CAPÍTULO 18
ANASTASIA
No puedo dormir, solo doy vueltas y más vueltas en la cama.
Encima, ni siquiera he cenado porque odié cómo me sentí en el gimnasio y fue una vergüenza atroz ser la chica más grande del lugar, e incluso me atrevería a decir que soy más corpulenta que mi primo Charlie. Estoy segura de que el demonio de las pecas se ha dado cuenta de ello, aunque…
Vino hacia mí, después de un mes sin volver a vernos ni dirigirnos la palabra y me abrazó. Y, otra vez, sentí ese incesante cosquilleo que me hace flotar en las nubes.
No obstante, yo no pego con él, en absoluto, él se vería mucho mejor con cualquiera de las bailarinas de esa aula, como una que estaba ahí con cinturita de avispa y una cara muy bonita. No dejaba de mirar a Josh, creo que se llama Jessica.
Me remuevo una vez más, tapándome la cabeza con la manta y apartándome el pelo de la cara.
Cookie gime desde los pies de la cama, donde está tumbado, parece que sabe que estoy de bajón e intenta ayudar.
Tengo miedo de no volver a sentir las mariposas en el estómago ni esas cosquillas en la zona baja del vientre. De que ningún otro chico me mire como lo hace él ni de que alguien me guste tanto como ese demente.
Está mal de la cabeza, pero creo que esa faceta es la que más me gusta.
Tiene una forma de ser… ¿original, distinta, exclusiva?
No sé cómo describirlo, pero es diferente a lo que estoy acostumbrada.
Y necesito más, aunque, a la vez, solo quiero desaparecer y huir hacia mi paz mental, en la que no existen unos ojos color miel ni una sonrisa pecaminosa coronada por dos irresistibles hoyuelos.
Lo cierto es que, por mucho que me haya convencido durante todo este mes de que ya está olvidado, es mentira.
Me muero por volver a verle, por tener una conversación con él sobre cualquier cosa, por que vuelva a acorralarme como lo hizo aquella vez en el portal del edificio. Por sentir sus labios sobre mi piel.
Mi móvil suena e imagino que se trata de Brit, porque nos pasamos las noches hablando para intentar hacernos terapia conjunta. Así de mal está el patio. Sin embargo, me extraña un poco que me escriba tan tarde, son las cuatro de la madrugada.
Al mirar la pantalla, el corazón me pega un fuerte latido en el pecho, es tan intenso que incluso lo siento en la garganta.
Y no es un mensaje como tal, sino una petición de amistad en Instagram.
Josh.
No pienso aceptarle, porque odio todas mis fotos y solo permito que personas muy cercanas a mí las vean.
Pero me sirve para entrar yo en su perfil, que no es privado, y sentir cómo mi corazón y todas mis hormonas se dislocan en cuanto vuelvo a verle, aunque sea en una maldita pantalla.
Lo único bueno de todo esto es que por fin puedo permitirme admirarle desde la soledad de mi habitación, sin que nadie se burle de mí por soñar tan alto.
La cantidad de chicas que dan like a sus fotos es abrumadora. Unas intensas ganas de vomitar se me instauran en el estómago al ver cómo le hablan con tanta confianza en sus publicaciones y cómo él les contesta con corazones, besitos y piropos a todas.
Accedo a los perfiles de esas chicas, algunos son privados, otros no. Y tal y como presentía, los perfiles abiertos de esas «amigas» tienen fotos de lo más provocativas y no puedo criticarlas, si yo estuviese así de buena también me sentiría orgullosa de mostrarlo.
Josh les da like a esas publicaciones. Y no solo eso, las comenta.
En una de ellas ha dejado un comentario hace quince minutos.
Sé que puedo parecer infantil o idiota, pero una pequeña lágrima sale de mi ojo izquierdo, cayendo sobre la almohada. Me estoy pillando de un imbécil picaflor que nunca me querrá para nada serio.
Mordiéndome el labio inferior y con una rabia que me impedirá pegar ojo en toda la noche, regreso a su solicitud y pulso la opción «rechazar».