Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

JOSH

Supongo que lo que estoy haciendo no es un delito siempre y cuando no me atreva a saltar sobre ella como un animal en celo.

Solo he aparcado la moto en la calle de al lado y la voy siguiendo a una distancia prudente, no porque planee hacerle una maldad ni mucho menos, sino porque soy incapaz de quitármela de la cabeza.

Paula sigue escribiéndome al móvil, le dije que ya hablaríamos, que iba a conducir, pero me acaba de pillar en línea.

Soy gilipollas.

Después del día de mierda de hoy, necesitaba opciones como vía de escape, las cuales eran drogas o sexo.

Una cosa es que me guste fumarme un porro de vez en cuando, pero no soy un drogata, espero grandes cosas de mí, como mínimo, sacarme una carrera y dedicarme a lo que me gusta. Así que he optado por lo segundo.

Quedé con una chica que llevaba tiempo mandándome fotos al privado de Instagram, pero fue imposible, no me puse cachondo.

Después de dejar de meterle mano y fingir que me llamaban y debía irme con urgencia, volví a ser un cabrón y utilizar a Paula.

Sé que siente cosas por mí, que debo poner tierra de por medio, pero es mi polvo seguro —porque ella también quiere serlo, joder—, y siempre soy cien por cien sincero.

Además, ella me jodió a mi primero.

¿El problema? Que tampoco ha funcionado y he querido salir de ahí con ganas de cortarme la puta polla y pisotearla.

«Esto no me puede estar pasando a mí», me he repetido una y otra vez, hasta que he parado en ese semáforo en rojo y la he visto a ella.

Ha sido instintivo, irreflexivo, primitivo. Mi erección ha revivido al instante y, joder, pocas veces la he tenido tan dura.

Sea lo que sea la mierda que me esté pasando, la prima de Charlie tiene la cura y no voy a renunciar a ella.

Ha entrado a una hamburguesería y mis puños se aprietan por dentro de los bolsillos del chándal.

Solo fui celoso una vez en mi vida, cuando me enamoré como un idiota siendo niño y me ponía histérico cada vez que ella jugaba con todos menos conmigo.

No llevo bien los rechazos, aunque, hasta ahora, nunca ha sido un problema.

Pero, claro, la modelito curvilínea se me resiste, y si veo que le da a otro lo que me niega a mí, va a arder Troya.

Mi polla parece que no quiere funcionar con nadie salvo con ella, y si yo solo puedo ser suyo, entonces ella solo puede ser mía.

Me enciendo un cigarro y me quedo fuera de la cafetería, viendo que se sienta en una mesa vacía para dos personas. El pecho se me agarrota pensando que sí que va a tener una cita y necesito saber quién es el idiota que, según ella, es mejor que yo.

Seguro que es un pijo a lo Derek Stephan.

Mi nariz llena de pecas se arruga cuando la veo pedir la bebida y la comida al cabo de unos minutos. Quien sea que ha quedado con ella, llega tarde.

Yo nunca la haría esperar.

Sigo observándola, mientras me fumo el cigarro, posiblemente con el ceño más fruncido que he tenido jamás. Su bebida llega, pero sigue sola. No parece esperar ni buscar a nadie, se entretiene mirando algo en el móvil. Luce tranquila, como en paz consigo misma.

Entonces, le traen una hamburguesa y, de nuevo sin mirar a la puerta ni hacia ningún lugar, empieza a darle pequeños mordiscos.

Algo me hace crac en el interior cuando entiendo que ha venido a comer sola. ¿Dónde están sus amigas? ¿Dónde está Brit?

Un grupo de chicas con un par de tíos se coloca detrás de mí, esperando que me quite para poder pasar. Tengo fama de problemático, sobre todo, porque todo el mundo sabe que soy el mellizo del ruso, así que prefieren quedarse ahí calladitos antes que abrir la boca.

Como soy educado, me hago a un lado y ellos entran.

Se sientan en una mesa para seis que está cerca de Ana, empiezan a hablar entre ellos y una de las chicas se fija en ella, cuchichea algo y empiezan a hacer bromas.

Anastasia se da cuenta, los mira de reojo, saca unos airpods de su bolso y se los pone, ignorándolos.

¿Se ríen de ella porque come sola?

Sé que soy la persona menos favorita de doña Difícil, pero no pienso permitir esta situación.

Con el casco colgando del antebrazo, tiro de la puerta y pongo un pie dentro, caminando directamente hacia ella.

A causa de los airpods ni se entera de la situación, así que sonrío con malicia por lo que pienso hacer.

Una de las chicas de antes me mira y se pone roja, sonriendo como una idiota, arqueo una de mis cejas y sigo hasta mi objetivo, inclinándome ligeramente para darle un beso en la frente a Anastasia y sentarme.

—Disculpa, cariño, estaba fumando —explico, ella se quita un airpod con una mano y con la otra se pasa una servilleta por el mismo sitio que le acabo de dar el beso.

Será hija de su madre, se va a cagar—. Tengo sed, dame un poco de tu refresco mientras nos traen otro.

—Agarro su vaso y bebo, por el mismo lado en que está la marca de su pintalabios—. Mmm, qué rico.

—¿Qué coño haces, loco de mierda?

Creo que lo que de verdad me pone cachondo de esta tía, aparte de que está como un tren y es superguapa, es esa forma tan sexi que tiene de tratarme como a un excremento.

A lo mejor tengo fetiches que no conocía.

—Te dije que yo sería tu cita —aviso, mirando al camarero que se nos acerca. Parece extrañado de ver a Ana en compañía masculina y eso me encanta.

—¿Qué te pongo?

—Lo mismo que ella —contesto, señalando hacia su comida con un gesto de cabeza—. Y rapidito, que sé dónde vives.

Ana se atraganta con el refresco y el pobre chaval se marcha antes de que suelte otra de mis frases supersimpáticas.

—¿Por qué eres tan capullo?

—Solo quiero que tenga claro que, si intenta ligar contigo, tendrá problemas.

—Tío, tú estás mal de la cabeza, ¿eh? —Da golpecitos con una de sus preciosas uñas de gel sobre su sien—. Que no nos conocemos.

—No me conocerás tú, yo llevo soñando contigo toda mi vida. —Vuelvo a beber de su refresco—. ¿Por qué has venido a cenar sola?

—No te importa.

—Claro que me importa, por eso pregunto.

Ahora es una camarera la que me trae el refresco y promete que mi comida estará lista en seguida.

Ana me mira con recelo, vuelve a poner en marcha el vídeo sobre maquillaje que estaba viendo y me acomodo sobre la mesa para mirarlo con ella.

Primero, me observa como si acabase de perder el norte; después, simplemente me deja existir a su lado. Esta chica no es consciente de a dónde estoy dispuesto a llegar por llevármela a la cama.

Sé que le gusto, y por muy difícil que me lo ponga, en algún momento cederá.

Su melena castaña le cae sobre el hombro y el puño sobre el que apoya la mejilla mientras moja las patatas fritas en kétchup y las va masticando lentamente. Tiene unos dientes blancos y pequeños. Sus labios son finos y bonitos, tal y como me gustan.

Chicas con caras bonitas y rasgos finos, curvas peligrosas, tetas enormes y un buen culo para morder.

Cuando me traen mi comida, ella se mueve un poco y ese olorcito dulce que desprende su cabello me deja idiotizado por unos segundos.

La polla se me endurece de nuevo, soy incapaz de mirarle otra cosa que no sea la boca y las tetas, a pesar de que ni siquiera lleva escote.

No lo necesita para llamar mi atención.

Empiezo a comer, tragándome un vídeo tras otro, ella gruñe cuando ve que no pierdo el interés y sigo mirando como quien ve su serie favorita. Después de esta extraña cita, podré pintarle la cara a mi madre antes de ir al súper a comprar.

—¿Y todas esas cosas os las echáis encima antes de salir? —comento, cansado del absurdo silencio.

Ella ni se inmuta, solo musita un cansado sí y se limpia los labios con una servilleta. Siento el impulso de cogerla y guardármela en el bolsillo, tiene la marca de su gloss .

—Pues tú no necesitas echarte esas cosas, eres tela de guapa, ¿eh?

Virgen santa, para qué habré dicho nada.

Sus afiladas cejas se fruncen y esos ojos calor café me fulminan con un gran odio y desprecio.

—¿Te crees con el derecho a decirme si me puedo maquillar o no?

La mandíbula se me tensa en un tic, porque de verdad que estoy cero acostumbrado a este tipo de mujer.

—Tía, que era un piropo —me excuso, extendiendo los brazos en cruz, porque me siento como Jesús en este momento, crucificado.

Ella se aparta la melena a un lado, coge su bolso negro y se va a la barra.

¿Se cree que va a pagar la cuenta?

—Cóbrate lo mío —le dice al camarero, y yo le doy un golpe de caderas para apartarla de él.

Saco un par de billetes y se los entrego, este los recibe con los dedos casi temblando, no le gusta cómo le miro y a mí no me gusta él.

Ana le ha sonreído.

Cuando me da el cambio, me giro esperando que al menos, sea agradecida por…

Ya no está.

¡¿Pero y esta tía de qué va?!

El móvil me vuelve a sonar, lo reviso por si es Sean, sin embargo, la lista de mensajes pendientes por leer de Paula asciende a veinte.

Joder.

Salgo escopeteado de la cafetería, de nuevo con el casco colgando del brazo, recordando el camino por el que vino.

Pienso que ha podido salir corriendo, subirse a cualquier taxi o incluso esconderse, pero no. Va caminando despacio, paseando más bien mientras tararea una canción. Una mueca divertida se me dibuja en la cara pues, por mucho que se haga la interesante, sé que no quiere que la pierda de vista.

Voy a por ella, colocándome a su lado con cuatro zancadas. Como no dice nada, choco mi hombro con el suyo y le guiño un ojo en cuanto me mira.

—Anda, sigues aquí. —Se hace la sorprendida.

—¿Preferirías que no?

—Preferiría entender qué diablos te pasa.

—Me pones cachondo.

Se detiene, deja caer sus brazos junto a sus caderas y, con la mirada perdida en la nada, se pone adorablemente roja.

—Estudias en Hallow, se supone que eres inteligente —asegura, y luego sigue su camino con la cara aún ruborizada.

—¿Es de tontos admitir que me gusta una tía?

—Es de tontos hablar de forma tan vulgar.

—¿Ah, sí? ¿Según quién?

Le voy a pegar a quien haya dicho eso.

Porque soy vulgarísimo y listísimo.

—Según mi padre.

Ah, mierda.

Pues va a ser que no voy a pegarle a nadie. Tengo que caerle bien a mi suegro.

—Tu padre se equivoca.

—De eso nada.

Uh, es una niña de papá, orgullosa de ser una niña de papá. Lo que me faltaba.

Estoy harto, cada vez camina más deprisa y me es casi imposible intimar con ella. ¿Por qué no puede decirme que mis ojos color miel le vuelven loca y que se muere por mí como hacen todas las demás? Tampoco estoy pidiendo tanto.

Será que…

—¿Tienes novio?

Me paro en seco, porque si hay algo que no me gusta es entrometerme en relaciones ajenas, así que, si esta chica sale con alguien, tendré que hacer que lo dejen antes de seguir ligándomela.

Se gira para reírse en mi cara y sigue su camino.

Mierda, acabo de enamorarme de esa puñetera risa.

—Ni tengo ni pienso tener.

Espera.

Acaso…

No me jodas que…

—¿Eres lesbiana?

Continúo persiguiéndola mientras sigo sumando dos más dos y multiplicando por tres, por cinco, dividiendo por ocho y así sucesivamente hasta comprender por qué no cae rendida a mis pies.

—¿Qué? ¡No!

La forma en la que grita ese «¡no!» hace que parezca que ser lesbiana es terrible.

—Tía, tampoco te pongas así, que los coños están muy ricos.

—¡Pues ve a comerte uno! —vocifera, y aunque esté a su espalda, viendo como esa melena oscura y larga se mueve sobre sus caderas, sé que vuelve a estar roja.

—Es lo que intento, muñeca, pero no te dejas.

Levanta el brazo y me hace una peineta, volviendo a removerse el pelo y haciendo que el viento me traiga de nuevo ese olor que dispara todas mis hormonas a cien por hora.

—¿Eres consciente de que te he invitado a cenar y te estoy acompañando a casa? ¿Puedes ser un poco maja al menos?

—Yo no te he pedido nada.

¡Pero bueno!

Está buenísima, es preciosa, pero es borde como la que más.

Me canso de su jueguecito, esta niñata está acabando con mi paciencia así que pienso salir de dudas ya de ya.

En cuanto llegamos a su portal e introduce la llave, me cuelo con ella dentro, cerrando con el pie y acorralándola contra la pared, colocando mis brazos a cada lado de su bonita cara.

En cuanto la miro directamente a los ojos, toda su altanería desaparece al instante, ya no es tan atrevida.

La forma en la que su pecho sube y baja al respirar de forma errática podría decirme que está asustada, nunca la obligaría a nada que no quisiera, pero esa manera en la que se le tiznan las mejillas de rojo y que sus ojos me miran suplicantes por algo que no entiendo hace que siga empeñado en quitarle la máscara de tía imposible.

—¿Qué pasa, cariño? ¿Ya no tienes ganas de seguir siendo una contestona de mierda? —Tuerzo el cuello hacia un lado y mi pulgar va directo hacia esos finos labios color cereza—. Vamos, vuelve a llamarme vulgar o a decir cualquiera de tus genialidades.

No puede, está petrificada, solo me mira y respira de forma agitada. Arrastro el pulgar por su labio inferior, manchándole la barbilla de maquillaje. Me fascina como queda este color sobre su piel y amaría verlo en mi polla.

Joder, con ella sí que funciona, y tanto.

—Parece ser que me voy a encariñar mucho contigo.

—¿Por qué? —consigue balbucear, y es un secreto que no pienso contarle a nadie. Ni siquiera Sean sabrá esto.

—Cuando me des las gracias de forma educada por la cita de hoy, quizá te responda.

Su frente se llena de arruguitas y, como una niña pequeña, baja esa mirada enfadada hacia sus pies. Aprieta y afloja sus puños, que permanecen a cada lado de sus caderas. No se atreve a tocarme ni da indicios de querer algo más. Empiezo a cansarme.

Retiro mi mano de su tez, acercando un poco mi boca a la suya. No se retira, no se queja, no hace nada. En cambio, su corazón parece que va a explotar.

¿Por qué está tan nerviosa por un puñetero beso?

Acorto la distancia, más y más, estando tan cerca que la siento respirar contra mis labios, y oigo como suelta un pequeño gimoteo que, lejos de preocuparme, me vuelve exhaustivamente loco.

Lo desea, tanto como yo.

Y si quiere hacerse la difícil, entonces tal vez deba darle de su propia medicina.

Muevo el cuello hacia un lateral y mis labios dejan un pequeño beso en la comisura de los suyos, no llegando a besarlos por completo.

—Que nadie te toque, Anastasia, o dejaré de ser el chico simpático y bromista que crees que conoces.

Se estremece bajo mi pecho, aprisionada contra la pared del edificio, toda su columna es sacudida por un escalofrío, aunque no pienso hacer nada más por hoy.

Ha sido suficiente.

Quiero que ella se me tire a los brazos y me suplique tener algo más. Quiero verla arrastrándose por mí como si fuese la misma Paula. Quiero que me ruegue atención, porque si hay algo que detesto en este mundo es sentirme rechazado, y ella consigue que esa mierda vuelva a surgir en mí.

—Buenas noches, princesita. —Dejo caer mis brazos, abriendo su cárcel.

Ella aprieta con fuerza su bolso y, sin mirar atrás, sale corriendo escaleras arriba.

Esto me produce tal frustración que, sin poder evitarlo, le suelto un puñetazo a la pared con tanta rabia que los nudillos se me llenan de sangre.