Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

ANASTASIA

No esperaba que Brit viniese al gimnasio, pero, cuando estaba a punto de darme la vuelta y volver a casa, apareció junto a Sean.

Parece que lo de ellos va en serio.

Después de que este le haya hecho una demostración pública de lo muchísimo que la desea, nos hemos abrazado, reído y cuchicheado como de costumbre.

Luego, ha empezado las clases de baile y yo estoy aquí, en la cinta más lejana a la zona en la que el ruso y el egipcio se encuentran haciendo sus pesas.

No me ha mirado en toda la tarde, de forma literal. Así que deduzco que sí, sigue enfadado.

Me siento mal y me gustaría al menos pedirle disculpas, devolverle el dinero del cine y las palomitas, o que todo vuelva a ser como antes y me bese otra vez. Ay, ya no sé ni lo que digo.

Cada vez que veo a ese chico fuerte, alto, todo musculado y con unos rasgos tan atractivos que duelen, mis hormonas se revolucionan al saber que su boca ha estado junto a la mía.

El demonio de las pecas ha sido mi primero beso.

Joder, yo, la chica marginada de Salduva, me he besado con el chico más atractivo de Hallow.

Mierda.

Acelero el caminar de la cinta para que, si alguien ve lo roja que estoy, no piense que es por algo que no tiene que ver con el deporte.

Josh se mantiene de espaldas a mí todo el tiempo, pero los ojos azules de Sean se encuentran con los míos de vez en cuando y, por su expresión, sé que hablan sobre mí.

Malditos.

Ese delincuente de cabello negro y ojos glaciales le acababa de pedir exclusividad a mi mejor amiga. Vi cómo iba hacia el aula de baile y se quedaba frente al cristal mirándola. Suspiré por poder vivir algo así algún día.

Mi primo va de un lado para otro como el pollo sin cabeza que es, me saludó nada más verme y me preguntó en dos ocasiones si quería beber algo.

Ahora hace pesas con Josh mientras intenta hablarle de las chicas que bailan con Brit. Josh ni las mira, parece perdido en un limbo mental.

«No estoy bien».

Recordar que hoy ha ido al médico hace que mi pecho se agarrote. Sigo preocupada por él y ojalá pudiésemos tener más confianza para poder hablar sobre ello e incluso ofrecerme a ayudarle.

El problema es que entre que él es tan lanzado y yo tan cobarde, parece que cada vez que nos acercamos, estamos en plena guerra el uno contra el otro.

La música del aula de baile se detiene y se empieza a escuchar alboroto. Sea lo que sea que esté sucediendo ahí dentro, me importa si tiene que ver con mi mejor amiga.

Bajo de la cinta y voy rápidamente hacia el cristal para ver qué sucede, dándome igual pasar al lado de Josh, Sean y Charlie.

El ruso se coloca junto a mí, con los brazos cruzados a la altura del pecho, mirando a una bailarina pelirroja como si la quisiese matar. Bien, ya somos dos.

Puedo ver cómo esa pelandrusca musita algún tipo de amenaza cuando Brit pasa junto a ella antes de salir del aula.

Zorra de mierda.

—Nena, eh. —Sean va inmediatamente hacia mi amiga, quitándome el puesto, pero ella le dice que necesita un momento a solas y se encierra en el baño de las chicas.

No dudo en seguirla. Cuando abro, la encuentro sentada en un banco del vestuario, con una expresión cansada y cierta dificultad para respirar. La entiendo, mucho. Pasamos por esto juntas un millón de veces en Salduva y me consuela que al menos ella ya se haya marchado de ese maldito instituto.

—Después le pegamos, no te preocupes. —Me siento a su lado y se deja caer sobre mi hombro.

Las demás bailarinas entran y me jode muchísimo verlas ahí porque, en mi opinión, Brit no las necesita para nada.

Bueno, quizá soy una mejor amiga un poco posesiva y celosa, sí, qué le vamos a hacer.

Supongo que es normal cuando es la única amiga que has tenido durante toda una vida.

Empiezan a hablar una tras otra, con sus cuerpos perfectos, cabellos largos y rostros esculpidos por los ángeles. Yo solo quiero comerme un dónut porque ver mal a Brit me causa ansiedad.

Cuando quieres a alguien, vives sus problemas como si fuesen tuyos, es inevitable.

Una vez Brit está convencida de seguir bailando, salimos de allí y el innombrable viene hacia mí, como si llevase toda la tarde entrenando conmigo y la cosa fuese de maravilla.

De hecho, creo que esa es la sensación que le ha dado a Brit cuando, después de besar a Sean y antes de entrar al aula, me dedica una sonrisita y me guiña un ojo.

—¿Qué tal? —saluda, y no puede evitar ser un guarro y fijarse en mi top, el cual aprieta mis grandes pechos sudados.

Yo tampoco soy la santa que él cree, así que me fijo en esos pectorales marcados y en cómo la camiseta sudada se le ajusta a un abdomen perfectamente trabajado.

Sigo bajando para fijarme en su cintura estrecha y en esas piernas morenas y fuertes y… ¡Por Dios! ¡¿Eso es su…?! ¿Está duro?

—Bi… bien —respondo, y hago todo lo posible por mirarle a los ojos.

Maldita sea, acabo de mojar las bragas y no de sudor, precisamente.

—Guay —contesta de forma seca, sin dejar de mirarme.

Parece seguir enfadado, pero al mismo tiempo está cachondo, frente a mí, haciéndome un exhaustivo escáner.

¿Quién lo entiende?

—¿Y tú? ¿Estás mejor? —No es que intente ser maja, es que me preocupo por él.

—Sí, estoy perfecto —asiente antes de irse con Sean, yo aprieto los labios en señal de «ok, al menos hemos hablado un poco» y regreso a lo mío.

Cuando hago una sesión de bicicleta, siento que la cabeza me da vueltas y que no soy capaz de seguir con esta situación.

No puedo dejar de mirarle, no puedo dejar de pensar en él y no puedo evitar que se me acelere el corazón cada vez que creo que se va a acercar a mí.

Así que recojo la toalla, la botella de agua y voy directa al vestuario para ducharme, cambiarme y esperar a Brit.

—Ups… —Justo cuando voy a pasar por detrás de él, da un paso hacia atrás, chocándose conmigo aposta—. Perdón.

Otra vez, mariposas.

—No es nada —digo, fingiendo que me creo que ha sido sin querer.

Trato de esquivarle por la derecha y vuelve a tropezar queriendo, chasqueo la lengua y le miro con enfado, porque odio que haga estas tonterías para hacer que me muera de la vergüenza delante de todo el mundo.

Él sabe que me gusta. Joder, lo sabe. Claro que sí.

—Perdona, es que creo que vuelvo a encontrarme un poco mal —se burla, con media sonrisa arqueada y yo aprieto los labios una vez más en respuesta.

No sé si eso significa que ya no está enfadado, que hemos hecho las paces o que me volverá a besar.

Solo de imaginarme probando sus labios una vez más, todo mi cuerpo se incendia. Ay, madre mía, necesito una ducha superurgente.

Como sé que a Brit le queda un ratito para terminar la clase por la pausa que han tenido, me quedo unos largos minutos bajo el chorro del agua, intentando relajarme y centrar mis pensamientos.

Este chico me va a hacer perder la cabeza, de verdad que sí.

A pesar de ir despacio y sin prisa, ya estoy lista cuando ella recién empieza a ducharse, por lo que me toca esperar. No me importa, con suerte, los chicos ya se habrán ido cuando salgamos.

«Demasiadas emociones fuertes por hoy», pienso para mí misma.

En cuanto Brit se cuelga la mochila al hombro y salimos fuera, para mi mala suerte, ahí están esos dos sobre sus motos.

Que Sean espere a Brit me parece razonable, pero ¿por qué el demonio con pecas no se ha ido ya?

—¿Te llevo a casa, Cleopatra? —Las rodillas me tiemblan cuando le veo quitarse el casco. También se ha duchado, tiene el pelo húmedo y está totalmente despeinado.

Juro que es el tío más guapo que existe sobre la faz de la tierra.

Casi no soy capaz de pronunciar una sílaba, así que miro a Brit con cara de circunstancias, ella golpea su codo con el mío y asiente.

Mierda, Anastasia, si sigues comportándote así, te llamará mojigata con motivos reales. ¡Espabila!

Me echo la coleta hacia atrás y finjo una seguridad que no tengo.

—Está bien, pero no pienso abrazarte.

Sus ojos se entrecierran como dos persianas y siento que vuelve a estar enfadado.

—Ya veremos cuando acelere.

Conque esas tenemos, ¿eh? ¿Se cree que soy una maldita cobarde?

Sí, eso es precisamente lo que piensa y tiene motivos para ello.

Subo a su moto con total destreza, y es que estoy acostumbrada por mi primo Charlie y por mi tío Frank, su padre.

Él se quita el casco, gira la cintura hacia mí y me lo pone, como si fuese una niña.

Todo su aroma me envuelve al instante.

Joder, que me desmayo.

—¡Nos van a multar! —chillo, y me agarro a la parte trasera de la moto, porque ni de coña me abrazaré a él.

¿En serio piensa ir sin casco por ahí?

—Tranqui, preciosa. Joshi controla.

Miro a Brit con súplica y ella se despide con un movimiento de manos, muerdo mi labio por dentro del casco y solo pido que este lunático sepa conducir bien la Kawasaki Ninja sobre la que estamos subidos.

Cuando acelera, mi cuerpo se escurre un poco pegándose a él, pero no pienso ceder y abrazarle, nunca me he abrazado a nadie yendo en moto y esta no será la primera vez.

—¿Con quién te has subido? —cuestiona, y me cuesta entender un poco la pregunta—. Veo que tienes experiencia, ¿con quién te has subido a una moto?

Pues eso, con mi tío y con mi primo.

Pero no tengo por qué decirle la verdad.

—Con un tío con el que estuve liándome.

Frena de golpe, clava los pies en el suelo y me mira como si acabase de matar a sus padres.

—¿Quién es?

¿Eh? ¿Qué le importa?

—¿Podemos quitarnos de en medio de la carretera? ¿Por favor? —imploro.

—Cuando. Me. Digas. Quién. Es.

Maldita sea, no esperaba que se lo fuese a tomar tan a pecho. Le diría que es mentira o una broma, pero tengo la sensación de que pensará que soy una lunática.

—Oye, ¿te pido yo explicaciones de tus rollos?

Arruga la nariz, me regala otra mirada de desprecio y vuelve a ponerse en marcha. Joder, ahora sí que no pienso abrazarle.

No tardamos ni cinco minutos en llegar a casa. Cuando se detiene frente al portal del edificio, bajo con agilidad sin necesitar su ayuda, él masculla algo en voz baja y me arranca el casco de las manos para ponérselo y largarse.

Y yo me quedo ahí, como una imbécil, todavía con las manos en la posición de agarrar el casco y devolvérselo.

¿Se puede ser más imbécil y maleducado que este tío?

—¡¿Y qué hay de esa tal Paula?! —le chillo, sabiendo que ya se ha ido y es obvio que no me escuchará.

Enfadada, pataleo una piedra y subo a casa. Quiero ducharme otra vez, porque ahora mi pelo huele a él y no pienso permitirlo.

Gilipollas de mierda.