni va a la peluquería o disfruta la vida, lo que me da un coraje que flipas.

Porque mi padre no se corta en darse caprichos.

Zahra piensa que como no trabaja, no lo merece, pero y todo el lío que tiene para llevar la casa para delante ¿qué? , ¿eh?

Además, cocina como una diosa, solo por eso merece todo lo mejor del mundo.

Miro mi móvil, Sean ya está en la puerta, subido a la moto con Brit detrás. No tengo ningún mensaje de doña Difícil y sigo preguntándome si debería escribirle o esperar un poco más.

Su amiga tampoco me ha dicho nada de ella… Puf, bueno, no hemos discutido y solo han pasado cuatro días, tampoco es tanto, aunque a mí me parezca mucho.

Lo peor de todo es: ¿por qué la necesito tanto? Yo mismo le reconocí que no sería un buen novio, que lo nuestro tenía que ser… casual. Con exclusividad, sí, pero casual.

Yo qué sé.

¿Se puede ser exclusivo y casual a la vez? ¿Sí? ¿No?

La quiero solo para mí, sin embargo, a la vez me asusta entregarme a una tía.

El recuerdo de cuando era un enano y aquella niña me ponía cara de asco, metiéndose el dedo en la boca como si mi declaración de amor sincero le diese arcadas mientras todos los niños de la clase se reían de mí, hace que se me forme un nudo en el pecho.

Solo éramos críos, lo sé, pero bastó para que no volviese a mostrar mis sentimientos nunca más.

«Joshua Halimton, las niñas guapas se hacen novias de niños guapos, tú tienes que buscar a una niña como tú. Fea y gorda. Y que huela mal».

Nunca olí mal. Joder. Pero los idiotas de turno me metieron mierda de perro dentro de la mochila sin que me diese cuenta, y le dijeron a todo el mundo que me había cagado encima.

Todos mis libros se llenaron de esa puta asquerosidad, teniendo que tirarlos y comprar otros nuevos y mi padre, en vez de darme un abrazo o lo que sea, solo me miró con desdén y puso los ojos en blanco, como si lo mereciera, como si él me hubiese hecho lo mismo de haber sido un niño de mi edad.

Juro por Allah que algún día le llenaré el coche de mierda y se irá con ese pestazo al trabajo.

—¿Josh? —Sean me mira, con la visera del casco subida—. ¿Vamos?

—Sí. —Guardo el teléfono en el bolsillo y, si hoy no me escribe en toda la mañana, quizá le hable en el almuerzo para preguntarle cómo está.

Tampoco es algo tan malo, ¿no? Y tampoco quiero que piense que me he olvidado de ella, porque no es así, en absoluto.

De hecho, pienso en ella cada maldito segundo…

Mi perfecta.

(…)

Ni un puto mensaje, ni uno. Hay que joderse.

Sean me espera en la parte trasera para fumar y yo sigo fingiendo que ya me he fumado algún porro o voy dando caladas falsas para que no sepa que me estoy medicando.

Igualmente, estoy mejor, hoy incluso me he levantado con la polla durísima, como antes.

Bajo las escaleras y al ver a Brit pasar con Cindy, agarradas del brazo y cuchicheando de sus cosas, quiero preguntarle por Ana. Al final, lo dejo estar, prefiero hablarle yo mismo.

Yo: Ey, ¿qué tal estos días? No sabía si escribirte o no, en plan, no quiero molestar, pero es que se supone que tenemos algo, ¿no? Y se supone que tenemos que hablarnos y esas cosas.

Joder, suena muy ridículo.

Lo borro, me despeino todavía más con la otra mano y escribo de nuevo.

Yo: Tía buena.

Sí, mucho mejor.

Cuando me desvío hacia el fondo del pasillo para coger la salida trasera, todavía embobado con la pantalla, un cuerpo pequeño arrolla el mío, empujándome hacia el baño de las chicas.

Me cuesta reaccionar un poco, no sé de qué va todo esto y me dejo arrastrar por Paula hasta uno de los cubículos. Cierra la puerta y nos quedamos a solas.

—¿Hola? —saludo con las cejas alzadas—. ¿Se supone que estoy secuestrado?

Ella no dice nada, solo aparta mis manos, se desabrocha los primeros botones y me besa, subiendo una pierna a mis caderas y restregándose contra mí.

Mi polla reacciona, por primera vez con una tía que no es Ana, lo que significa que si quisiera, podría follar, después de meses sin tener sexo ni sentir a ninguna mujer. Soy consciente de que Ana no me dejará tocarle un pelo hasta que pase mucho mucho tiempo, pero…

—No. —La aparto bruscamente. Encontrándome en la paradoja de estar enfadado porque mi polla haya reaccionado con ella.

Paula ya no me gusta, en realidad, todo lo que hemos tenido ha sido por limpiar mi orgullo más que por otra cosa.

Solo era sexo, como con todas las otras, desde luego, no es como con Ana.

No pienso en ella a todas horas ni me rebano el cerebro intentando sacarle una sonrisa—.

Tía, eres más tonta que la mierda, te dije que tengo novia.

La alejo de mí, colocándome bien el pantalón. No quiero y no tengo ganas, y con ella menos.

—¿Novia? —Su pintalabios rosa se ha corrido por sus mejillas y yo me paso la mano por la boca para limpiarme.

Sus besos no saben a nada. No me despiertan las sensaciones que siento con doña Difícil.

Ni de coña—. ¿Te refieres a la de la fiesta?

— Se ríe, a modo de burla y los recuerdos del pasado vienen a mi mente.

Porque Paula no es cualquier niña. Es esa niña.

La que me rechazó. La que cuando la volví a ver en el instituto, y ambos cambiamos físicamente, se me ofreció en bandeja y, aunque ya no sentía nada por ella, necesitaba usarla y tirarla, como yo sentí que ella hizo conmigo.

Nadie lo sabe. Ni Sean ni nadie. Nadie sabe que ella es la chica que tengo ahora mismo frente a mí—. ¿Esa gorda es tu novia?

La ira llega al punto de ebullición en mis venas y mis puños se aprietan. No quiero hacerle daño, nunca le haría nada a una tía, mi madre me cortaría los huevos porque esa no es la educación que me ha dado, sin embargo, sabe Allah que provocarme nunca acaba bien.

—Lávate la puta boca antes de hablar de ella o te la lavaré yo mismo metiéndote la cabeza en el váter —rujo, aclarándome la garganta y soltándole un escupitajo en la cara.

Ella empieza a llorar y sale corriendo a los lavabos para limpiarse.

Me importa tres cojones.

Solo espero que haya aprendido la lección.