CAPÍTULO 10
JOSH
He llegado vivito y coleando. Ver a Sean siempre me hace feliz, y casi echarle el coche encima a Stephan, también.
Vuelvo a estar de puta madre, solo ha sido un susto de nada. No volveré a sentirme así, claro que no.
—¿Estás haciendo una especie de meditación reiki o algo así?
—Miro a mi colega, que sigue con la vista perdida en la nada.
Y no me extraña, con todo lo que tiene encima no es para menos.
Necesito ayudarle, hacer que piense en otras cosas más alegres—.
¿O solo quieres ver cómo le queda la faldita a tu novia?
Su ceño se frunce y la nuez se le mueve al tragar saliva.
—No vuelvas a decir eso ni de puta broma —me advierte con los ojos fuera de órbita. Ahora soy yo el que traga saliva, porque me desespera verle así. Mi madre está mal. Sean está mal. Mary está mal. Yo estoy mal. El mundo es una mierda y así no hay quien sea positivo, joder—. Bah, me piro.
Tira la colilla al suelo y la pisa, yo miro el cigarro pisoteado cuando justamente aparece Brit bajando del autobús. Creo que era todo lo que quería, verla llegar.
—¿Qué pasó ayer? Te vi subir y ella subió poco después, estuve toda la noche esperando a que me contaras novedades —miento, porque, siendo sincero, creo que tuve mi primera recaída después de dejar el tratamiento y la cabeza no me dejó pensar en nada que no fuesen las mierdas del pasado.
Igualmente, no voy a molestar a mi colega con mis problemas, pues pensaría que soy una puta niña llorona ya que mis porquerías no son nada comparadas a las suyas.
Y eso hace que me sienta peor todavía. ¿Por qué no puedo ser como él?
¿Por qué tengo que darle tantas vueltas a todo?
Estoy hasta la polla de mi puta sensiblería.
Cuando vuelvo al momento presente, me doy cuenta de que todo el mundo tiene los ojos puestos tanto en Sean como en Brit. Efectivamente, Hallow entero cree que se han acostado.
—No pasó nada, tío. Me dolía la cabeza por la música, subí a fumar, ella me pidió que la llevase a casa y eso hice, luego me fui a dormir la mona.
Niego con la cabeza. Menuda decepción de noche. Al parecer, no le fue mucho mejor que a mí, y no es que me consuele en absoluto. Esperaba escuchar algo bueno, pero, no, parece que nos han puesto dos velas negras.
—Qué triste tu historia, colega —respondo para picarle un poco. Esperando que me pregunte qué tal me ha ido a mí para así poder desahogarme un poco.
No quiero darle la tabarra, aunque si él pregunta, entonces puedo contárselo, ¿no?
Sin embargo, se mantiene sumergido en sus pensamientos, como si estuviese luchando en una guerra interna.
Yo decido meterme las manos en los bolsillos y caminar a su lado.
La verdad, no podría soportar la presión de saber que mi madre se va a ir.
No sé de dónde saca las fuerzas, pero le admiro mucho.
En cuanto llegamos al pasillo principal, el director de Hallow le espera con los brazos cruzados.
Uf, lo que faltaba.
—Suerte —le deseo, adormilado perdido, dándole una palmadita en la espalda—. Te veo luego, ¿eh?
—Sí, luego nos vemos.
Subo los escalones de dos en dos, yendo directo al aula. Con suerte, estaré todo el día distraído con las musarañas y la mañana se me pasará rápido. Lo único bueno que tengo: aprobar sin estudiar ni prestar atención.
Cuando suspendía alguna vez de pequeño, lo hacía adrede, digamos que era una forma de pedir ayuda sin ser siquiera consciente.
Al doblar la esquina, choco de bruces con una chica que siento que me estaba esperando.
Paula.
—Josh, estoy cansada de esto.
¿De qué está cansada? ¿Qué se supone que es «esto»? ¿Y por qué me lo cuenta a mí?
—¿Eh? —gimoteo, frotándome la sien.
Tengo sueño, tía.
—Que estoy harta de que me busques y luego, de repente, te comportes como un gilipollas.
Ah, se refiere a eso.
—Paula, yo siempre soy un gilipollas.
Mi sincera respuesta logra un efecto analgésico inmediato, logrando que se le bajen los humos al instante y se le escape una disimulada sonrisa.
—Te quiero —musita, y los pelos de la coronilla se me ponen de punta.
Odio que diga eso.
—Sabes que lo nuestro no es…
Puedo ser muchas cosas, aunque jugar con los sentimientos de las personas es algo que nunca haría. La sinceridad la llevo por delante a todas partes, siempre.
Además, el motivo por el que siempre repito con ella es asqueroso, digamos que se basa en una sola palabra: rencor.
—Lo sé, pero te sigo queriendo.
Con las manos todavía en los bolsillos del pantalón del uniforme, dejo la cabeza caer hacia atrás. Me pesa, muchísimo. Ella juguetea con mi corbata entre sus dedos.
No me he follado a ninguna chica en Hallow que no sea ella y eso le ha dado una falsa sensación de relación.
—Paula, ayer estuve con dos. A la vez.
Se lo cuento para que se baje de esa montaña rusa. Es mi forma de contestar a sus «te quiero» y darle una bofetada de realidad.
Y hablando de realidades, no llegué a estar con ninguna, pero porque algo en mí no iba bien. No sé qué cojones me pasaba.
Ella suelta mi corbata, da un paso hacia atrás, resopla y, asesinándome con la mirada, se da media vuelta y desaparece. Yo sigo caminando por el pasillo, en dirección contraria en la que ella se ha ido. Como Sean no aparece, entro al aula.
—¿Y tu alma gemela? —pregunta la profesora de Mates, y no puedo evitar hacerle un ligero repaso.
La mujer ya tendrá casi sus cuarenta, aun así, es tela de guapa y tiene un cuerpo de esos que me gustan.
—Qué bonita su falda, profe.
—Josh —me advierte.
—Con el director —respondo, amargado de la vida.
Me dejo caer sobre la silla y, cuando la profesora se da la vuelta para escribir algo en la pizarra, le miro el culo, dándome cuenta de que me sigue pareciendo bonito, aunque ya no me causa la misma fascinación de antes.
¿Qué diablos me está pasando?