Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

JOSH

Mi madre coloca una mano sobre mi rodilla para que me esté quieto. No dejo de mover las piernas, y es que esperar es una de las cosas que más odio en la vida.

Ha pedido cita de urgencia con el psicólogo de pago que me trató hace años, por suerte —para ella—, me han cogido hoy ya que se anuló una visita de última hora.

No le he contado nada de esto a Sean, así que he mentido diciendo que me dolía la cabeza y pasaba de ir hoy.

El móvil me vibra en el bolsillo del chándal.

Sean: ¿Estás mejor, tío?

No. Estoy fatal, porque no quiero entrar a esa puta consulta y tener que hablar de mis mierdas.

Yo: Claro, creo que es por jugar tanto, ayer me pegué una viciada que flipas a la Play.

Ni siquiera la toqué en todo el día.

Sean: Tío, no faltes a clases por jugar a esa mierda.

Suspiro, porque no me gusta dar esa imagen de mí mismo. Me importan mis estudios, quiero sacarme una carrera y, por eso mismo, he accedido a venir aquí, porque no quiero que los pensamientos intrusivos me ganen y se acabe mi vida.

Las depresiones son extrañas. Todo en tu vida está bien y una parte de ti tiene ganas de vivirla; sin embargo, es como si convivieses con una segunda persona, mucho más fuerte que tú, que odia todo cuanto te rodea, por bueno que sea, y solo desea que todo se acabe.

Quiero curarme de esta enfermedad mental y quiero ser feliz.

Sean: Luego te quiero en el gimnasio, sí o sí.

Sonrío. Sé que este tío nunca dejará que vuelva a perderme a mí mismo. Y, aunque a veces quiero contárselo, siento que solo haré que su mochila sea más pesada.

Sean me aprecia y se preocupa por mí.

Yo: Allí estaré.

—¿Josh Halimton? —pregunta la enfermera, y mi madre se levanta, haciéndome un gesto con la cara para que mueva el culo.

—Somos nosotros —asegura ella, como si no hubiese quedado ya superclaro.

Ay, me cago en todo.

Voy dando pasos hacia la consulta como si estuviese acercándome a la guarida de un león con el que voy a tener que luchar a vida o muerte. Un frío raro me invade por completo y me castañean hasta los dientes.

—Hijo, tranquilo. —Zahra coloca su mano en mi hombro, dándome unas leves palmaditas cuando pongo un pie en la consulta, siento que acabo de entrar en un iglú pues todo es blanco y frío.

El hombre que me mira desde la mesa blanca es el mismo que me trató siendo niño, solo que un poco más arrugado y con unas entradas más marcadas.

—¿Quieres hacer la consulta en privado o en compañía? —quiere saber el psicólogo, y a mi madre se le corta la respiración—. Ya eres mayor de edad, puedes elegir.

La miro y veo que se le quedan los nudillos blancos por la ansiedad con la que agarra el bolso, quiere estar aquí conmigo, porque se preocupa y necesita saber qué me pasa, pero si de verdad quiero curarme es mejor que me deje solo porque, si no, no podré ser del todo sincero.

—Déjanos a solas un ratito, porfa —le pido, y descubro que algo cambia en su expresión, sin embargo, asiente y lo acepta, saliendo y cerrando con cuidado.

En el fondo, sabe que es lo mejor para mí.

El doctor Fletcher, aún recuerdo su apellido a la perfección además de que lo pone en la placa plateada que brilla sobre su bata blanca, consulta mi expediente y comienza a hacer preguntas.

Le explico los motivos principales por los que dejé el tratamiento, hambre constante y miedo a perder mi libido. Solo era un niño, pero mi padre hizo un comentario que se me quedó grabado en la sien para siempre: «Con esas pastillas, te convertirás en un pichafloja».

Se lo cuento así, tal cual.

Él apunta cosas y me comenta que hay alternativas, que, aunque los fármacos produzcan hambre y antojos por el azúcar, se pueden usar técnicas para sobrellevarlo, y que lo de la impotencia sexual es más posible que suceda en una persona depresiva que en alguien que se medica.

Aprovechando que estamos solos, me acerco un poco a él para consultarle algo que me lleva taladrando el cerebro todos estos días.

—Llevo más de un mes que no… que no consigo acostarme con ninguna chica. Solo se me pone dura con una en particular, pero con las demás, nada.

Él se quita las gafas, suelta una carcajada, las limpia y se las vuelve a poner.

Le recordaba como a un monstruo que se comía a los niños, y ahora me parece un hombre de lo más cercano y normal.

Supongo que he sido un idiota al retrasar tanto esto.

—Si esa chica es tu novia, imagino que es lo ideal, ¿no?

Mi novia, sí, claro, ya me gustaría.

Un calambre me azota la cabeza al darme cuenta de que, por primera vez, he pensado en esa palabra.

Que casi no la conoces, tío.

Pero, joder, es que tampoco lo necesito. Doña Difícil es de las que quieres cuidar toda la vida, lo sé, mi sexto sentido heredado de mi santa madre me lo dice.

—No es mi novia, solo es la… —trago saliva porque me jode reconocerlo— la prima de un colega, y encima ni le gusto. Así que no entiendo por qué me pongo… —señalo hacia mi miembro y él asiente, dándome a entender que no hace falta que termine la frase— así solo con ella.

—Esa apatía sexual que estás sintiendo es muy común en una recaída depresiva. Es posible que con esa chica no sea así porque ella, de alguna forma, despierte algo bueno, agradable o bonito en ti que te hace salir un poco a flote.

A flote.

—¿Como un salvavidas?

Vuelve a reírse.

—Si esa chica te hace tanto bien, deberías pasar más tiempo con ella, aunque sea como amiga. Y por lo demás, no te preocupes, con la medicación y las sesiones, la depresión mejorará y volverás a recuperar el deseo sexual. Eres un chico sano, fuerte y joven, olvida esas tonterías que dice tu padre.

Cuando nombra a mi padre, siento que esto no acaba aquí y que hablaremos más de él en otro momento. Eso me incomoda, pero supongo que es necesario.

—¿Volveré a engordar? ¿Serán las mismas pastillas otra vez?

Las manos me tiemblan un poco, él imprime una hoja de papel y me la entrega junto con un bolígrafo.

—No —responde alto y claro y eso me causa mucha paz—.

Este medicamento es un ISRS, lo que hace prácticamente es aumentar la serotonina y mejorar el estado de ánimo.

Es posible que sientas un poco de hinchazón y hambre, lo normal es engordar unos dos kilos y medio en los primeros seis meses que suele ser en su mayoría retención de líquidos, pero si haces deporte y comes con responsabilidad, no tiene por qué pasar nada malo.

Asiento una y otra vez, sintiéndome un poco más tranquilo. No tiene por qué engañarme, él es el doctor y no yo, así que confiaré.

—Empezaremos con una dosis de 5 mg, la primera semana, que viene siendo la mitad de la pastilla, después, subiremos a 10 mg.

Puedes sentir sudoración, tener pesadillas e incluso un poco de nerviosismo las primeras semanas, es normal, ¿vale?

—Se lame un dedo y pasa una hoja—. Quiero que sepas que esa hambre y esa obesidad que sufriste de pequeño, más que por el tratamiento, debió de ser porque por tu corta edad, como es normal, no supiste manejar esa ansiedad.

—¿Y cuándo…?

—Notarás la mejoría a partir de las seis semanas. Ahora rellena esto.

Golpea levemente el papel que me ha entregado y empiezo a rellenar las casillas con cuidado de no tocar la esquina por la que ha pasado su dedo lleno de babas.

Son preguntas que debo responder enumerando del uno al cinco. Siendo el uno con lo que menos estás de acuerdo y el cinco con lo que más. Van divididas en varios bloques, desde cómo me veo a mí mismo, a cómo pienso que me ven los demás, qué espero de mi vida, cómo ha sido hasta ahora…

Se me hace bastante fácil responder hasta llegar al último bloque.

Pensamientos suicidas.

«Nunca he tenido pensamientos suicidas».

Repaso la comisura de mis labios y selecciono el 1.

«A veces, se me pasan por la cabeza, pero es algo que ni siquiera me preocupa».

Otra vez, tengo los labios secos.

Selecciono el tres.

«Tengo ese tipo de pensamientos bastante a menudo, pero sé que nunca lo haría».

Sin dudarlo, selecciono el cinco.

Y la última:

«He intentado o tengo planeado quitarme la vida».

Respiro profundo.

No, si así fuese, no estaría aquí.

No tengo planeado hacer eso.

Pero el recuerdo de la moto y el camión que venía en contra hace que suelte el bolígrafo y que, sin poder evitarlo, empiece a llorar.

El doctor Fletcher se levanta, abre la puerta y le hace una señal a mi madre para que entre, ella no duda en abrazarme y entregarme un pañuelo.

La hoja ya no está en la mesa y he dejado la última frase sin contestar.

—Aquí tiene todo lo referente a la medicación y las pautas a seguir, nos vemos la semana que viene. —Le hace entrega de un sobre a mi madre y yo me levanto de la silla y salgo de allí sin decir ni adiós.

Necesito ir al puto baño más cercano y echarme agua fría en la cara.