Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

JOSH

Las pesadillas no se van, despierto, doy vueltas en la cama, y al final me duermo regresando a ese mundo en el que todo es un bucle que gira sin sentido. Yo mismo, no tengo sentido alguno.

El sentimiento de preferir no haber nacido se queda conmigo hasta que la alarma del móvil suena y es hora de ir a Hallow.

Me levanto torpemente, a oscuras, buscando el uniforme entre la penumbra. Unos débiles rayos de sol se cuelan por las hendiduras de la persiana casi cerrada. La oscuridad me crea una sensación de asfixia. Necesito luz, necesito aire y necesito ver la calle.

Le doy al interruptor, abro la ventana y subo la persiana. Respiro profundo, viendo al vecino salir de la casa de al lado. Tiene mi edad y ya es toda una eminencia deportiva. Saludable, limpio de drogas, con un futuro brillante y unos padres orgullosos.

Me descubro a mí mismo queriendo ser él, preguntándome por qué no me gustaron más los deportes que los videojuegos y así un largo etc.

Cuestionar mi personalidad es uno de mis quebraderos de cabeza diarios.

Perdido en mis pensamientos, me he puesto la corbata y el resto del uniforme en modo automático, corro el pestillo con rabia y cierro la puerta de la habitación para ir a Hallow.

Mi padre ya se ha ido al trabajo, suele salir unos veinte minutos antes de que yo me despierte y mamá ya está liada con la limpieza.

Sabe que nunca desayuno por las mañanas, así que ya no insiste en preparar nada. Me suele entrar el hambre más bien a mediodía.

Normalmente, a esta hora, siento una descarga de energía, pensando en tirarme a Paula en cualquier rincón de Hallow, conocer a alguna chica nueva, jugar al Counter Strike cuando regrese del insti y, sobre todo, ver a Sean.

Pero hoy todo es gris, como en mi habitación antes de encender la luz. Me siento sumergido en una absoluta oscuridad y mentiría si dijese que no me da miedo, porque ya he estado en este lugar y se siente como el infierno.

—¿No te lavas la cara ni te cepillas los dientes? —Zahra se asoma por el pasillo al verme coger el casco de la moto.

Hostias, tiene razón.

Me rasco la nuca y subo las escaleras para ir al baño, ella me sigue.

Cierro la puerta a pesar de no hacerlo ninguna mañana, porque me siento observado y sé que ella intuye que no estoy bien.

Cuando me paso una toalla por la cara, abro y le sonrío de forma forzada.

—Joshi.

—Estoy bien —respondo, corriendo hacia la puerta como si el diablo quisiese llevarse mi alma.

—Cariño, si te sientes un poco… «raro», podemos hablarlo, el doctor dijo que…

—Estoy bien —repito de forma automática, pues llevo cuatro años sin pisar un centro de salud mental y me niego a volver.

No quiero medicarme, no quiero tener que hablar de mis mierdas con un desconocido, no soy un enfermo mental. Estoy bien, joder.

Solo tengo días buenos y malos, como cualquier persona normal. ¿No?

Me pongo el casco, subo a la moto y arranco.

Sigo con esa sensación de vacío instaurada en el pecho. Niego con la cabeza, no pasa nada, solo es por pasar una mala noche. Conforme el día avance, se me pasará.

Salgo de la calle de mi barrio, doblando la esquina y mis ojos se van hacia una farola.

Solo ha sido un pensamiento intrusivo. Todo el mundo los tiene.

Acelero un poco más y, de nuevo, ahora se van hacia un camión que viene de frente.

Sería muy fácil girar un poco el manillar y acabar con todo esto.

Con tener que ver a mi madre infeliz. Con seguir siendo el hijo decepcionante de mi padre. Con cuestionar cada día quién soy y qué coño hago aquí. Con buscar el afecto que me faltó de niño en cada tía que se me cruza por delante y… no encontrarlo en ninguna.

Solo un giro, unos segundos y ya, adiós sufrimiento.

El pecho se me agarrota y pienso en cómo quedaría mi cuerpo si lo hiciera, en lo que sería de Zahra y en la traición que esto supondría para mi mejor amigo. Soy de las pocas cosas que le quedan.

Giro el manillar hacia el lado contrario, subiéndome en la acera. Una señora mayor me grita que estoy loco y no sabe cuánta razón tiene.

Joder, ¿qué me está pasando?

Me detengo, me saco el casco de la cabeza y entro rápidamente en el veinticuatro horas para coger una botella de agua y unas chuches.

Nada más pagar, regreso junto a la moto, bebo varios sorbos de agua y masco unos chicles de menta. La menta siempre mejora mi estado de ánimo.

Con el casco colgando del brazo, decido empujar la moto y llevarla a pie hasta casa. No pienso subir otra vez.

Hoy tocará ir en coche a Hallow. No me asegurará que no vaya a hacer ninguna tontería, pero, al menos, me siento más seguro. Puedo ir comiendo cosas, bebiendo algo y escuchando música.

«Un solo pensamiento más así, Josh, y vamos al médico, ¿eh?», me intento convencer a mí mismo, aunque sé que soy un mentiroso de mierda.