CAPÍTULO 19
JOSH
No puedo más y no sé qué hacer para salvarme de mí mismo.
He intentado perder el tiempo en Instagram con cualquier tía que pueda distraerme. Imposible. Todas me parecen aburridas y carentes de interés. No son suficiente para que mis demonios se callen y se alejen.
Sin embargo, en cuanto encontré su perfil, el silencio se hizo por unos minutos, hasta que me rechazó.
No sé quiénes diablos son sus seguidores, pero yo necesito ser uno de ellos y comentar y dar like a sus fotos. Y no me refiero a dejar un «me gusta» en plan por ser simpático, como suelo hacer con todas, sino porque esa tía me gusta de verdad.
Da igual que me repita que no la soporto, que no somos compatibles y toda la mierda que he dicho una y otra vez a modo de mantra. Mi cerebro, mi polla, mis hormonas, mi cuerpo, mi todo la han elegido como reina absoluta de la fiesta.
Hasta los cojones estoy.
No puedo seguir tumbado, así que me siento en la cama.
Tengo la espalda empapada, con gotas de sudor frío que me bajan por la frente, el pecho y el abdomen.
Veo doble al no llevar las lentillas, saco las gafas del cajón del escritorio y me las pongo, revolviéndome el pelo ya que vuelvo a tener esos calambres en la cabeza que casi me volvieron loco una vez.
No quiero ir al psicólogo, no quiero más pastillas, no quiero volver a sentir esa hambre extrema, no quiero volver a ser un zombi.
No quiero volver a perder el control de mi vida y dejar que lo tome un puto medicamento.
Aquí mando yo, y punto, joder.
Abro la puerta de la habitación y voy descalzo hasta la cocina, bajando las escaleras despacio, con cuidado de no hacer ruido.
Cuando creo que lo he conseguido, mi madre me mira desde el marco de la puerta, con la luz de la entrada encendida. Me acaba de pillar chupando un limón, los sabores muy ácidos obligan al cerebro a salir de esos pensamientos intrusivos y te devuelven a la realidad.
Ella mira hacia el lugar donde estaban los cuchillos, ya no están. Sospecha que vuelvo a estar deprimido y a pensar en la muerte como vía de escape, así que los ha escondido.
Tampoco hay lejía ni productos tóxicos.
Zahra niega y abre los brazos, viniendo hacia mí. No quiero que me vea así, no quiero que sepa lo roto y hecho mierda que estoy, porque no tengo motivo para ello, hay quien sufre y soporta más que yo, ¿por qué tengo que ser tan débil?
—Cielo, estoy contigo. —Mi madre apoya su mejilla en mi pecho y achucha mi cintura con todas sus fuerzas, yo la abrazo con delicadeza, pues es tan menuda que me da miedo romperla—. Creo que…
«Ya es hora de ir yendo al médico», es lo que no dice.
—¿Por qué me pasa esto? —Es lo único que necesito saber y entender—. Ya estoy bien, nadie me hace bullying , tengo amigos, me importa una mierda que papá no me quiera y…
—No estás bien. Y tu padre sí que te quiere —me corta, apartándose de mí para poner una de sus pequeñas manos en mi mejilla—. Josh, el maltrato, sea físico o psicológico, siempre deja huella. Y tú sufriste mucho, no solo por él, sino por todo lo que pasaste en el colegio.
Asiento. Lo sé.
Claro que lo sé, son heridas que nunca se olvidan.
Llevo grabado en mi mente la cara de cada niño que me hizo sentir que no merecía estar vivo y recuerdo perfectamente el día en que mi padre destrozó mi habitación porque no quise comer cerdo, mi madre hizo sus maletas y las mías, llamó a su familia y les dijo que se divorciaba, que volvíamos a Egipto.
Su familia le aseguró que ella podría volver, pero que no querían al hijo de un hombre europeo.
Si yo no hubiese nacido, ella podría haber vuelto a su país, casarse con un hombre de sus costumbres y vivir mejor que aquí.
Solo soy un miserable problema en la vida de mis padres.
—Josh —Zahra interrumpe el río de mis pensamientos—, tu padre te quiere y se arrepiente de todo lo que hizo. Solo necesitas ir al médico para que te ayude a perdonar.
No.
Yo no vivo en su mundo de «el hombre de la casa siempre tiene la razón y el arrepentimiento lo cura todo».
Jamás le perdonaré, jamás habrá una relación cordial de padre e hijo entre él y yo y jamás dejaré de sentirme como el error que nunca debió nacer.
—Deberías haber vuelto con tu familia y haberme dejado aquí —susurro, chupando la otra mitad del limón mientras arrugo la nariz y voy directo de vuelta a la cama.
En cuanto entro en mi habitación, tiro de la manta para echarla al suelo y me acuesto sobre el colchón, sigo sudando, tengo calor, estoy sofocado.
Me arrincono contra la pared, mirando ese cemento pintado de blanco, sintiendo un dolor tan profundo que me oprime. No sé por qué estoy así si todo va bien. Ya tengo la mayoría de edad, pronto me graduaré, me iré de esta casa y seguiré con mi vida.
Me lo repito una y otra y otra vez. Todo está bien, todo está bien, todo está bien.
Pero no importa, porque mi corazón sigue doliendo y yo continúo sintiéndome profundamente triste. Ahogado en un mar de desesperanzas. Con cero ganas por seguir adelante.
La puerta se abre despacio y vuelve a cerrarse. El peso de mi madre se siente al otro lado de la cama y una de sus manos se cuela entre mis cabellos castaños, acariciando mi cabeza como cuando era un niño.
—Tú eres mi única familia —murmura con la voz completamente rota.