CAPÍTULO 28
ANASTASIA
Las semanas van pasando y cada vez estoy más frustrada.
Ahora no somos Sean, Josh, Brit y yo, también está Cindy, la mosquita muerta de Hallow. No me gusta un pelo, pero soy simpática con ella por Brit, a quien parece caerle bien.
Y claro, ahora Josh no me hace las bromas de antes, sino que también se las hace a Cindy. Y eso me repatea.
Ella se ríe, encantada de la vida, haciéndose la inocente, y yo la detesto con toda mi alma.
Vale, quizá no sea tan mala chica como la pinto. Sin embargo, compartir el poco caso que Josh me hace desde aquel día me irrita más de lo que debería.
Ya no viene a por mí como hacía antes, lo cual me hace pensar que no le intereso; sin embargo, a veces me mira como el día en que nos conocimos y siento que, en cualquier momento, volverá a suceder.
Volverá a besarme, volverá a hacerme sentir que llevo toda la vida esperando a conocerle y volveré a temblar de miedo.
Este chico me asusta y me gusta a partes iguales.
Y por eso es que estoy aquí, sentada en el sofá del salón de la casa de mi primo Charlie. Brit últimamente siempre está con Sean, así que me he quedado sin mejor amiga de forma temporal y tengo que buscarme algo que hacer. Tampoco puedo estar cada dos por tres yendo sola a la hamburguesería.
La esperanza de que Josh viniese me hizo estar dos horas arreglándome. Me he alisado el maldito pelo, mechón por mechón, tanto que parece que tengo un ancestro japonés.
Pero no, no hay ni rastro de él, aquí solo estamos mi primo, un amigo suyo que se llama Edgar y dos chicas que se llaman Raisa y Peach.
No conozco a nadie y empiezo a aburrirme, Charlie siempre me invita a todo lo que organiza (porque llevamos la misma sangre y sabe que soy una marginada) y siempre le digo que no, pero la desesperación por compartir algún momento con Josh en el que no tenga que dividir su atención con Cindy me ha traído hasta aquí.
Me jode reconocer lo mucho que necesito que vuelva a suceder lo de aquel día en el cine.
Él y yo, sus besos y nada más.
Edgar, que es jugador de fútbol y esas cosas de tío superpopular que poco me interesan, está sentado entre Raisa y Peach, las cuales le miran como si fuese un bollito de crema recién salido del horno.
Las dos chicas son mellizas, una es pelirroja y la otra, más bien morena. Edgard, en cambio, es el típico inglés de cabello rubio dorado y piel blanca.
Los rizos revueltos de mi primo aparecen con un bol de palomitas, cervezas, refrescos y tabaco. Se acomoda en el sofá junto a mí y se da cuenta de que lo hemos llenado.
—Uy, estamos justos —comenta, levantándose y acercando un sillón—. Ahora sí.
Espera, ¿para quién es ese sillón? Que yo sepa, no falta nadie más por venir.
Justo cuando me hago esa pregunta, el timbre suena y mi corazón da un golpeteo, como si de repente tuviese un don de clarividencia y pudiese saber quién está ahí.
Cuando la puerta se abre y esa piel canela y tatuada, con una de sus habituales sudaderas macarras, el casco rojo colgando de un brazo y la parte del cabello de arriba despeinada por venir en moto, aparecen en escena, me convierto en un vaso de agua líquida derramada sobre el sofá.
Me. Quiero. Morir.
Oh, venga ya, justo por esto has venido.
—¿Qué pasa, tío? —Choca el puño con mi primo y este parece eufórico de que Josh esté aquí. ¿También estará coladito por él? Nunca he tenido del todo clara la sexualidad de Charlie—. Disculpa, no iba a venir, pero al final…
—Menudo cabrón eres, claro, como tu siamés está con Brit, ya pasas de mí.
—Qué va, es que estaba viciado a la Play —se excusa, pero sé muy bien que es porque le cuesta arrancar sin Sean, al igual que a mí me cuesta hacer cosas sin Brit.
Conozco ese tipo de excusas porque yo las uso a diario.
El demonio de las pecas se saca una bolsita del bolsillo, lanzándosela a Edgar. La respiración se me corta al ver lo que es: droga.
—Ahí tienes tu hierba, me debes doscientos pavos. —Le señala con el dedo, y se agacha ligeramente para saludar a las mellizas con un beso en la mejilla a cada una.
Cuando viene hacia donde estoy, se queda estático, supongo que imaginaba que en mi sitio habría cualquier chica menos yo.
—Tú —masculla, frunciendo el ceño como si mi olor a frutos rojos fuese algo repulsivo.
—Esto es embarazoso para ambos —digo para ocultar mis sentimientos, la vergüenza que siento y todo lo demás bajo una mirada antipática.
— Tsk. —Chasquea la lengua y pasa de mí, dejándome sin beso en la mejilla.
Vaya, muy bien.
Seguro que a Cindy sí que la besaría.
Ya quiero levantar el culo y largarme de aquí, he sido una completa idiota.
Lo hago, dejo mi lugar libre en el sofá, pero no para irme a casa, aunque lo desee, pues no pienso quedar como una cobarde. No se saldrá con la suya.
Charlie inclina las manos en señal de pregunta y me encierro en el baño como respuesta, abro el grifo para disimular que estoy lavándome las manos o lo que sea y me miro al espejo.
No. Voy. A. Salir. Corriendo.
Estoy más guapa de lo que he estado nunca. Tengo el pelo precioso y voy superbién vestida.
Si esto no es suficiente para él, que le jodan.
Abro de un tirón, repitiendo mi discurso mental a modo de mantra, y, sorpresa, cuando regreso la película ya está preparada, las palomitas repartidas y mi asiento ocupado por ese imbécil por el que mi corazón ha decidido ponerse nervioso.
Hay un hueco entre él y Peach. Mi primo se ha agenciado el sillón y la idea de pedirles que se muevan un poco para evitar sentarme a su lado se desdibuja, siendo destruida cuando descubro que Edgar se ha encendido un porro y lo comparte con las mellizas.
De lujo.
Apretando los dientes, me siento junto a «ese» y veo como mi primo da play a la peli, apagando las luces.
Por suerte, es de terror, y yo amo el cine de terror, así que no será una hora y media de sufrimiento continuo.
El olor del porro me llega a la nariz, haciendo que la arrugue e intente no toser, no quiero parecer una monja, pero ya podrían cortarse un poco.
Charlie tiene suerte de que mis tíos tengan poco olfato por trabajar con productos químicos desde adolescentes, porque, si no, no estaría vivo para seguir haciendo estas cosas.
Edgar se incorpora un poco cuando llevamos unos veinte minutos de película, de la cual no me estoy enterando en absoluto, ya que no puedo hacer otra cosa que no sea sentir un cosquilleo intenso en la zona del muslo que se roza con el de Josh.
Parece adormilado y aburrido. Cada vez que le he mirado de reojo, él me estaba mirando también a mí, pero ha desviado la mirada rápidamente.
Estúpido.
Mi primo coge el porro de Edgar, ya babeado por este y por las mellizas y le da una fuerte calada, luego se lo ofrece a Josh que hace un gesto con la mano y solo dice:
—Paso.
Charlie, a pesar de saber que no fumo, me lo ofrece para no hacerme sentir de menos, la idea de ser valiente y probarlo pasa por mi cabeza, pero entonces el egipcio con aires de faraón se lo quita de las manos y se lo devuelve a Edgar.
Genial, parece que ahora también toma decisiones por mí.
Al entregarle esa droga al rubio paliducho con pintas de príncipe encantador, no deja caer su brazo de nuevo sobre su abdomen, sino que lo deja encima del reposacabezas del sofá, detrás de mí.
Inspiro profundo y espiro con calma, intentando saber quién es quién en la puñetera película y esperando que haya alguna escena sangrienta que me distraiga un pelín.
Entonces, siento un tirón de pelo.
Sé que es él, así que le ignoro.
Otro tirón.
Le miro de reojo, se hace el santurrón, como si con él no fuese la cosa, mirando la pantalla sin más.
PERO SÉ QUE ES ÉL.
Otro tirón más.
Chasqueo la lengua, me giro y su mano no está haciendo nada.
Imbécil de los cojones.
—¿Quieres parar? —rujo en voz baja, y él se reacomoda, acercándose a mí.
—¿De hacer exactamente qué?
—Tocar mi pelo.
—¿Prefieres que te toque otra cosa?
Calor.
Las mejillas se me encienden y trago saliva, dando un sorbo al refresco que aún ni había probado.
—Mejor tócaselo a Cindy, o a Paula.
—Claro, porque imagino que te has arreglado para ese tipo con el que te subías en la moto, ¿cómo me dijiste que se llamaba?
¿En serio? ¿Sigue con eso?
—No te lo dije.
Otro tirón.
¡Auch!
—¿Se puede saber qué diablos te pasa? —imploro, desesperada por irme de aquí, pero no sola, con él.
Quiero tenerle entero para mí y hablar, hablar por horas, conocernos, besarnos, seguir hablando y…, Dios, sí que soy una mojigata.
—¿A mí? Nada.
—Pues no vuelvas a tocarme el pelo.
Su perfil se gira hacia mí y tiemblo, porque es tan atractivo que me deja sin defensas. Es todo lo que necesito para convertirme en un peón caído en esta partida de ajedrez, una simple mirada de esos ojos color miel.
—¿O qué? ¿Se lo dirás a tu primo? ¿El que te acaba de ofrecer drogas?
—Me levantaré y me iré a casa —aviso, como si estuviese yo segura de que me quiere exactamente ahí, a su lado.
Quizá sea eso lo que busca. Que me largue.
Sin embargo, una sonrisa curvada se dibuja en sus labios mientras sus dedos se cuelan entre mis cabellos, apretando mi cráneo con las yemas. Lentamente, masajea la zona, jugando con mis mechones de forma cariñosa.
No sé cómo debo de estar ahora mismo, pero más roja que un semáforo, seguro.
—Vuelve a decirme que no toque tu pelo y le contaré a tu primo dónde estabas la otra mañana cuando se suponía que debías estudiar. —Me guiña un ojo, pasa su mano de mi pelo a mi hombro y empuja levemente hacia él, haciéndome caer sobre su torso, como si fuésemos una parejita acaramelada.
Se acomoda y sigue mirando la película, sin embargo, yo no tengo ese nivel de psicopatía y solo puedo pensar en sus dedos dando leves toquecitos sobre mi hombro.
Está loco.
Loco de verdad.
Pero es justamente lo que quería, que me hiciese caso, así que no voy a quejarme.
Charlie se da cuenta de que, literalmente, mi cuerpo está completamente pegado al de Josh y que su brazo reposa sobre mis hombros. No creo que esto le haga demasiada gracia, pero parece callarse lo que sea que acaba de pensar.
Solo espero que no se le vaya la lengua.