Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

JOSH

El humor de perros que llevo encima no es ni medio normal.

Tengo las pastillas en una bolsita y, adivina adivinanza, no se pueden mezclar ni con porros ni con alcohol.

No estoy preparado para dejar los porros ni el alcohol, así que la medicación tendrá que esperar a que, al menos, esté un poco más estable.

Joder, parezco un puto niño, sí, pero es que mi cabeza quiere explotar.

Entro en casa, dejo las llaves donde siempre y mi padre me espera en la cocina, con mi madre al lado y el sobre encima de la mesa.

No, no quiero a mi padre metiendo las narices aquí.

—Josh, siéntate —pide Zahra, y chasqueo la lengua—. Solo serán cinco minutos.

Mi padre me mira como un perro apaleado, con la culpabilidad impresa en la cara. Supongo que mi madre le ha contado que vuelvo a tener ese tipo de pensamientos y que su hijo sigue siendo defectuoso.

Arrastro la silla y planto el culo. Mi madre me ofrece el sobre y le cedo los honores, ya que ella ha decidido incluir a su marido en esto, pues que siga haciéndolo a su manera. Apoyo los codos sobre la mesa y me tapo la cara con ambas manos, sin ganas de verlos a ninguno de los dos.

Amo a mi madre, aun así, ahora mismo estoy enfadado.

Ella jadea y suspira, abro una ranura entre los dedos para ver sus caras.

Él levanta la cabeza hacia mí y dobla la hoja.

Se la quito de las manos y voy directo al grano, viendo que, según la valoración de hoy, el diagnóstico es depresión grave.

Y un cuerno.

—No es verdad, no puede saber esto con unas simples preguntas. Está generalizando, yo no estoy tan mal.

En mi mente, las personas con depresiones graves son las que no salen de la cama y se pasan la vida llorando de una esquina a otra, yo no soy así.

Tengo metas, objetivos, hay personas que me importan y que me aportan cosas buenas. Es cierto que en algunos momentos siento que mi mundo es totalmente gris y pierdo las ganas de todo, pero no es constante, solo son altibajos, todos tenemos días malos…, ¿verdad?

Zahra me mira mordiéndose el labio, tiene los ojos aguados.

Mi padre agarra la bolsa de las pastillas para sacar el prospecto y empezar a leerlo.

Le quito también la caja de un manotazo.

No pienso volver a escuchar que me voy a poner como una vaca y que seré un pichafloja por esos medicamentos, antes de volver a pasar por esto, prefiero irme de alquiler y perderles de vista.

Si no me fui nada más cumplir los dieciocho es por no dejar sola a mi madre con este idiota.

—Josh… —musita mi madre, y el señor Halimton, callado como siempre, se levanta y se va al salón a tomarse uno de sus whiskys mientras ve las noticias.

—Estoy bien, te juro que no es tan dramático —prometo, y ella me quita la caja para sacar una pastilla. Me la ofrece con un vaso de agua.

Mierda.

—Mamá…, yo…

—Por favor.

—No se puede tomar alcohol con estas pastillas…

Ni fumar porros.

Pero ella no sabe eso.

Y el enganche a la maría no se deja de un día para otro.

—Josh, la salud mental es más importante que la diversión en una fiesta.

Supongo que tiene razón. Que lo adulto, lo correcto, lo maduro y eso es tomarme la puñetera pastilla. Estoy cansado de tanto pelear contra todo, así que me la pongo en la lengua y me la trago.

Ya está, a la mierda.

El timbre suena, levanto el culo rápidamente, pensando que será Sean, pero mi madre se adelanta y abre.

Por su postura tensa, adivino que no se trata de mi mejor amigo.

—Josh, tienes visita —anuncia rodando los ojos.

Es Paula.

A Zahra no le gusta ni un poquito esta chica. Me hizo jurarle que nunca sería mi novia formal y jamás le daría nietos con ella.

Ni de coña, vamos.

La guío hasta mi habitación, ya ha estado en la puerta de casa alguna vez, pero es la primera vez que entra.

Cuando le indico que puede pasar, mi madre me mira de forma asesina desde el final del pasillo. Ahora soy yo el que rueda los ojos y cierro.

—¿Qué tal? —saludo en plan amistoso.

Hoy no tengo un buen día, pero tampoco me apetece seguir siendo un cretino.

Entierro el hacha de guerra y me la guardo para mis demonios.

Me tiro en la cama, ella se sienta en mi silla del ordenador, va todavía con el uniforme de Hallow. Lleva el pelo recogido en una coleta alta.

Cuando la miro de reojo, me resulta una paradoja que me sepa de memoria cada centímetro de piel de esta chica y que, a su vez, no signifique nada para mí.

Sin embargo, doña Difícil me tiene enfadado, cabreado y frustrado, y ni siquiera sé si tiene algún lunar en la espalda, en las tetas, cómo de grandes son sus pezones ni cómo de rosado es su coño.

En fin, cosas de la vida.

Paula se balancea en mi silla de ordenador, moviendo las piernas de izquierda a derecha, me mira como esperando a que diga o haga algo. De vez en cuando, echa un vistazo a mi estantería de videojuegos.

—Vine a verte porque le pregunté por ti a Sean y me dijo que estabas malo.

Puto Sean, ya podría haberle dicho que estaba muerto, así en vez de venir aquí, estaría dando vueltas por el cementerio.

—Pues… —dejo las palabras en el aire, joder, necesito un cigarro— ya me has visto.

Ella frunce los labios, chasquea la lengua y juega nerviosa con sus dedos. Estoy siendo un capullo irresponsable y debo dejar de comportarme así.

Ella también fue una irresponsable conmigo.

Solo era una cría.

Relájate.

Gruño para mí mismo, me yergo sobre la cama y me siento frente a ella, mirándola directamente a los ojos.

—Paula, quiero pedirte perdón. —Digo esa frase por…

¿decimocuarta vez?—. No estoy bien, ¿vale?

Uso el sexo como vía de escape de toda la mierda que hay en mi cabeza y deberías alejarte de mí, porque si te tengo disponible, es posible que te utilice, pero no porque sienta algo, quiero decir, me importas, pero como amiga —suelto de carrerilla, y luego trago saliva.

Intento ser totalmente sincero con ella.

Es una buena chica y no merece que le hagan daño.

Fue una cabrona en cierta etapa, sí, aunque ya no la juzgo por ello.

Se acabó—. Siempre podrás contar conmigo como colega, sin embargo, si alguna vez te propongo algo más…

te suplico que me rechaces, bloquéame, échate novio, háblale mal de mí si quieres y odiadme juntos, pero no me idealices porque soy lo peor que te puede pasar en la vida.

Ella abre la boca, su cuello tiembla y le sale un sollozo. Me odio por esto, aun así, es mi cagada y tengo que arreglarlo.

—No puedes pedirme que te rechace cuando sabes que estoy enamorada de ti…

—Pues entonces es mejor que no seamos ni amigos, bloquéame ya, no me hables cuando me veas en Hallow, aléjate de mí.

—Pero ¿por qué, Josh? Nos llevamos bien, cuando estamos juntos es… es mágico.

Muerdo el interior de mi mejilla, por la rabia que me da que sea tan necia.

—¿Nos llevamos bien? Solo respondo tus mensajes cuando necesito follar para desestresarme y tengo que buscar una solución rápida, y no, no es mágico, es aburrido, monótono y sin más.

—Me jode ser tan tajante y tan poco responsable afectivamente hablando, pero es que siento que, si no se lo digo así, nunca lo va a entender—.

Además, tú y yo no podemos seguir acostándonos.

Su ceño se frunce, cabecea de un lado a otro, negándose a aceptar las cosas como son, hace un intento de sentarse a mi lado y me echo unos centímetros hacia la izquierda para que corra el aire entre los dos.

—Joshi, no me importa lo mal que lo estés pasando, podemos salir adelante juntos, me da igual que me utilices…

—Tengo novia —miento, porque es la única forma en la que esta chica se va a alejar de mí. No quiero hacerle daño, de verdad que no—. Y no creo que, teniendo una relación seria, sea aceptable que me esté mandando mensajitos con mi exfollamiga.

Sus ojos se abren de forma exagerada, sé lo que debe de estar pensando. Nadie se imagina al picaflor de turno con novia, y, en caso de que la tuviese, estaba claro que sería Paula, ¿no? Porque es la única con la que repito y la que más cerca ha estado de mí.

Y la que me marcó siendo niño.

—Lo siento mucho —añado.

Una lágrima desciende de su mejilla, no quiero que llore, joder.

—¿No decías que no querías nada serio? ¿Con nadie?

—Sí, pero me he pillado de una tía, cosas que pasan.

—¿Quién es?

Ojalá poder decirle un nombre. No hay nadie, es una trola que me estoy inventando para salvarla de mí mismo, aun así, doña Difícil viene de inmediato a mi mente.

¿Esa? ¿Mi novia? Sí, claro.

No merece ni que le dé los buenos días, la muy ingrata.

—Me enteraré y le haré saber la clase de basura que eres —escupe esas palabras en mi cara, como si por ello fuese a asustarme.

—Buena suerte —le deseo, justo cuando me suenan las tripas—. ¿Quieres merendar leche con galletas?

A ver, ya que la he hecho llorar, qué menos, ¿no?

Me mira como si estuviese loco de verdad. Abre la boca, la cierra y me pega un guantazo.

Luego sale de mi habitación y se va corriendo por las escaleras.

Yo sigo sentado en la cama, con toda la mano de Paula marcada en la cara, mi madre se asoma aún con el ceño fruncido.

—¿Por qué cojones esa pilingui le ha pegado a mi hijo?

La miro y me encojo de hombros.

—Le he dicho que tengo novia.

—¿La tienes?

—No, pero necesitaba romper lo que sea que tengo con ella.

Zahra medita mi respuesta, luego asiente y me pregunta si quiero merendar.

Mi madre es una reina que siempre sabe lo que necesito, joder.

—Obvio que sí. —Me levanto, quitándole la cesta de la colada—. Tú me haces la merienda y yo tiendo la ropa, ¿te parece?

Una pequeña sonrisa se le dibuja en la cara, se pone de puntillas para darme un beso en la frente y me acaricia la mejilla todavía marcada.

—Eres un sol, cariño. No te mezcles más con ese tipo de chicas. No te merecen.

Ay, mamá. Si supieras.

Sean me escribe al móvil, diciéndome que sí o sí me quiere ver luego en el gym y le contesto que estaré allí como siempre.

Vuelvo a acordarme de doña Difícil mientras le pongo dos pinzas a los calzoncillos de mi padre y sé que esta tarde volveremos a vernos.

No sé qué actitud tendrá conmigo, solo espero ser lo suficiente fuerte para no arrastrarme detrás de su culo.

Suspiro al ver como la señora de enfrente tiende sus bragas de lunares. Decido sonreírle y tirarle un besito, esta se enfada y deja la colada a medio tender, cerrando de un portazo en mi cara.

Me encanta sacar a las abuelas de quicio.