Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

JOSH

Acaricio el piercing metálico que tengo en la punta del nabo y me corro como todo un campeón pensando en doña Difícil.

—Joder, esto sí —celebro para mis adentros, pues ya estaba acojonado de que mi polla se hubiese roto.

Ahí sí que iban a volver los pensamientos suicidas, pero los de verdad.

Limpio el desastre que he hecho con servilletas, me subo el pantalón del chándal y voy dando tumbos hasta el baño.

Son las cuatro de la madrugada y mis padres están discutiendo otra vez.

Zahra sale de la habitación, dando un portazo, tiene los ojos rojos y se va directa a la cocina.

Mierda.

Termino de tirar las servilletas por el váter y me lavo bien las manos, cansado de que en esta casa nunca pueda haber un ambiente feliz, y todo por culpa de mi puñetero padre.

A veces, desearía que desapareciese como el de Sean.

Quizá pasaríamos penurias al no contar con su sueldo, pero seríamos más felices, eso seguro.

Voy derechito a mi habitación, saco algo de dinero que escondo dentro de las carátulas vacías de los videojuegos de consola que me regalaban de niño.

El recuerdo de mi padre, aplastando mi primera Play Station con su brillante zapato de empresario y partiendo todos los discos por la mitad, regresa a mi mente.

Era un niño de apenas once años, pero desde ese momento —o quizá antes— le llevo odiando muchísimo.

No volví a tener otra consola hasta que empecé a ganar dinero por mí mismo y me la compré. Sin embargo, me iba al cíber con Sean a jugar al Counter Strike hasta que pudimos pillarnos nuestros propios ordenadores.

Al igual que Sean, yo también empecé a trabajar pronto. Lo mío era hacer cositas básicas, desde piratear videojuegos hasta formatear algún pc, instalarle cualquier programa… En fin, nimiedades que me daban algo de pasta, pero poca.

Y luego nos metimos a currar para Anthony.

Por supuesto, mi madre cree que me sigo ganando la vida con lo mismo, y la verdad es que podría porque ahora soy una máquina de la informática, es solo que no pienso dejar a mi colega solo en la delincuencia.

Me pondría muy celoso si compartiese celda con otro que no fuese yo.

Ni hablar.

Me guardo el fajo de billetes en el bolsillo del chándal —odio los pijamas y siempre uso el chándal más viejo que tengo para dormir— y bajo las escaleras, descalzo, totalmente despeinado y sin camiseta.

Siempre que puedo voy semidesnudo por casa, para recordarle a mi padre que ya no soy el niño gordo del que se avergonzaba y que, ahora, yo tengo abdominales y él una gran panza.

—¿Qué pasa, guapa? —saludo a mi madre, que está sentada en la silla mirando un montón de comida que hay sobre la mesa.

La abrazo por detrás y le doy un beso en la mejilla, enseñándole el dinerito.

—¿Sabes quién se va a comprar un bolso nuevo?

—Josh, cielo, no es necesario.

Ya empieza.

—Que sí, joder, o ve a la peluquería, lo que tú quieras.

—Cariño, el dinero no es problema, tu padre gana bien.

—Ya, pero a ti solo te da lo justo y lo necesario, en vez de tratarte como la reina que eres.

Ella rueda los ojos y le meto el dinero en el bolsillo del delantal que tiene colgado en la puerta de las especias.

Que mañana se lo gaste en lo que quiera.

—Vete a dormir, que es tarde —dice, y sonríe, aunque sea de forma superficial y sin ganas, volviendo a mirar lo que hay sobre la mesa. Resignada, resopla.

Arrastro la silla con cuidado y me siento junto a ella.

Mi ceño se frunce al ver un chorizo ibérico, caña de lomo, jamón serrano, salchichón…

—¿Por qué hay cerdo en nuestra casa? —pregunto, presintiendo que no me va a gustar lo que voy a escuchar.

Nunca he probado un solo trozo de esa carne porque sé lo que significa para mi madre. En nuestra casa no entra cerdo, jamás. Una vez fui con mi padre a desayunar, íbamos con un compañero suyo de trabajo y su hijo. Nos pidieron un sándwich mixto para cada uno, y me negué a comérmelo por el jamón.

Por eso me destrozó la consola cuando llegamos a casa.

A mi padre le gusta mi madre porque es jodidamente guapa, buena mujer, trabajadora, entregada a su familia y no sale por ahí sola ni gasta dinero. El sueño de todo hombre machista, claro, pero ¿respetar sus costumbres? Eso ya ni hablar, ¿eh?

—¿Tu marido ha comprado eso? —señalo, y ella se ríe por el hecho de que no le llame papá.

—Cuando estabas fuera, vinieron unos amigos de su trabajo, los españoles.

Ruedo los ojos y me dejo escurrir por la silla.

—Han llegado de vacaciones de su país y nos han traído estos regalos. Ellos saben que yo no como cerdo, pero aun así…

La gente no entiende que no se trata de no comerlo y ya está, para las personas como mamá es insoportable incluso tenerlo bajo su mismo techo.

Bueno, si mi padre no sabe darle su sitio, pues yo sí.

Me levanto de la silla, cogiendo una bolsa para meterlo todo dentro.

—¡Josh! ¡Para! ¡Se enfadará mucho!

—¿Y qué hará? ¿Romperme la consola de nuevo? ¿El ordenador? Antes le parto yo las piernas.

Zahra ahoga un grito y me pellizca, enfadada porque hable así de mi propio padre.

Me da igual cuántos pellizcos y tirones de orejas me dé, a mi madre se lo consiento todo, pero a ese gilipollas no le dejo pasar ni una.

Si no le gusta vivir en esta casa, que se largue, yo puedo mantener a mi madre.

El susodicho aparece con su particular cara de hastío por la vida. Recoloca sus gafas de culo de botella sobre el puente de la nariz y me mira con una amabilidad fingida.

—Hijo, deja eso…

Desde que he crecido, desde que he decidido estudiar la carrera de ingeniero informático, desde que no voy a psicólogos y no soy un niño gordo, mi padre se comporta como si siempre hubiésemos sido la familia perfecta.

—Joshi, déjalo —insiste mamá.

Meto el último chorizo en la bolsa y agarro las llaves del coche de mi padre.

—Si quieres comer cerdo —le advierto con el dedo clavado en el centro de su pecho, por encima de su pijama gris de franela—, te lo comes fuera de esta casa, ¿te queda claro?

Abro la puerta y cierro con mala leche, dándome igual despertar a los vecinos. Bajo hasta el garaje en el que está el coche y le meto la bolsa en el maletero.

Este tío no se vuelve a reír de mi madre, por mis putos cojones que no.