CAPÍTULO 23
JOSH
No puedo dejar de mirarla. Estamos en la tienda de palomitas y, de normal, cada vez que vengo aquí quiero chupar hasta las paredes; pero, ahora mismo, soy incapaz de pensar en otra cosa que no sea esta tía.
La polla me duele, la tengo tan dura que me conformo con un simple beso en la mejilla para poder ir al baño a cascármela y aliviarme.
Llevo. Un. Mes. Sin. Sexo.
Y aquí está doña Difícil, reina de Miss Mojigata Universal, poniéndome cachondísimo con esa melena morena y larga y ese cuerpo de infarto.
Es mía, juro por Allah que el que se acerque a ella va a convertirse en la comida de mi perro.
—¿Qué quieres comprar? Yo no quiero nada —musita, aunque mira de reojo la máquina de las palomitas, que huelen que alimentan.
Como a esta hora no suele haber muchos clientes, han empezado a hacerlas nada más vernos entrar—.
Bueno, un refresco —comenta, sacándose un billete pequeño del bolsillo de la chaqueta.
Me río de forma nasal, ¿cómo le explico que consentirla se ha convertido en mi nueva religión?
—Voy a pedir el menú de palomitas medianas, dos refrescos y una bolsa de chuches variadas, lo compartimos todo, pero para eso tienes que sentarte a mi lado.
—Subo y bajo las cejas y ella pone los ojos en blanco, metiéndome el billete en el bolsillo del pantalón del chándal y casi rozándome los huevos.
Un latigazo de dolor me sacude por dentro.
—¿Estás bien? —se preocupa enseguida, y asiento mientras saco ese estúpido dinero para entregárselo de buenas maneras, resistiendo las ganas de hacerle lo mismo y guardarlo en su sujetador—. Oye, no tienes que pagarme todo siempre.
—Y tú no tienes que opinar de todo siempre. Quiero decir, puedes quedarte calladita alguna vez.
Sus finos labios, esos que me muero por morder, lamer y besar, se tensan y yo sonrío triunfal. Así me gusta.
Lo agarro todo y camino directo hacia la sala, he comprado las entradas por el móvil mientras estaba distraída, y, por supuesto, he elegido una película de terror superbizarra para que se acojone y tenga que abrazarme.
O salga corriendo.
No, no va a salir corriendo, lo impediré.
Yo huyo de las mujeres, no las mujeres de mí.
Anastasia me sigue en silencio, mirando las salas oscuras como si fuesen habitaciones en las que la gente tiene orgías o algo por el estilo. Os juro que su inocencia me asusta. ¿Le habrán dado un simple beso alguna vez?
La idea de ser el primero que pruebe a esta chica me pone pletórico, tanto que ya he olvidado al médico, la cara de tristeza de mi madre y que hay un sobre con una valoración esperándome en casa.
Nos lo entregaron en la recepción antes de salir, se supone que ahí pone exactamente lo que parece que, a simple vista, me pasa.
Que le jodan a todo, ahora solo importa ella.
Pienso que quizá debí preguntarle qué película quería ver en vez de ser tan cabrón, sin embargo, cuando ve el título en el rótulo sobre la puerta de la sala, sus ojos se iluminan como dos estrellas.
—¡Ay, estaba deseando verla, pero Brit odia las pelis de miedo!
Joder, estupendo, ya somos dos, porque Sean siempre se queda dormido y dice que pasa de pagar para echar una siesta.
No me imagino a esos dos en un cine, la verdad.
—De lujo, a partir de ahora serás mi compañera de cine de terror. Por el resto de nuestras vidas.
Mi último comentario parece no incomodarla, creo que incluso le ha gustado.
Espero a ver dónde se sienta, pues la sala está vacía y aunque haya pagado por unos asientos determinados, podemos coger los que queramos.
La idea de una sesión de sexo superguarra se me viene a la cabeza y, de verdad, me voy a morir.
Ella elige un asiento, me mira como un cachorro apaleado y ve con total suplicio como planto mi culo a su lado.
Es lo que hay.
Coloco las palomitas entre ambos y le ofrezco su refresco. Cuando sus labios rodean la pajita y absorbe, me pongo malo —más todavía— y agradezco que la película empiece de una puñetera vez porque me va a dar incluso fiebre.
Siento el móvil vibrar en el pantalón conforme estamos comiendo y mirando la pantalla en silencio. Debe de ser Sean o la pesada de Paula que, como volví a buscarla por la desesperación de necesitar correrme, se ha vuelto a hacer ilusiones. Joder, y mira que soy claro. Solo quiero sexo. SE-XO.
Al final, Sean tendrá razón con eso de que no puedo seguir acostándome con ella —que realmente ya no puedo, porque no se me levanta con ninguna tía que no sea la que tengo al lado—, pues, sí o sí, se termina creando ilusiones.
Por Dios, sus amigas creen que soy su novio.
Hasta ahora nunca me ha importado, pero la chica que tengo al lado está ocupando todo el espacio posible que hay en mi cabeza, y cualquier otra me estorba.
Las escenas más fuertes y sangrientas llegan y ella ni se inmuta, solo se va llevando las palomitas de una en una a la boca, masticándolas lentamente mientras mira cómo la gente muere de forma horrible. De vez en cuando, su pecho sube y baja, soltando un suspiro que me resulta de lo más tierno.
La veo tan indefensa, tan sola, tan vulnerable, tan… mía.
Llega un momento en el que se da cuenta de que ya no sigo la película, y tampoco estoy comiendo nada, solo estoy apoyado en el respaldo del sillón, mirándola fijamente, disfrutando de lo perfecta que es y de lo callada que está. Sin rechistar.
Se lame el labio inferior por la sal de las palomitas y mis ojos van directos a su boca, está tan tensa que casi no se puede mover y ahora ella tampoco presta atención a la maldita película.
Por fin, se centra en mí.
—Eres guapísima, doña Difícil —afirmo en voz baja, colocando mi mano en el reposabrazos que nos separa, al lado de la suya. No la mueve, así que me desespero y se la agarro.
Tiembla, mis dedos acarician sus uñas largas y veo como traga saliva, muerta de miedo, pero como si, a la vez, desease que esto suceda.
Sigue mirándome con ojos de cierva. Me siento un cazador que le apunta con una escopeta y no sé cómo explicarle que conmigo no tiene nada que temer.
No soy malo con las tías, hostias. Solo que no me comprometo con ellas, pero no las trato mal.
—¿De verdad? —pregunta, y me sorprende que lo dude.
He visto chicas feas de verdad creyéndose el culo del mundo. ¿Por qué ella duda tanto?
Me acerco un poquito más puesto que no tengo nada que temer, lo peor que puede pasar es que me dé un guantazo, y después de todas las palizas que me llevé siendo un crío, eso será como hacerme cosquillas.
—Quiero besarte —comento de forma drástica, porque estoy desesperado y no es mi estilo andarme con rodeos—. ¿Me vas a dejar hacerlo por las buenas?
Porque si tengo que hacerlo por las malas, lo haré igual.
Vuelve a tragar saliva y pasa de mirarme los ojos, a la boca. Otra vez, se lame el labio inferior.
No puedo más.
Mi mano va a su mejilla, la acaricio con el dedo pulgar mientras la tomo por la nuca y la sostengo con firmeza. Mi boca roza la suya, tanteando el terreno. Se estremece ante el contacto, pero no crea oposición alguna, así que voy con todo.
Un pico, dos picos, y por fin abre la boca para dejarme entrar. Le meto la lengua hasta el fondo, muerto por saborearla. La polla me duele horrores, pero el placer que siento al lamer su lengua no tiene precio. Si es así el comerle la boca cómo será comerle el coño. Joder.
Su mano sigue sosteniendo la mía, aprieta con fuerza, asustada, y yo le devuelvo el apretón, no sé qué es lo que le da tanto miedo. Los dos tenemos dieciocho años, estamos en un maldito cine y nos estamos liando, tampoco es que sea algo del otro mundo. Yo qué sé.
Cuando paro un momento para dejarla respirar, oigo cómo se le escapa un pequeño jadeo y no puedo contener las ganas de volver a besarla.
Dejo mi lengua un poco tranquila en su boca, por si le apetece jugar con el piercing que tengo en esta, pero nada, ni juega ni leches, solo está rígida como un bloque de hielo, dejándome hacer.
Esto refuerza mi creencia de que es su primer beso.
Si es así, más me vale hacerlo bien, porque es un momento que no se olvida en la vida.
Venga, Josh, enséñale a doña Difícil lo que se ha estado perdiendo.
Suelto su mano, queriendo agarrarla de la cintura, cuando la coloco ahí y tiro de ella hacia mí, con la intención de que se suba a mis piernas, recula y la magia se rompe.
Es como si el tacto de mis dedos en sus caderas le hubiese producido dolor. Literalmente, me mira de la misma manera.
Con disimulo, se baja el jersey que lleva puesto, tapando su cuerpo lo máximo posible, tanto que, si pudiera, se lo haría llegar a las rodillas.
Saca el móvil de su bolsillo y mira la hora, la película casi ha terminado.
—¿Nos vamos ya? —sugiere, y yo no sé ni qué decir.
¿Qué mierda he hecho mal? No entiendo un cojón.
La he besado bien, la he tocado con cuidado, la he traído al cine e invitado a palomitas, refresco y chuches; intento pensar cuál ha sido la cagada, pero mi mente se satura al no encontrar nada.
La idea de que algo entre ella y yo sea imposible me frustra, porque la necesito, tiene que estar conmigo y no con otro, ella es para mí.
—¿Quieres irte? —es todo lo que logro decir, mi voz suena ronca y molesta.
Evitando mi mirada, asiente y se pone de pie, decidiendo que nuestra «cita» ha terminado, entonces no me queda más remedio que levantarme y seguirla.
El móvil me vuelve a vibrar. No hago ni caso porque ahora mis neuronas no dan para otra cosa que no sea entender qué ha salido mal.
Joder, no he sido ni la mitad de bueno con Paula o con todas las tías con las que he estado y me besan el culo de lo que he sido con ella.
Que sea tan poco agradecida me enfada.
Quizá no le gusto y la maldita historia vuelve a repetirse.
Otra vez, la chica que me llama la atención vuelve a hacerme sentir que soy demasiado poco para ella. No importa que mida casi dos metros y que tenga un cuerpo machacado en el gimnasio, siempre me pasará lo mismo. Nunca seré bastante para las personas que me importan o me empiezan a importar.
Eso hace que la odie y sienta repulsión hacia ella.
Empiezo a caminar más rápido, dejándola atrás. Ella se esfuerza por seguirme. Que le jodan.
(…)
—¿Dónde te dejo? —pregunto cuando llevo cinco minutos conduciendo, con algo de música de fondo y sin compartir una sola palabra.
—Donde sea —responde, con la voz tan rota que parece que quiere llorar.
En mi teléfono no paran de aparecer mensajes de Paula, diciendo de vernos esta noche para follar, literalmente. Ella los ha visto, y desde entonces, ni me mira.
Me tomaría la molestia de darle explicaciones si no fuese porque siento que ni le importo ni lo merece.
—Genial, pues vamos a «donde sea» —contesto de mal humor, decidiendo dejarla cerca del Salduva, será lo mejor para que no tenga problemas.
El ambiente sigue cargado, cada vez más tenso, y yo cada vez más enfadado.
Cuando Anastasia se baje, voy a ir directo a la farmacia a por las pastillas que me han recetado, tengo que empezar el tratamiento cuanto antes, sí o sí.
No pienso hundirme en la miseria y esta tarde iré a entrenar como siempre.
Además de que pienso follar. Voy a follar.
—Aquí está bien —susurra con voz ñoña, y yo clavo el freno. Me mira un segundo y justo cuando yo la miro, aparta la cara—. Adiós y… gracias.
—Nos vemos —me despido con la misma frialdad, todavía con el sabor de su gloss en mi boca. Necesito enjuagármela y escupir porque, aunque al principio me supiese al cielo, ahora me sabe a eso que tanto detesto: rechazo.
En cuanto pone los pies en el suelo y cierra, acelero y la pierdo de vista.
Se acabó.
Anastasia Mirren se terminó, no pienso volver a perder mi tiempo con esta tía.