CAPÍTULO 7
ANASTASIA
Estoy a punto de llegar a casa y ese pirado no ha dejado de seguir al taxi, con el morro del coche pegado al culo de este vehículo.
No sé si emocionarme, preocuparme o llamar a la policía.
Por favor, que alguien me dé un manual sobre cómo lidiar con tíos tóxicos.
Porque mi corta experiencia me dice que lo es.
¿He dicho corta? Inexistente, más bien.
—¿Seguro que quieres bajar aquí? —El taxista me mira con lástima y yo suspiro, a él también le preocupa este infeliz.
—Solo es un idiota —aclaro, y él asiente en silencio sin estar convencido—. Si mañana aparezco muerta en el telediario, denúnciele por mí.
A duras penas, el conductor traga saliva, moviéndosele la nuez en el cuello. Pago lo que debo y desciendo del vehículo, el coche de Josh se coloca en su aparcamiento en cuanto se va.
—De nada, preciosa.
¿Eh?
Me cruzo de brazos para intentar controlar los nervios. Estoy tan histérica que no sé cómo mover las extremidades de mi cuerpo.
—¿De qué hablas?
—Te he traído a casa.
Un momento… ¿qué?
Se saca un billete de veinte libras del pantalón vaquero y me lo entrega.
No lo cojo, pero continúa insistiendo.
—¿Por qué me das dinero?
—Mientras seas mi chica, yo pagaré tus cosas.
No, no, no, no. Esto no puede ser real. Me pellizco porque ya me ha pasado alguna vez que he tenido novios guapísimos y, de repente, despertaba sola en mi cama. Solo eran un sueño.
—Josh, deja de decir eso.
No porque me moleste, sino porque uno: me lo puedo llegar a creer, y dos: mis padres viven justo aquí y si me ven cerca de este delincuente, tendré problemas.
—Pues coge los veinte pavos.
—No.
—Empezaré a gritar.
No será capaz…
—Uno…
Le hago una señal para que se calle.
—Dos…
Ay, mierda.
—Tres.
Veo como el desgraciado toma aire y se llena los pulmones. Va a hacerlo, y tanto que sí.
Tiro rápidamente del billete y me lo guardo dentro del sujetador, le pillo mirándome a la vez que se muerde labio inferior.
Me sonrojo otra vez y, de nuevo, ese ardor en el vientre.
—Pues nada, ya estás sana y salva, entra en casa.
Ah, bueno, ahora con exigencias.
—No pienso entrar hasta que te vayas —le aclaro, y me echo mi larga coleta morena detrás de la espalda. Otra vez se muerde el labio, sin embargo, esta vez con más disimulo.
No sé si son imaginaciones mías, pero el bulto de su entrepierna parece que ha doblado el tamaño.
Por Dios, Ana, ¿qué haces mirando eso?
—¿Y eso por qué?
Mierda, ¿es que lo tiene que preguntar todo?
—Porque no quiero que sepas dónde vivo, obvio.
Esos hoyuelos se hacen más visibles y los ojos le brillan con una chispa de maldad.
—¿Sabes? No es la primera vez que paso una noche en un coche.
Río, porque es idiota si cree que voy a caer en su farol.
—No te quedarás aquí esperando a que entre.
—¿Que no?
Se quita el cinturón, baja y abre el maletero, sacando una almohada, una manta de pelo con… ¿ovejitas? y unas zapatillas de estar por casa.
No sé por qué guarda eso en el maletero de su coche, pero ya he tenido suficiente.
—Está bien, joder, subo a casa.
Me giro e introduzco la llave para abrir, él cierra el maletero, se apoya en el coche y se enciende un cigarro.
—Ya me estoy yendo, ¿por qué no te vas tú también? —me exaspero antes de cerrar la puerta del edificio.
—Estoy aprovechando hasta el último segundo para mirarte, cariño —responde, dejando salir el humo lentamente de entre sus labios.
Mi sexo humedece toda la zona que hay entre mis piernas y decido que se acabó, cierro de un portazo y subo las escaleras de dos en dos.
Está mal de la cabeza, al cien por cien.