CAPÍTULO 22
ANASTASIA
No sé cuánto tiempo llevo andando, pero empiezan a dolerme las rodillas y tengo la espalda agarrotada.
Cuando llegó la hora de la comida, Brit me hizo videollamada, pero mentí diciendo que mi cámara no iba bien para no preocuparla. Parece que mi día hoy va de mal en peor, porque he descubierto algo que no me hace ni pizca de gracia.
Mi mejor amiga tiene otra amiga, Cindy Steifold.
No es que quiera a Brittany solamente para mí y no me guste que se relacione con otras personas, pero, entendedme, siempre hemos sido ella y yo. Solamente ella y yo.
Que de repente seamos tres, no me hace gracia del todo.
En fin, mejor será que ni lo piense y vaya buscando un sitio en el que sentarme un rato y descansar. Me he arrepentido como diez veces de saltarme las clases, se supone que todavía quedan cuatro horas y ya me duelen los pies.
Lo único que he hecho es alejarme de mi barrio y del instituto, por aquí no hay nadie que me conozca, así que mis padres no me pillarán.
Me siento sobre un murete que rodea un parque y, pese a que sigo con el mismo nudo en el estómago que cuando salí del instituto, al menos estoy un poco más aliviada. Y cansada. Todo hay que decirlo.
La verdad es que solo quiero llegar a casa, ducharme y meterme en la cama para no salir de ahí en todo el día.
Parpadeo un par de veces, oyendo el sonido de los pajaritos que viven entre los árboles del parque, cierro los ojos para enfocarme en ellos, en el aire fresquito que acaricia mi cara y en lo libre que soy en este momento.
—¿No subes? —le pregunta a alguien una mujer, más o menos por la acera de enfrente.
—Voy a darme una vuelta.
—Josh, prefiero que…
—Estoy bien, tranquila, me siento mucho mejor.
Espera.
Josh.
Ese nombre.
Y…
Esa voz.
Abro un ojo, solo uno, y veo el coche negro del demonio con pecas.
Ahí está, con un chándal gris oscuro, una gorra hacia atrás y tan guapo como siempre, mirando exactamente hacia mí.
Me trago el chicle que tengo en la boca, sabiendo que luego me dolerá la barriga por esto. Él aparca el coche en un vado y se acerca, mientras que la que parecía ser su madre, por tener el mismo tono de piel y ojos, ya ha desaparecido.
—Ahora ¿quién acosa a quién? —murmura, colocándose frente a mí y dándome un poco de sombra con su gran altura.
—Tú, enviándome solicitudes de seguimiento a las cuatro de la madrugada.
Decirle esto me recuerda que los dos estábamos despiertos a una hora a la que no debíamos estarlo y que también estamos en un lugar en que no debemos estar pues ambos tendríamos que encontrarnos en clase.
Genial.
—¿Y por qué me has rechazado?
Porque ya tienes suficiente con tus amigas que posan semidesnudas.
No pienso reconocerlo en voz alta.
Aparto la mirada de esos hoyuelos y esas pecas que me derriten, intentando desviar su atención de mí, aunque algo me dice que no se irá tan fácilmente.
—¿Haciendo pellas? —Esos ojazos del color de la miel se fijan en mi pesada mochila.
—Qué te importa.
—Claro que me importa, cariño, soy el amigo de tu primo, se me podría ir la lengua y…
¿Lo veis? Si es que cuando le llamo demonio, es con razón.
—Por favor, no lo hagas.
Miento si digo que no estoy casi temblando bajo la ropa. En mi familia son todos unos puritanos y, aunque Charlie sea la oveja negra, se supone que yo sigo siendo la más obediente del rebaño.
Josh arquea una incisiva ceja, cruzando los brazos a la altura de su pecho, se relame los labios y me fulmina con la mirada.
Quiere algo a cambio.
—Pídeme lo que sea.
No pienso permitir que mis padres se enteren de esto. Por nada del mundo.
Descruza sus brazos, se los lleva a los bolsillos del chándal —¿no sabe vestirse con otra cosa?— y echa un vistazo rápido a su coche.
—Ven conmigo.
La respiración se me para durante unos segundos.
—¿Qué? ¿A dónde?
No puedo subirme al coche de un «casi» extraño y perderme por ahí con él. Esto va en contra de la tía responsable que se supone que soy.
Él fue a recoger a Brit para llevarla a la fiesta y no le hizo nada.
Esa voz me calma un poco, vuelvo a tragar saliva, con el sabor rancio del chicle de fresa en mi paladar.
Josh se encorva un poco, agarra el asa de la mochila todavía sobre mi hombro y tira con suavidad, colgándola en el suyo.
—Joder, ¿qué llevas aquí?
Me sonrojo.
—No tengo taquilla.
Parece creérselo, y digamos que tampoco es mentira del todo, pues le he quitado mi nombre y me he desentendido de ella.
Cuando me da la espalda y mete mis cosas en su maletero, no me queda otra que levantar el culo y seguirle. Tiene la delicadeza de abrir la puerta del copiloto para mí y, respirando de forma acalorada, intento mantener la calma, pensando que solo es un amigo y que todo estará bien.
—¿Dónde vamos? —repito sin dejar de mover las rodillas sobre el asiento, él se da cuenta y me pone la mano sobre una, indicando que deje de hacerlo, luego sugiere que me abroche el cinturón y conecta su móvil al bluetooth.
Sé que es ridículo pensar esto, pero me siento como si acabasen de secuestrarme, a pesar de estar aquí por voluntad propia.
—Estás haciendo pellas —insiste. No es una pregunta, lo da por hecho y es obvio—. Y teniendo en cuenta el sitio en el que vives y que eres una mojigata, supongo que lejos de tus padres y a cualquier sitio en el que no te expongas demasiado.
Vaya, qué considerado.
Pero qué gilipollas.
—No soy ninguna mojigata —gruño, sabiendo que por la vida que llevo, puede que sí lo parezca, pero ¡no lo soy!—. Y tú también haces pellas, te recuerdo que deberías estar en Hallow.
Sin aminorar la velocidad y moviendo el volante con una gracia que me irrita, pues hasta su forma de conducir me parece sexi, me mira de reojo y musita:
—Estaba en el médico, no me encuentro bien.
Siento ganas de morderme la lengua y darme una colleja por idiota, le miro fijamente, buscando indicios de cualquier enfermedad en su expresión.
Tiene buen color de piel, morenito como siempre y con esos rasgos egipcios tan marcados que le hacen único e irresistible.
No parece tener fiebre o estar resfriado, ni…
—¿Qué te pasa?
No es una pregunta en plan borde, de hecho, mi voz sale casi como el ronroneo de un gatito.
—¿Preocupada por mí, cariño?
¡Pero bueno!
Sí, lo estoy. Aunque no debería.
—Se llama educación. Ya te gustaría.
—Pues déjame decirte, doña Difícil, que es privado, y ni una palabra de esto ni a tu amiguita ni delante de Sean, ¿entendido?
De repente, esa expresión de «todo me la suda y hago lo que me da la gana» se transforma en una que demuestra ansiedad y preocupación, lo cual me asusta, pensando que quizá le pase algo grave de verdad.
El corazón me da un golpe en el centro del pecho a la vez que muerdo mi labio inferior. Me siento ridícula porque mis ojos se cristalizan un poco. Es el chico que más me ha gustado en toda mi vida, no quiero que nada malo le suceda.
Él vuelve a mirarme y se desternilla de la risa, no entiendo qué le hace tanta gracia.
—Tranquila, preciosa, que no me voy a morir —promete, y eso hace que me vuelva a entrar el aire en los pulmones—. Creo —añade, y esta vez las ganas de soltarle un bofetón en su estúpida cara son reales.
No puedo con él, de verdad.
—¡¿A dónde vamos?! —repito con un tono más alto y autoritario, pues acabo de ver que nos hemos alejado del centro y vamos hacia las afueras.
—A ver una peli —comenta sin más, sacándose un cigarro y poniéndoselo en la boca, señala hacia su mechero color amarillo fosforito y luego a su boca—. Dame fuego, anda.
—¿Una peli? ¿Dónde coño pretendes que veamos una peli?
Que yo sepa acabamos de dejar su casa y la mía detrás.
Hago lo que dice, prendo el mechero y acerco la llama al cigarro, él inspira y cuando sale humo, lo apago.
Que conste que, aunque esté roja de la vergüenza, solo lo he hecho para que siga manteniendo las dos manos al volante.
—Entiendo que seas una santa para ciertas cosas, pero no me digas que nunca has estado en un cine.
Genial, Ana, acabas de quedar como una mojigata de verdad. En toda regla.
—¿Quieres ir al maldito cine? ¿A las doce del mediodía?
En realidad, es muy buena idea, porque a esta hora no habrá casi nadie y podremos pasar el tiempo sin que me pillen, pero no pienso reconocerlo.
—No. Lo que quiero es meterme contigo en un sitio oscuro para comerte la boca y tocarte esas tetas, pero eso ya depende de ti, doña Difícil.
Creo. Que. Me. He. Meado. Encima.
¿Qué se supone que debo hacer ahora? ¿Seguirle el rollo o llamar a la policía?
—¿Siempre eres tan directo con todas las tías?
Una parte de mí, una muy idiota, espera escuchar que no, que soy la única porque soy superespecial para él, igual que él lo es para mí; sin embargo, lo que sale de su boca es un maldito «sí».
Le odio.
—Quiero que haya un sillón vacío entre tú y yo, o mejor todavía, cuatro sillones vacíos.
—Joder, claro, y también podemos ver la misma película en salas distintas.
Me cruzo de brazos.
—Pues mira, ya que lo dices, me parece bien.