Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

ANASTASIA

Paso por la que era mi taquilla y veo que siguen apareciendo mierdas dentro de ella. Está abierta, no paran con las bromitas. Suelto la mochila en el suelo, resoplando por lo mucho que me pesa, llevo mi mano al hombro y me lo masajeo un poco. Esto de tener que llevarlo todo a cuestas…

Aprovecho que tengo las uñas bastante largas para hacer presión por una esquinita y levantar la pegatina con mi nombre. Sí, aquí en Salduva van con pegatinas, en Hallow supongo que irán con placas de oro de dieciocho quilates.

Me da igual la porquería que sigan queriendo meter y la de notas obscenas que dejen, esta taquilla ya no será mía y no será a mí a quien le dirijan todo este odio que, en mi opinión, se podrían meter por el culo.

—Anastasia. —La directora me pilla con la pegatina en la mano, la mochila en el suelo y la taquilla evidentemente rota, llena de notas que no pienso leer y alguna que otra hoja mustia de lechuga—. ¿Qué se supone que estás haciendo?

—Solo… intento… —Miro con el ceño fruncido a la directora, pensando que si nunca se ha preocupado por mí no tiene el más absoluto sentido que me pida explicaciones.

Ella sabe que estoy sola, que se meten conmigo y que, desde que Brit se fue, esto es un infierno, pero prefiere seguir mirando hacia otro lado y yo prefiero evitar contárselo a mis padres porque, una vez, ya me contestaron de una manera que no me gustó.

«Anastasia, deja de querer llamar la atención».

«Esto le pasa porque la hemos mimado demasiado».

«Te dije que no debería ser hija única, teníamos que haberle traído un hermano».

Según mis padres, ellos me lo dan todo. Y es cierto. No me falta de nada, me consienten y cuidan muchísimo, tengo todo lo que ellos nunca tuvieron y un largo etcétera. Pero eso no quita que no pueda tener problemas fuera de casa, algo que a ellos no les entra en la cabeza.

—¿Por qué le has quitado tu nombre a la taquilla? ¿Y qué son todos esos papeles arrugados y esos… vegetales podridos?

Cómo decirle ahora que Rose y Peter, sus preciosos hijos, están detrás de todo esto.

Complicado, ¿no?

—No tengo ni idea. —Me encojo de hombros, abriendo una de las notas para mostrársela—. Me las dejan a diario y estoy cansada, así que he decidido renunciar a mi taquilla.

Al principio, las notas estaban hechas con recortes de revistas, ahora ya las escriben de puño y letra. Parece que quien sea se ha cansado de usar tijeras y pegamento.

—No tengo tiempo para estas tonterías, os comportáis como unos malditos críos.

Mi boca casi se cae al suelo cuando se atreve a decir la palabra «os», ¿qué mierda tengo yo que ver en esto?

La campana suena y el pasillo empieza a llenarse de gente.

Ella me devuelve la nota arrugada, como si yo la quisiera para algo.

—Limpia esa maldita taquilla y agradece que, al menos, tienes una.

Y ya, eso es todo.

Se da la vuelta mostrándome su moño castaño lleno de canas y se pierde de vista caminando sobre unos zapatos de tacón bajo más desgastados que la alfombra que tiene mi madre para entrar en casa.

«Estúpida vieja», gruño, y voy hacia la maldita papelera para arrastrarla hasta la taquilla, donde empiezo a tirar todas las cosas dentro. Encima tengo que limpiar una basura que no es ni mía.

La gente me mira de reojo y comenta, se ríe en voz baja e incluso escucho algún que otro murmullo, apreciando que he vuelto a engordar. Yo me miro la ropa. Me queda igual. No sé cuánto peso, pues por salud mental dejé de hacerlo hace mucho tiempo.

La presión que siento subir por la columna y llegarme a la cabeza me dice que, si no salgo de aquí ya, me va a dar algo, así que recurro a mi plan B.

Saco el teléfono al ver que la directora está en su mesa, con la puerta del despacho abierta, vigilando lo que hago.

—¡¿Mamá?! —exagero el tono de voz, y ella me mira—. ¡¿Qué ha pasado?! ¿Hablas en serio? ¡No! Tranquila, ahora mismo voy.

Cargo la mochila en mi hombro, dejo la papelera en su sitio y, con una educación que ahora mismo no desearía tener, me planto en el despacho de la madre de Rose.

—Disculpe, es urgente, tengo que irme.

Ella me repasa de arriba abajo, arruga el ceño y tensa los labios.

—Tráeme mañana un justificante firmado por tu madre.

Salto de alegría en mis adentros porque mamá y yo tenemos la misma letra y, además, su firma es superfácil de hacer.

Yo misma me haré ese justificante.

—Gracias, mañana se lo entrego a primera hora.

Con un perfil bajo, empiezo a caminar en dirección opuesta al resto de alumnos, chocándome con algún que otro tío que no mira ni por dónde va.

Es la primera vez que hago esto desde que Brit se fue a Hallow.

Lo hicimos en alguna ocasión estando juntas y la verdad es que hacerlo sola me da miedo, porque no sé a dónde iré durante las ocho horas de clase ni si esto ha sido una buena idea.

Solo tengo una cosa clara: ahora mismo, necesito irme lejos de este lugar y es lo que pienso hacer.