CAPÍTULO 17
JOSH
Un mes después
¿Conoces la sensación de sentir que todo da vueltas a tu alrededor y los días pasan demasiado rápido? Eso han sido estas cuatro semanas, como meterme dentro de una lavadora y pulsar el programa corto.
Necesito hacer algo con mi vida o, de verdad, terminaré pegándome un tiro.
En este mes, le insistí a Sean para inscribirnos en el gimnasio nuevo, eran conocidos míos así que nos hacían precio. Supuestamente, el deporte es un antidepresivo natural, y creo que cometí un error al dejarlo.
Por supuesto, arrastré a Sean conmigo porque si no estaba depresivo ya, poco le faltaba y, de paso, se unió Charlie, el primo de doña Difícil.
Reconozco que, desde aquella noche, he evitado a Charlie todo lo posible, haciéndole un poco bastante el vacío —más «bastante» que «poco»—, pero es que no soporto acordarme de ella.
He decidido que esa tía me cae mal.
Después de correr un buen rato en la cinta para que mi cerebro no pueda hacer otra cosa que enfocarse en mantener las pulsaciones a raya y respirar, Sean termina de hacer dominadas y se acerca a mí.
—No sé cómo te puede gustar tanto la calistenia, la odio —bufa, y sonrío.
Sean es todo músculo y fuerza, a él le gusta levantar cosas pesadas; yo, sin embargo, soy más ágil y prefiero trabajar con mi propio cuerpo. Aunque también hago pesas.
Nunca dejé de hacer ejercicio por casa, o incluso en el parque; mientras Sean fumaba yo me tiraba al suelo a hacer flexiones, pero no es lo mismo que venir al gimnasio, no tiene el mismo resultado ni requiere la misma disciplina.
Aunque sigo siendo un chico esbelto y fuerte, mi masa muscular ha bajado un poco, al igual que la de mi colega, aun así, a él parece no importarle —lógico, en su situación—, pero yo me traumatizaré si pierdo los abdominales.
—Baja ya de esa puta cinta —mete la mano para bajarme velocidad—, vamos a tomar algo con Charlie, lleva todo el rato solo y soy el único que le habla.
Ruedo los ojos y aminoro el ritmo.
—Tampoco es que necesite mucho más.
—Josh, ¿qué cojones te pasa con él?
Sean no tiene ni idea, no sabe que mi polla solo funciona con la prima de ese energúmeno, que lo intenté todo por acostarme con ella y que terminó huyendo de mí como si fuese un acosador de mierda.
¿Lo soy? No, joder.
—Josh… —repite mi nombre y consigue que me baje de la cinta, acompañándole a la máquina de vending .
Sacamos un par de bebidas isotónicas y nos reunimos con Charlie. Me siento a su lado en la banca en la que acaba de terminar de levantar pesas y le ofrezco una bebida, la toma de buen agrado y Sean sonríe con suficiencia.
Cabrón.
Sé que este chaval no tiene culpa de nada, pero yo soy así de gilipollas, y punto.
Charlie termina de beber y sigue con su rutina de abdominales.
—Eh, ¿qué opináis de hacerme un nuevo tatuaje aquí? —pregunta Sean al quitarse la camiseta, intentando captar mi atención para que deje de ser un niñato dolido con el mundo.
Aprieta el bíceps, señalando hacia él. Yo lo tengo tatuado; de hecho, llevo el brazo cubierto de simbología egipcia por mi madre, por sus raíces y, por ende, también las mías, pues no me siento para nada en sintonía con mi padre ni mucho menos. Nah, yo no soy hijo de ese hombre.
—¿Por qué no te haces unos escorpiones como los que tienes en el abdomen? —sugiere Charlie, y chasqueo la lengua. Qué poca imaginación.
Sean me da una patada disimulada y yo levanto la vista, viendo que detrás de él se acercan nuestras peores pesadillas. La suya, rubia; y la mía, morena.
Parece que quieren entrar en el aula de baile y mi colega les corta el paso, este se gira para hacerse el chulillo delante de Brit, río al saber que por mucho que intente resistirse, se muere por ella.
Conozco a Sean como si hubiese estado en mi barriga durante nueve meses.
Charlie solo saluda con un movimiento de cabeza a su prima, la cual no sabe ni dónde meterse. Mira hacia todas partes menos a mí, y yo ignoro todo lo que me rodea, excepto a ella.
Un mes. Un puto mes sin acostarme con una sola tía, y ahora mi polla vuelve a estar contenta gracias a esas curvas, esas tetas y esa cara de diosa de carne y hueso.
¿Por qué mierda solo soy útil con ella?
Pedí cita al médico y se lo comenté. Su respuesta: «Será estrés o algo pasajero, deja el cannabis y haz deporte».
Y aquí estoy, reduciendo el número de porros y machacándome en el gimnasio, esperanzado con que ese viejo calvo tenga razón.
Pero la morenaza de caderas diabólicas parece pasarse mi estrés por el mismísimo, pues es mirarla y viajar a la luna.
Las dos señoritas entran a la clase de baile y, si mi criptonita piensa ponerse a bailar, no me lo puedo perder. De ninguna forma.
Que sí, que ya sé que hace nada he dicho que me cae mal. Pero puedo odiarla y estar cachondo por ella a la vez, soy ese tipo de hombre que puede hacer dos cosas al mismo tiempo.
Así que, tanto Sean, como Charlie y yo estamos pegados al cristal, dispuestos a gozar del espectáculo.
Charlie no deja de comentar cosas sobre las otras bailarinas, pero, esta vez, mi colega y yo estamos sordos y ciegos porque esas tías no nos importan lo más mínimo.
Brit empieza una conversación con la profe y Anastasia se hace a un lado, esto hace que se me reseque la boca.
No, no, yo quiero verla bailar.
De repente, las tres nos miran y la profesora nos hace un gesto para que sigamos a la nuestro.
Ja, ni hablar.
—¡Que no la miramos a usted, señora! —berreo, y Sean se ríe a mi lado.
La música suena, Britney Spears, cómo no. La rubia se quita la sudadera quedándose con un top minúsculo que apenas sostiene sus grandes tetas. Mi hombro choca con el de Sean, pues está tan tenso que parece una barra de acero.
Ella se toma la libertad de bailar mirándole directamente a los ojos y entonces le recuerdo a Allah que yo también soy su hijo y que espero que, después de Brittany, baile Anastasia.
Sin embargo, ella se mantiene en una esquina del aula, lejos del grupito de bailarinas que miran con desdén a la rubia. Anastasia aplaude y la anima, mirándola con orgullo y… ¿frustración? Conozco esa mirada y sé lo que significa, porque yo también la he tenido.
Ana quisiera ser ella. ¿Por qué cojones quiere ser Brit? ¿Acaso le gusta Sean? ¿No tiene suficiente con encantarme a mí?
Unos tíos que tenemos atrás comentan algo sobre la chica a la que justamente estoy mirando. Que es normal que tenga ese peso si solo se dedica a mirar, que debería estar corriendo en la cinta en vez de ahí con esas tías buenas…
No hay nada que me ponga de mal humor que ver a alguien criticar algo que me vuelve loco.
Me giro con descaro, acercándome a las pesas donde se ejercitan.
—¿Qué pasa? ¿Tenéis algún problema con mi novia?
Sus caras palidecen al instante, pues andar todo el día en Candem es lo que tiene, que te ven como el diablo.
—T… tío, no… no sabíamos que salía contigo…
—Pues ya lo sabéis, esa tía es mía, y como le respiréis cerca, os arranco los putos pulmones y me los como.
Cuando era niño, me aterraba la violencia, huía de ella con un pavor que no era ni normal, tanto que prefería sufrir a defenderme. Luego llegó Sean y me mostró que los abusones solo necesitan una cosa: alguien con más mala hostia que ellos.
Y entonces, cuando entendí lo fácil que era doblegar a estos idiotas, convertí toda mi inseguridad en odio y dejé de ser una buena persona.
Mi mano agarra un trozo de la camiseta del primero que se atrevió a abrir la boca, acercándole a mi perfil, su nuez se mueve a lo largo de su cuello mientras el sudor le baja por la frente.
—Di que mi novia está buenísima —insto, arqueando una de mis cejas.
—Lo está, lo está, es perfecta.
Sonrío, soltándole la camiseta.
—Mucho mejor. —Antes de irme, le doy una patada a su botella de agua y la mando a la otra punta del gimnasio. Que se joda—. Ve a buscarla a cuatro patas, como el puto perro que eres, o te juro que te abro la cabeza.
Regreso con Sean y Charlie y veo que el show ha terminado y se abrazan entre ellas.
Quiero que esos tíos se crean que es mi novia de verdad, para que la respeten y no se atrevan ni a respirarle cerca, así que entro y las felicito, echando un brazo por encima a Brit con disimulo y apretando a Anastasia totalmente contra mi pecho.
Dios, esas tetas se sienten como el maldito cielo.
Cuando me mira y mis labios dibujan una expresión maléfica, vuelve a enrojecerse y, por supuesto, reacciona como de costumbre.
—¡Fuera de aquí, mugre! —me ladra, mirándome de una forma que reconozco al instante: quiere sentarse en mi cara y que la chupe. Toda entera. Aquí y ahora—. ¡Estás empapado de sudor, qué asco!
Ya, claro. Miente fatal.
—Cielo, solo quiero ponerme cachas para ti. —Levanto un brazo y le enseño la potencia de mis músculos. Podría destrozarla en la cama si ella me lo pidiera. Sus ojos se abren demasiado y casi se queda bizca al mirarlos—. ¿Quieres tocar?
Que conste que me sigue cayendo fatal y esto solo es un poco de ritual de apareamiento, culpa de mis hormonas.
Tarda unos segundos en salir de su embobamiento, luego me mira directamente a los ojos y gruñe un rápido «no».
Agarra a su amiguita del brazo y sale corriendo del aula con ella.
Sean ha vuelto a lo suyo, ya tiene el día jodido con esto. Charlie le habla de cosas y él ni le escucha, ¿quién ignora a quién ahora?
Una mano femenina se apoya en mi hombro.
Es una de las bailarinas, Jessica.
—Joshi, cuánto tiempo sin verte. —Sonríe con encanto. Su cuerpo también está algo sudado y lleva unas mallas excesivamente apretadas.
No es mi tipo, pero al menos tiene una cara guapa y yo sigo con una erección de lo más dolorosa.
Por fin, mi polla está dura después de un mes. Y ya que esa idiota quiere seguir jugando a hacerse la difícil, se supone que debo aprovecharlo. Sin embargo, la idea de conformarme con otra porque ella pasa de mi culo, hace que se me baje al instante.
Hay que joderse, macho.
Aunque no pienso rendirme, no hasta que tenga ese coño en mi boca, chorreando mientras grita mi nombre y suplica por más.
—Lo siento, Jess, pero tendrás que seguir echándome de menos. —Con un gesto que no le hace mucha gracia, me quito su mano de encima y sigo a lo mío.