CAPÍTULO 27
JOSH
Decir que estoy cabreado es quedarme corto.
La noche después de dejarla en casa cuando la traje del gimnasio, la pasé deambulando del ordenador a la Play Station, ya que Sean estaba con Brit y no tenía ganas de salir por ahí con el idiota de Charlie.
Y esta noche tampoco pinta ser mejor, porque sigo en las mismas.
Me da igual que yo haya tenido ligues, me importa una mierda Paula, me suda tres cojones que fuese algo del pasado, no lo soporto.
No soporto que ella suba en la moto de otro tío, que se líe con él y que encima no me diga ni quién es. Necesito ponerle nombre y cara al puto imbécil que consiguió lo que yo no logro ni arrastrándome como un perro, ni poniéndome de rodillas y rogándole.
Mira que dije que no me volvería a acercar a ella, ¿eh? Pero nada, fue verla en el gimnasio y caer, si es que soy un mierda que flipas.
No soporto más la presión, así que me siento en la cama y me lío un porro de cannabis, ni siquiera me acuerdo de la pastilla o, mejor dicho, no quiero acordarme.
Me conecto al Counter con Sean para pegar unos tiros, es una necesidad excesiva distraerme, sí o sí.
—¿Qué tal con Ana?
¡Bum!
Lo primero que necesito olvidar es lo primero que me pregunta nada más conectarme al Team Speak .
—¿Quién es esa?
Mi colega suelta una carcajada e inicia partida, acepto y empezamos a buscar equipo.
—Mal, ¿no?
—Es una pava, no sabe ni lo que quiere. Te dejo que me beses, pero no me toques, te miro como si estuviese loca por ti, pero me das asco, mimimimi mimimi.
—Buf… —resopla, y le oigo dar una calada—. ¿No será que la tía tiene complejos?
—¿COMPLEJOS? ¡PERO SI ESTÁ SUPERBUENA! —grito, y me trago el humo sin querer, ahogándome. Hasta para drogarme soy patético—. Lo que pasa es que ella lo sabe, ¿um? Sabe que está potente y que me vuelve loco, y va de estirada. No, no, no, conmigo no, ¿eh?
—Mmm… —Se queda pensativo—. No sé, tío, yo la veo tímida.
Tímida, sí, mis cojones.
Si fuese tímida no se habría subido a la moto de otro y me lo habría soltado en la cara y no estaría yo teniendo un berrinche colosal.
—Estirada, eso es lo que es.
—Yo digo tímida.
—Estirada —repito.
—Insisto, tímida. —Su personaje se acerca al mío y le apunto con la pistola.
—Es-ti-ra-da.
—Tí-mi-da. —Me enseña su cuchillo survival esmeralda.
—Pero, vamos a ver, ruso de mierda, ¿tú de parte de quién estás?
—De parte de la razón, la chica no es capaz ni de mirar a los ojos cuando le hablas.
Pues a mí sí que me mira. Aunque no por más de tres segundos.
Vale, quizá tenga razón.
—Pues no entiendo por qué tiene que tener complejos, está cañón y es superguapa.
—Tú también tienes complejos y no tendrías por qué tenerlos —me recuerda.
Arrugo la nariz con ganas de silenciarle.
—Hoy estamos un poquito pesados, ¿no, Kiev?
—Eres tú el que se comporta como un niñato inmaduro. Relájate y fluye.
—¿Cómo? Me he arrastrado por ella, le he mandado ochocientas señales de que me gusta. Y MUCHO. Pero no, nada, cero.
—Pues ya está, entonces sé su amigo, ve a tu bola y pasa.
Me muerdo el interior de la mejilla, cabreado.
Sean no lo sabe, pero no puedo pasar de Anastasia, aunque sea exactamente lo que debo hacer. Porque me he roto y parece que solo funciono con ella, y esta maldita situación me está haciendo perder la cabeza. A este paso, ninguna pastilla me podrá ayudar.
Doy otra calada profunda al porro y un mareo me azota la cabeza.
—¿Josh?
No sé qué me pasa, la visión se me vuelve un poco borrosa y quiero potar.
—¿Josh, estás ahí?
—Tío —consigo decir a duras penas—. Ahora vengo, que me estoy cagando.
—No me jodas…
Dejo la partida a medias, largándome para correr hasta el baño. Nada más llegar, levanto la tapa y me pongo de rodillas, echando hasta el último macarrón que me comí en la cena.
Doy gracias por que la televisión esté puesta superalta ya que mi padre está casi sordo, porque, si no, mi madre ya estaría aquí dándome el coñazo y regañándome por oler a porro.
Intento no fumar cannabis en casa, pero es que hoy lo necesito más que nunca.
Miro la pota en el fondo del váter y tiro de la cisterna, el mareo sigue instaurado en mi cabeza, dando vueltas como el agua que se lleva los ácidos de mi estómago. Mi barriga se contrae y una lágrima de impotencia y rabia moja mi mejilla.
Me muerdo el labio para contener un grito, pegándole uno, dos y hasta tres puñetazos a los azulejos de la pared.
Ya ni siquiera puedo encontrar paz en las putas drogas.
Estoy más perdido que nunca.
Y tengo la sensación de que nada me podrá salvar.