CAPÍTULO 11
ANASTASIA
Cuando suena la campana, salgo de clase y voy al mismo lugar de siempre en el que me sentaba a desayunar con Brittany. No me gusta pasar por la cafetería, pues siempre está abarrotada de gente y me siento idiota al ser la única que no va ni en grupo ni con al menos una amiga al lado.
Desde que Brit se fue a Hallow, no he vuelto a tener amigas aquí dentro, y es que el miedo a volver a confiar en las personas, sean chicos o chicas, es real.
Rose, la guapísima de Salduva, acompañada de Mara y Lydia, pasa por mi lado. Ya no nos mirábamos siquiera desde que entre Brit y yo le arrancamos varios mechones de pelo, aunque hoy sí que lo hace.
Mi antigua yo apartaba la mirada hacia otro lugar, pero la que soy ahora no tiene miedo de acabar con un ojo morado si, como resultado, ella termina con los dos.
En cuanto desaparece de mi campo de visión, sigo mi camino, directa a las taquillas para irme a comer a la parte trasera del patio, alejada de los que fuman, justo en unos bancos que hay bajo unos árboles.
Alzo la mano para meter la llave en el candado y abrir cuando, de repente, me doy cuenta de que ya está abierta, con el candado roto y un montón de gente a mi alrededor.
Por supuesto, sé quién ha sido.
El hermano de Rose, Peter Williams.
Todas mis cosas están en el suelo. El túper con la pasta que traje de casa ha desaparecido y, en su lugar, hay una nota.
«Deja de comer, vas a explotar».
Está escrito con recortes de letras de revistas, como si fuesen a hacer algo contra ellos… Nunca lo hacen, siempre se salen con la suya.
Sé lo que esperan y hoy no tendrán su parte del show .
No voy a llorar, no voy a enfadarme ni voy a ir corriendo a hablar con la directora. Sinceramente, aunque por dentro sienta como si me acabasen de clavar otro alfiler más en el corazón, ya no duele tanto como al principio.
Me recoloco dos mechones de pelo tras mis orejas y me agacho para recoger mis cosas; eso sí, dejo la nota en el suelo, como si no fuese conmigo.
Ahora tengo la taquilla rota, por lo tanto, no me fío de volver a dejar nada ahí. Decido regresar al aula para meter todas mis cosas en la mochila.
Mientras hago todo esto, intento respirar tranquila, mantener la calma.
Solo son personas idiotas e inmaduras. Este es el último año de clases y se acabó. No volveré a verlos nunca más, así que no pienso darles problemas a mis padres por esto, pidiéndoles que me cambien de instituto ni nada por el estilo.
Siento que irme es dejarles ganar, y si no hui cuando Brit se fue, no tiene sentido hacerlo ahora.
Saco un billete de cinco dólares del bolsillo de mi chaqueta y regreso al pasillo para ir a la cafetería.
No voy a quedarme sin comer. No voy a salir corriendo a encerrarme en el baño para llorar. Tomaré el almuerzo, como siempre, donde siempre.
Un mensaje resalta en mi pantalla mientras hago cola. Mi corazón se sobresalta por si acaso se trata de ese tío tan raro.
Y tan guapo.
Ana, no. No es guapo, solo raro.
Se trata de Brit, a menudo se acuerda de escribirme a la hora del almuerzo. Así, aunque estemos separadas, comemos juntas.
Hoy, por la forma en que me saluda, parece que esta mañana tampoco ha ido del todo bien para ella.
Me preocupo tanto que se me cierra el estómago, paso de la cafetería y me voy directa a sentarme para llamarla por teléfono y saber qué le pasa.