Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 15
22%

CAPÍTULO 15

ANASTASIA

Termino de cepillarme el pelo y cuelgo la llamada. Pocas veces he visto a Brit tan desanimada, sabía que acercarse a ese chico no le haría bien, al igual que tampoco me lo hará a mí acercarme a Josh.

Refunfuño, removiéndome sobre la silla de mi escritorio.

No me apetece irme a la cama ni estar en el salón con mis padres viendo la tele.

No soy una chica a la que le guste leer libros, a veces dibujo y me inspiro en maquillajes que practico conmigo misma, pero hoy tampoco es que esté demasiado inspirada.

Me preocupa mi mejor amiga, me preocupa mi situación en Salduva porque no sé hasta cuándo voy a tener que soportar a esos imbéciles, si todo acabará cuando me gradúe o si me los seguiré encontrando y tendré que aguantarlos de por vida.

También me tiene en vilo el hecho de no quitarme a Josh de la cabeza, aunque me relaja saber que es puramente hormonal.

El chico más guapo del mundo ha flirteado conmigo, ya está, es solo eso.

Mi cabeza da vueltas y vueltas como una noria de feria, así que decido coger el teléfono y poner algo de música para maquillarme y luego salir.

Si mamá se enterase de que muchas veces, cuando le digo que voy a salir con Brit a dar un paseo, lo que hago es salir sola, se cabrearía muchísimo conmigo, pero ella no siempre está disponible y yo no tengo más amigas.

Cuando termino de arreglarme, apago la música, me pego el móvil a la oreja y abro la puerta de la habitación. Voy al baño mientras finjo hablar con Brit para que mis padres me escuchen.

—¿Ya estás en la hamburguesería? ¿Derek te acaba de dejar ahí? Genial, ahora voy.

Bloqueo la pantalla, me miro al espejo y resoplo, sintiéndome una loca de mierda.

Mi madre ni pregunta, supongo que da por hecho que su hija nunca estaría tan mal de la cabeza como para inventarse conversaciones y salir sola a comer. Lo normal es que haga esto en todo caso para verme con algún chico, pero no.

—¿Vas a la hamburguesería? —pregunta papá, despegando la vista del televisor para mirarme por encima del respaldo del sillón.

Cookie, mi perrito, suelta un ladrido, pensando que nos vamos de paseo. Me lo llevaría encantada, pero, aunque en esa cafetería esté permitido ir con las macotas, a mamá no le gusta porque piensa que le vamos a dar tonterías para comer y se va a poner malo.

—Sip, en un rato vuelvo. —Cojo mi chaqueta del perchero y me la pongo, intentando evitar el contacto visual. Soy mala mintiendo.

—No llegues después de las once, mañana tienes clase.

—Lo sé —respondo—. Os quiero —me despido con voz entusiasmada.

Cierro y vuelvo a resoplar. Bajo los escalones lentamente.

No sé por qué hago esto, si tampoco es que me haga feliz. Supongo que sentir el aire en la cara y comer algo rico me distrae por un momento de lo diferente que soy respecto a las chicas de mi edad. De lo diferente que es mi vida.

Salgo del edificio y oigo a Cookie ladrar desde arriba, me da pena, pobrecito.

Empiezo a caminar por la acera, viendo los coches pasar. Algunos grupos de chicas toman algo en las terrazas, hablando y riéndose entre ellas, también hay parejas.

Unas repentinas ganas de llorar se me forman en el pecho, pero me recuerdo que tengo unos padres buenos y maravillosos que me quieren muchísimo y debo estar agradecida por ello.

No hay que enfocarse en lo que nos falta, sino en lo que nos queda.

Brit tampoco tiene amigas aparte de mí y su madre es una bruja sin escoba, además de que su padre se fue a vivir la vida, olvidándose de ella. No tengo derecho a quejarme, de verdad que no.

Me acomodo la bufanda alrededor del cuello, el viento sacude mi melena y un olor al que no consigo ponerle nombre, pero que altera todo mi sistema nervioso, hace que no sepa ni para dónde ir.

Ya no sé si iba a cruzar, seguir de frente o girar a la izquierda.

He oído una moto pasar por mi lado, no conozco a ningún motorista con ese olor, así que será casualidad.

Y por fin recuerdo hacia dónde iba, la cafetería en la que sirven mis hamburguesas favoritas, así que me detengo en el semáforo para cruzar por el paso de peatones.

Otra ruidosa moto, igual que la de antes, vuelve. Se detiene y hace rugir el motor. Los bikers son insoportablemente creídos y juro que no los aguanto, jamás entenderé qué les ven las tías.

La luz de los peatones se enciende en verde y comienzo a cruzar. Estoy completamente sola, y ese motorista es el único vehículo parado en la calle. Sigue haciendo ruido y, aunque sé que no es así, juraría que intenta llamar mi atención.

Ese dichoso olor vuelve a mí, mi curiosidad me hace girar el cuello. Veo una moto Kawasaki en color negro y rojo y a su conductor sobre ella con un casco a juego. Este levanta un dedo hacia mí y me hace un gesto: «Ven».

¿Qué? ¿Está loco?

Aprieto el bolso con las dos manos, recordando aliviada que todavía tengo el espray de pimienta que una vez me regaló mi tía Lay.

Mierda. Seguro que quiere robarme el bolso o algo por el estilo. Por ese chándal gris oscuro de niñato, debe ser uno de esos delincuentes que viven por Candem y necesitará algunos dólares para porros.

Le ignoro y termino de cruzar, la moto acelera, saltándose el semáforo y pasando justo por mi lado. El motorista ladea la cabeza para mirarme y sigue su camino. El corazón se me pone a cien y me detengo, sopesando la idea de volver a casa y abortar la misión.

Las rodillas me tiemblan un poco, por dos motivos, porque soy una cobarde absoluta y porque no estoy acostumbrada a tratar con tíos.

Sí, lo mejor es volver a casa.

Justo cuando voy a darme la vuelta, mi teléfono suena, rezo para que sea Brit y así hablar con ella por el camino, se me haría más ameno de esa forma, pero no.

Se trata de alguien completamente inesperado.

Acosador: ¿Dónde vas tan guapa, muñeca?

Vuelvo a quedarme quieta, buscando su coche negro por todas partes.

Espera.

Ese chándal…

Ese cuerpo…

No lo he pensado, pero…

Perfectamente, podría…

Yo: ¿Eres el idiota de la Kawasaki?

Acosador: Sí, soy tu amor platónico de la Kawasaki.

Ruedo los ojos, no importa lo que le diga a este tío, interpreta lo que le da la gana.

Yo: Tío, me has asustado mucho.

Acosador: ¿Te dan miedo los hombres que te desean?

Chillo, enrojeciéndome al instante. Vuelvo a girar sobre mis zapatos porque juro por Dios que siento que me está mirando.

Yo: Que sepas que acabas de arruinarme la noche.

Acosador: Genial, era la intención.

¿Perdona?

Yo: ¿Qué? ¿Pero por qué?

Acosador: Porque si vas sola a estas horas y así de arregladita es porque has quedado con algún tío.

Soy muy celoso, cariño.

¿Cree que voy a ir a verme con un tío? Ay, si supiera.

Me río con una carcajada sonora.

Yo: Ojalá tuviese una cita, pero te equivocas.

Acosador: Eso lo cambia todo. *emoticono de carita feliz*

¿Me ha puesto una carita con ojitos felices?

Yo: ¿Qué diablos cambia el qué?

Las tripas me rugen, y ahora que sé que se trata del demonio de las pecas, no pienso quedarme sin comer. Está mal de la azotea, pero no es un mal chico, me lo demostró en la fiesta, pues supo respetar mis límites y parar cuando se lo dije.

A la mierda, me voy a comer mi hamburguesa.

Vuelvo a girar y emprendo la marcha, caminando más animada. Admito que hablar con él, como mínimo, me entretiene.

Acosador: Porque si no tienes ninguna cita, puedes tenerla conmigo. *emoticonos de corazones*

Otra vez, esas cosquillas tan molestas en la zona baja de mi vientre.

¿Me gustaría? Sí. ¿Me da miedo? Muchísimo. ¿Voy a permitir que sepa que voy sola a comerme una hamburguesa más grande que mi cabeza? Ni hablar.

No le contesto. La última vez que le rechacé, se fue a una habitación para acostarse con dos tías, así que supongo que ahora no será diferente.

Voy a disfrutar de una cena en paz y voy a volver a casa con el estómago contento y feliz. Fin.

Sigo mi camino, sin volver a escuchar esa moto ni volver a oler esa colonia que ahora sé que es suya.

Incluso tiene que oler bien, el maldito. Me da rabia que sea tan perfecto en todo.

¿Perfecto he dicho? Es un niñato de barrio, seguro que no sabe ni escribir bien y los mensajes de texto que me manda se los corrige el móvil.

«Te recuerdo que va a Hallow», me dice mi subconsciente, y aprieto los dientes. Definitivamente, por muy malas pintas que tenga, si va a Hallow, para mi desgracia —pues me pirran los chicos listos—, el capullo es inteligente.

Cuando por fin veo el letrero de la cafetería, siento que el cielo se abre bajo mis pies, pues se me ha hecho eterno y parecía que no iba a llegar nunca.

Maldita sea, la hamburguesa más desesperante de mi vida. Vaya tela.