CAPÍTULO 28 #2
Cuando la película ya casi ha terminado, pese a que nadie la ha visto, Edgard se levanta, yendo con Peach a la habitación de mis tíos y cerrando la puerta. Charlie hace lo mismo con la otra chica y adivinad con quién me quedo a solas en el sofá.
Aprovecho para huir y sentarme en la otra punta.
De verdad que no me entiendo, no sé por qué deseo tanto estar cerca de él, pero al mismo tiempo me asusta de esta manera.
Quizá sea por su fama de picaflor, porque sé que es un chico malo y que mis padres nunca le aceptarían en la familia —joder, le ha vendido droga a Edgard en mi maldita cara—, o porque, a pesar de todo eso, le considero demasiado perfecto para mí.
Josh simplemente se me queda mirando con esa cara de «me aburres muchísimo» que suele poner cuando se cansa de insistir, saca el móvil y empieza a mirar vídeos.
Yo sigo estática sobre el sofá, con las manos sobre las piernas y la televisión en blanco y negro alumbrándonos de forma vaga. Lo único que se escucha es el sonido de los vídeos que Josh va pasando y mi respiración.
Necesito hacer algo.
Vamos, Ana, deja de comportarte como una pirada.
—Mentí —comento, con tan poca confianza que mi voz sale con un gallo ridículo.
Él levanta la cara de la pantalla del teléfono y vuelve a mirarme, esta vez sin ninguna expresión soez.
—¿Sobre qué?
—Sobre la moto, no he tenido ningún lío. —Trago saliva y froto las palmas de las manos sobre los vaqueros—. Con nadie, nunca —aclaro—. Solo he subido en moto con mi tío y con Charlie.
Su postura rígida se relaja y el demonio por fin vuelve a sonreír y a estar contento.
—Entonces, ¿he sido el primero en probar esa boca?
Cuando hace la pregunta, mira directamente hacia mis labios, no puedo evitar relamerlos por la sequedad que me producen los nervios.
No quiero hablar más, ya tengo su atención, que es lo que quería, así que solo digo que sí con la cabeza.
—Estupendo —añade, alzando las cejas—, también seré el último.
Me río sin poder evitarlo, ¿piensa que me voy a quedar sola y abandonada para los restos?
—Lo siento, pero no planeo hacerme monja —rebato—. Algún día me echaré novio, digo yo.
Sus cejas siguen alzadas. Vuelve a colocar el brazo sobre el respaldo del sofá y siento que me está invitando a acurrucarme a su lado. Quiero hacerlo, estoy desesperada por ello, aun así no tengo agallas.
—Algún día o ahora mismo, si te parece bien.
No puedo evitar volver a reírme con un tono bajo. Otra vez, ese calor incesante en las mejillas. Me arden.
«Te echaba de menos», pienso, aunque no lo digo ni de coña.
—Seguro que encuentras mejores opciones —afirmo en cambio, dejando que mis murallas se vayan cayendo lentamente, porque no hay nada más duro que aparentar ser algo que no eres, y yo no soy fuerte ni segura de mí misma. Nunca lo he sido.
Y ya estoy cansada. Hoy solo quiero ser la cobarde Anastasia Mirren.
Sus dedos repiquetean sobre el reposacabezas del sofá, mira hacia el hueco en el que estaba antes a su lado y, con un descaro total, solo dice:
—Ven.
No quiero volver a rechazarle, porque desde ese día en el cine no he dejado de reprocharme el ser tan débil y haberlo pifiado todo.
Arrastro mi culo hacia él, totalmente tiesa como un pasmarote, él me agarra y me acomoda, haciéndome sentir que soy toda suya, que somos algo, que nos pertenecemos de alguna forma.
Esto es ridículo.
—Mírame —insiste de nuevo, y lo hago, con toda la piel de gallina y los nervios a mil revoluciones.
Deseo que me bese, necesito que me bese, no he pensado en otra cosa desde el cine y, por favor, quiero que vuelva a suceder.
Sus dedos van a mi mejilla, acariciándola con las yemas, luego aparta mi cabello liso y lo coloca detrás de mi oreja, jugueteando con el aro que llevo en la oreja.
—Te has puesto guapísima, ¿eh? —murmura.
Lo hice pensando en ti, me alegro de que te guste.
—Gracias.
Nada más terminar de decir esa palabra, un pico corto pero ardiente resuena en el salón, acaba de besarme y su mano pasa a mi nuca para acercarme a él, repitiendo el gesto.
Se queda a dos centímetros de mis labios, mirándome fijamente, esperando a que espabile y haga algo. Ahora soy yo la que se acerca un poco y, sin creer que esté haciendo esto, le beso.
Cuatro picos, cinco picos y, al final, mi boca se abre para recibirle, una vez más.
«Bienvenido a casa» es lo único que puedo pensar, porque desde que este chico apareció en mi vida, es el dueño absoluto de mi mente durante las veinticuatro horas del día y, por desgracia, él parece saberlo.
—Mierda, qué bien sabes —replica contra mis labios, sin dejar de hacerme sentir mariposas por todo el cuerpo—. Eres mi comida favorita, doña Difícil.
Doña Difícil.
Si supiese que de difícil no tengo nada, que estoy rendida a sus pies y que, en realidad, soy doña Cobarde…
Jadeo contra su lengua, intentando no ser tan inútil, así que me atrevo a juguetear un poco con la bolita metálica de su piercing , él gruñe y empuja contra mis labios y… entonces…
—Ana —interrumpe Charlie al salir de la habitación, poniéndose la camiseta—, es hora de volver a casa, te llevo.
¿Qué? ¿Ya?
Avergonzada, me limpio la boca en la manga del jersey que llevo puesto, aclarándome la garganta y colocándome bien el pelo, Josh no retira la mano de mi hombro.
—Te has fumado un porro —interviene Josh—. No la vas a llevar a ninguna parte.
Charlie frunce el ceño, negando como si no entendiese nada.
—Pero ¿qué dices? Solo han sido dos caladas, estoy perfecto.
Mi primo coge su casco, dándome uno de repuesto que tiene para cuando subo con él, Edgard y la otra chica se unen a nosotros.
Una de ellas abre la ventana del salón para que se airee y se vaya el olor de la marihuana.
Josh parece volver a estar enfadado.
—Ya la llevo yo, me pilla de camino —se ofrece, y, sí, quiero ir con él y quiero que sigamos por donde lo hemos dejado.
—No —insiste Charlie—. Los padres de Ana son muy exigentes, quieren que la acompañe a la puerta de casa y asegurarse de que vuelve conmigo, gracias de todas formas.
Es mentira, lo de que tienen que verme llegar con él, lo otro sí es verdad.
No quiero hacer enfadar a Charlie ya que, gracias a él, he podido volver a ver a Josh sin que Cindy esté en medio haciéndose la niña adorable, así que solamente asiento para darle la razón y me despido sacudiendo la mano.
Él me da un capirote sobre la nariz, de forma cariñosa, le pega un puñetazo a modo de broma en el hombro a mi primo y se pira.
Ojalá hubiese podido irme con él, no entiendo qué diablos le pasa a Charlie.