CAPÍTULO 34
ANASTASIA
Bajo las escaleras lentamente, como quien va a la cocina para hacerse un bol de cereales y volver a la cama.
No soy de fiestas, siempre me obligo a salir para no ser tan rara como me hacen sentir que soy; sin embargo, ahora mismo solo quiero desaparecer.
Me siento como una idiota por mi comportamiento, por mis sentimientos, por la conversación con Sean.
Debe de creer que soy una cría egoísta. Y juro de verdad que no es así.
Los veo formando un grupo cerca de la terraza.
Josh habla con Sean y Brit, Cindy se mantiene a un lado, con esa mirada perdida pintada en la cara.
Siento un repelús y decido hacer lo de siempre, sentarme en uno de los sillones más alejados, cruzar las piernas y mirar el móvil hasta que Brit se acerque a mí para decirme que es hora de irnos.
Empiezo una partida de Candy Crush, cantando en voz bajita la letra de la canción mientras uno de mis pies se mueve de forma involuntaria al ritmo de la música.
Aislarme de lo que me rodea siempre se me ha dado bien, pero, claro, nunca hubo un chico demasiado importante para mí. Ahora sí que lo hay.
Quiero levantar la cabeza para buscarle, para mirarle, para ver qué hace, para suplicarle que vuelva a darme un poco de esa atención a la que me he vuelto completamente adicta.
No sé cómo explicar lo muchísimo que me asusta la dependencia que siento por él. No es bueno ni sano, pero creo que ya no puedo sacarle de mi mente.
La figura de alguien eclipsa los focos de colores de la fiesta, alzo la cabeza con un latido fuerte en el pecho, deseando que sea él. Una enorme cara de asco se me dibuja al instante al ver que se trata de un tío que ni conozco.
—¿Te tomas algo conmigo? —Me mira las tetas como si fuesen dos hamburguesas y llevase una semana sin comer.
No tengo tiempo de abrir la boca para entonar alguna sílaba cuando otro cuerpo le embiste, haciéndole rebotar contra unas chicas que bailan y creando un desastre que termina con alguna que otra persona en el suelo.
—¿Qué quería ese imbécil?
Y ahí está, mi tóxico preferido.
—Ni idea, no le has dejado ni hablar.
—He llegado a tiempo, entonces. —Se sube las mangas de su sudadera grisácea y se tira en el sillón a mi lado, con esa desfachatez que tanto le caracteriza.
Nos quedamos unos segundos en silencio, dejo de jugar porque me parece de mala educación y porque quiero que esté aquí conmigo y no se vaya, él solo mira el ambiente con cara de… ¿aburrimiento?
Tengo entendido que Josh siempre es el alma de la fiesta.
—¿Te encuentras mejor? —lanzo esa pregunta para romper el silencio, recordando el día que se saltó las clases porque fue al médico.
Parece que le he pillado por sorpresa, como si no supiese de qué hablo o como si le sorprendiese que aún recuerde eso.
Pues claro que me acuerdo, no he dejado de pensar en ello ni un solo momento.
Las chicas de mi edad fantasean con hacerle una mamada a los tíos que les gustan, yo he fantaseado con cuidarle, darle las medicinas y cocinarle sopa de verduras. Supongo que tiene razón cuando me llama mojigata.
—No lo sé —dice sin más, y se encoge de hombros—. Voy a ratos.
Quiero preguntarle qué es lo que le sucede, pero como vuelve a romper la conexión visual, siento vergüenza y me callo.
—¿Quieres bailar? —me ofrece él.
La verdad es que no sé ni lo que quiero.
—Si no quieres, no pasa nada, no me enfadaré —resopla—. Y si quieres que me largue, dímelo y…
—Quiero… —balbuceo, cortándole porque la cosa no va por donde él piensa. Me mira, expectante, y nunca nadie me ha mirado como si fuese tan importante— quiero hablar.
Sus cejas oscuras se alzan sobre esa piel morenita, me encanta lo despeinado que va siempre y lo magníficamente que se ve. Mis ojos se bañan en los suyos y después siento la necesidad de tocar su nariz. Es la nariz más pecosa que he visto en toda mi vida.
—Hablar —repite.
—Sí…, eh…, soy una chica de hablar.
Él asiente, y sé lo que debe de estar pensando, que estoy loca.
Saldrá corriendo en tres…, dos…, uno…
Un tirón de pelo me hace salir de mis pensamientos, su mirada maliciosa cobra algo de energía, pareciendo que ya no está tan aburrido.
—Pues venga, habla.
Mierda.
¿Y qué le digo?
A ver, está accediendo a hacer lo que le he pedido, así que debo poner de mi parte.
—¿Irás a la universidad?
—Sí, quiero estudiar Ingeniería Informática, ¿y tú?
Se acomoda de lado, apoyando su codo en el reposacabezas del sofá y su mejilla en la mano.
Es tan mono… De verdad.
—No iré, estoy sacándome un curso de Estética.
—Me parece guay.
Vale, genial, no parece que le importe que no quiera sacarme una carrera. A veces, hay gente que te desprecia por ello.
—¿Cuánto hace que tienes carné de conducir?
Por favor, esto parece más una entrevista de trabajo que… lo que sea que sea esto.
Su sonrisa maliciosa se acrecienta.
—Desde los diecisiete, el mismo día en que los cumplí fui a examen, pero llevo conduciendo mucho más, de forma ilegal, claro. —Da un trago a su vaso y me lo ofrece. Quiero ser simpática y abrirme un poco así que accedo y doy un sorbo. Está rico—. ¿Y tú?
—Me lo saqué también nada más cumplir los diecisiete, pero no tengo coche. Todavía.
Mi respuesta parece que le llama la atención.
—Cuando quieras puedes usar el mío.
Un revoloteo de mariposas se me forma en el estómago. Josh Halimton está siendo amable conmigo, sin hablar de sexo y sin comportarse como un baboso, y esto es algo que no suele hacer con ninguna chica. Tanto es así, que me doy cuenta de que muchas empiezan a mirarnos y cuchichear.
—¿Por qué insistes tanto conmigo? —cuestiono, armándome de valor porque necesito zanjar esto de una vez por todas.
Él aprieta los labios y lo entiendo, solo es sexo, solo son ganas de…
—Me gustas, doña Difícil.
Descargas eléctricas sacuden todo mi cuerpo.
Siento que estoy flotando y eso no es bueno porque sufro de vértigo.
—A ti te gustan todas —bromeo, pero, en el fondo, estoy diciéndolo muy en serio.
Él inspira con fuerza, echa un ojo a su alrededor y da otro trago, me ofrece el vaso de nuevo y acepto otra vez.
—Ya no. —Suelta todo el aire—. Hay cosas que han cambiado.
Cada vez que revela un dato personal o interesante sobre sí mismo, corta por unos segundos la conexión visual, haciéndome entender que no quiere hablar de ello y dejándome con ganas de más.
—¿Puedo saber qué es lo que quieres de mí? —insisto en voz baja, temo que no me escuche por la música, sin embargo, sí que lo hace.
Nos miramos fijamente, y no sé qué debe sentir él en estos momentos, pero, para mí, es como si algo me atase a su alma y no me dejase escapar. Tampoco quiero hacerlo.
—Ya te lo he dicho, tía —repite, algo incómodo—. Me gustas.
Ahora soy yo la que le quita el vaso y bebe, un trago bastante largo, mi gesto parece divertirle. Vuelvo a sentir algo en el pelo, aunque, esta vez, no es un tirón, solo se está enrollando un mechón en el dedo.
—Josh, yo no soy ese tipo de chica.
—¿A qué te refieres? ¿A las que se dejan llevar y disfrutan de la vida?
Cabrón.
Siento un ligero tic en el ojo.
—A las que se abren de piernas sin esperar nada a cambio —respondo de forma mordaz—. Soy de relaciones serias y no pienso perder mi virginidad con alguien que…
—Que no te quiere —termina por mí.
—Exactamente —asiento—. Me pareces un chico muy guapo y… y… —Mierda, qué complicado es esto—. Pero… yo… no haré nada si no es con mi novio, ¿entiendes?
Él me escucha con calma, siento que después de esto sí que se levantará y se irá cagando leches, pero no, de nuevo, vuelve a sorprenderme.
Mi pelo sigue enrollado en su dedo, lo suelta y agarra la coleta completa, cerrándola en su puño y jugueteando con ella.
—Me recuerdas a mi madre —comenta, con una mueca que no sé del todo qué significa—. Ella llegó virgen al matrimonio y solo ha estado con mi padre en toda su vida. —Sacude mi coleta, maravillado por cómo se mueve y empieza a enrollar mechones en sus dedos otra vez—. Gracias por ser sincera conmigo.
Bueno, ¿y ahora qué?
—¿De nada?
—Yo no sé si algún día podré tener novia, soy un mierda —prosigue, y que diga eso de sí mismo, me asusta—. Desconfiado, celoso, tóxico…, sería el peor novio del mundo.
Quiero decirle que no me importa, que me gusta muchísimo lo poco que sé de él y que quiero intentarlo. Pero parecería una desesperada.
—No creo que sea bueno para ti —añade, y mi corazón se rompe en un ligero crac.
—Entonces, ¿no volveremos a besarnos ni nada de eso?
Mis ojos quieren volver a llorar y estoy muy arrepentida de lo que acabo de decirle, prefiero que me use y me destroce a que desaparezca porque simplemente, ahora mismo, lo necesito todo de él.
Él mira con desprecio al tipo que me invitó a tomar algo, el cual pasa por nuestro lado y me mira de reojo las tetas.
—¿Me darás tiempo? —pregunta, pillándome de sorpresa.
—¿Tiempo? ¿A qué te refieres?
—Para aprender a tener una relación. Necesito… Yo necesito prepararme para eso —aclara antes de dar otro sorbo—. Quiero saber si puedo hacerlo. Porque si no eres mía, serás de otro, y eso sí que no pienso permitirlo. Así que déjame intentarlo, doña Difícil.
El hecho de que esté dispuesto a intentarlo ya es muchísimo para mí. Este chico, el que nunca repite —excepto con Paula—, y que jamás se compromete con nadie, ¿quiere algo serio conmigo?
«Hay cosas que han cambiado».
Me cuesta confiar en él, una parte de mí grita que solo lo hace para conseguir lo que quiere y que después se irá. Sin embargo, las palabras de Sean resuenan en mi cabeza: «O te aceptas y te quieres de una vez y confías en él, o le dejas ir».
No, no puedo hacer eso, ya no.
Porque él también me gusta, y no un poco, muchísimo.
—Claro, tienes todo el tiempo del mundo, tampoco podemos ser novios en plan ya, sin conocernos ni nada. —Me río de forma nerviosa y él me sonríe como si fuese la hermana pequeña de Sean.
De verdad, tengo que dejar de ser tan infantil.
—Entonces, ¿tenemos algo? —inquiere, y todo mi interior se remueve.
—No lo sé, Josh, ¿tú qué piensas?
—Yo quiero que tengamos algo.
Lamo mi labio inferior y él lo mira, recuerdo su piercing en la lengua y siento la necesidad de volver a saborearle.
—Te propongo que seamos exclusivos, hasta que tengamos claro si queremos ser novios o no —añade él, y mis ojos se abren de golpe, sin ser capaz de creer que esto me esté sucediendo a mí.
Cuando Brit me contó que Sean se lo propuso, me puse muy feliz por ella y sentí envidia de la buena porque daba por hecho que yo no viviría un momento como ese.
Sin embargo, aquí estoy.
—Eso significa que no te irás con ninguna. ¿verdad? —Quiero un contrato firmado de su puño y letra. Y con sangre también.
—Exacto. Doña Difícil pasa a ser completamente mía por tiempo indefinido.
—¿Y qué pasa con Paula?
No sé ni quién es esa chica, sin embargo, pienso en su nombre como cien veces al día.
Él señala con la frente hacia unas chicas de cuerpos preciosos y vestidos minúsculos que bailan en solitario. Una de ellas, de cabello castaño y largo como yo, nos ha estado vigilando todo el tiempo.
—Nos está mirando —murmuro, y él asiente.
—Mírame ahora mí —me pide.
Yo obedezco de golpe y siento como su mano toma con más fuerza mi cabello hasta que sus labios se pegan a los míos, besándome de esa forma tan ardiente que me marcó desde aquel día en el cine.
Nunca podré olvidar estos besos.
Mi lengua se une a la suya, porque tengo que ser valiente y porque me gusta que todos vean que la chica marginada de Salduva se está besando con el tío más guapo del mundo.
Su mano pasa de mi cabello a mi espalda, pegándome a él y un pequeño jadeo se me escapa en su boca.
Entonces, el beso se corta y un fino hilo de saliva se forma entre nosotros.
—Ahora tienes dos opciones, preciosa: o subir conmigo a una habitación y dejar que te bese por todas partes, o venir a bailar, tú decides.
Muerdo mi labio con ganas de elegir la primera opción. Pero, no, si de verdad le intereso, tendrá que merecerse mi confianza. Yo no soy como Paula ni como todas las chicas con las que ha estado, y pienso demostrárselo.
—Quiero bailar.
—Me cago en mi puta vida —susurra contra mis labios, riéndose y volviendo a besarme—.Pero bien pegaditos, ¿eh? Deja que me restriegue en tu culo al menos.
—Josh…
—Exclusividad, nena, si no puedo follar con nadie, al menos deja que me frote en ese cuerpazo. Una cosa es ser difícil, y otra cruel.
Ay, madre mía. Lo que me espera con este chico.