Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

JOSH

Tengo a una chica preciosa, completamente desnuda, sentada sobre mí, lamiendo las líneas que marcan mis abdominales mientras la otra sigue intentando meterme la lengua hasta la campanilla.

Toco las tetas de una. Nada. Toco las tetas de la otra. Tampoco nada.

Me frustro porque es la primera vez que me sucede.

Nunca he necesitado que una mujer sea del todo mi tipo para que se me ponga dura, además de que siempre intento no juzgar a las personas por su físico.

Igual que me jodía que me despreciaran por ser demasiado gordo de pequeño, a mí no me gusta rechazar a una chica porque quizá esté un poco más delgada de lo que me gusta.

Ella tira de la cremallera para bajarme la bragueta del pantalón, dándose cuenta de que aún no estoy duro. Me mira con dudas, veo cierta culpabilidad en sus ojos, como si el problema fuese que no es lo suficiente atractiva.

—Déjame a mí —dice la otra, apartándola para colocarse en su lugar. Pero yo ya sé que esto no va a funcionar.

Inspiro para relajarme, apartar las mierdas que azotan mi mente, beso con ganas a una de ellas y le agarro el culo.

No.

Acaricio su sexo húmedo, muerdo uno de sus pezones y la penetro con dos dedos.

No.

Niego con la cabeza mientras decido levantarme de la cama, me subo la bragueta y me pongo la sudadera.

—Lo siento, hoy no…

—¿Qué te pasa, Joshi?

Se sienten mal y, joder, no me extraña, les acabo de hacer un feo. Pero de verdad que no es lo que pretendo.

—Me he pasado con el cannabis, disculpadme —justifico mi cagada, saliendo de allí a toda prisa para volver abajo.

La cabeza me da vueltas y vueltas. Cuando fui consciente de que los antidepresivos te pueden bajar la libido y producir disfunción eréctil, hice todo lo posible por dejarlos. Tanto que me arriesgué a una recaída y mentí diciendo que estaba bien cuando no era verdad.

Follo todo lo que puedo, con todo lo que se mueve, para asegurarme de que ese efecto secundario nunca recaerá sobre mí y, hasta ahora, no he tenido ningún problema respecto al tema.

«No puede ser, con la prima de Charlie se me puso durísima solo con verla», me digo.

Sí, es verdad.

Entonces, ¿qué me pasa?

La busco porque, aunque me haya dejado claro que no le intereso, necesito volver a mirarla y volver a sentir esa locura en mis hormonas.

No está por ninguna parte.

La mandíbula se me tensa solo de pensar que se encuentra arriba con otro, y ese sentimiento no me gusta ni un pelo. Llevo mal los rechazos y esta tía es la primera que me da calabazas desde que me encoñé de verdad por una niña siendo un crío.

Supongo que solo quiero tirármela para reforzar mi autoestima y luego que me siga ignorando si quiere.

Me atrevo a hacer lo que no he hecho por ninguna, subir a buscarla. Pero no, no hay rastro de ella por ningún lado.

Bajo de nuevo y voy a por Charlie.

Sean y Brit ya se han pirado; sin embargo, la ha llevado en la moto, así que Ana no ha podido ir con ellos.

—Eh, ¿dónde está tu prima? —Le pego un puñetazo flojo en el hombro para que me haga caso. Está de pitorreo con la misma que se acaba de tirar hace media hora.

¿Quién sigue perdiendo el tiempo con una tía con la que ya se ha acostado?

—Eh… —Se rasca la cabeza, mirando hacia todas partes para buscarla—, ni idea.

Mierda.

—Dame tu móvil, quiero saber si está bien.

—Tío, Ana es muy prudente, habrá pedido un taxi para volver.

Ruedo los ojos y se lo mango antes de que pueda reaccionar. Si algún día dejo los estudios, me dedicaré a robar a los ricos para dárselo a los pobres.

—¡Pero serás! ¡Devuélveme eso, cabrón!

—¡Dame el número de tu prima o lo meto en el puto váter y me cago encima!

Resignado, me dice el patrón de desbloqueo y pillo el teléfono de Anastasia antes de devolvérselo, dejándole tranquilo en su luna de miel.

Salgo de la fiesta con un terrible dolor de cabeza, subo al coche y marco el número.

No tarda ni dos tonos en responder.

—¿Hola? ¿Quién es?

Se escucha un montón de viento, así que ni está en un coche ni ha llegado a casa.

—¿Dónde estás?

—¿Tú?

—No respondas a mi pregunta con otra pregunta.

—Yo pregunté primero.

Otra vez, esa maldita tensión en la mandíbula.

«Ana es muy prudente, habrá pedido un taxi para volver».

Hoy dudo que haya muchos taxis libres, así que me juego el cuello a que, cansada de esperar, ha ido caminando hasta la parada. Giro el volante de forma un poco brusca y piso el acelerador a fondo.

No sé por qué mierda me tomo tantas molestias con esta tía. Supongo que se debe a que soy una maldita hormona con patas y ella tiene el mejor cuerpo que he visto en mi puta vida.

Necesito follármela. Me la camelaré, como sea.

—Genial, pues soy yo, el acosador de tus sueños, ahora te toca responder.

—Dijiste que no eras un baboso.

—Baboso y acosador no son lo mismo.

Los faros del coche alumbran la parada de taxis y ahí está. Abrazada a sí misma, a oscuras y muerta de frío.

Menos mal que era prudente y sabía cuidarse sola…

Nota mental: darle una hostia a Charlie por pasar de ella.

Freno a su lado, bajo la ventanilla y saco la cabeza.

—Acaban de decir por las noticias que hay un asesino superloco que va matando tías por ahí. Sobre todo, las que están solas en paradas de taxis.

Una de sus cejas se alza y una sonrisa de idiota se me pinta de inmediato en la cara.

—¿Ya te has cansado de esas dos? —inquiere.

Anda, así que se ha dado cuenta.

—Para no ser tu tipo, bien que me vigilas, princesita.

Se atraganta con sus palabras y se abriga todavía más con sus propios brazos. Tengo ganas de bajarme y ponerle mi sudadera por encima, pero siento que, si hago eso, empezará a gritar y saldrá corriendo.

De verdad, me mira como si fuese algo maligno.

—¿Subes o no?

Sus ojos me dicen que se muere por hacerlo, sin embargo, evita mi mirada y niega.

—Te saldrá gratis, a estas horas los taxis son caros —insisto.

Sigue evitándome.

Se encoge de hombros.

—¿Y si viene el asesino? ¿Quién te ayudará? He oído que le gusta asfixiar a las víctimas con…

—¡Vale, joder! ¡Ya subo!

Cuando está a punto de subirse y ya puedo saborear mi triunfo, un taxi llega a la parada.

El estómago se me cierra, imaginando el cabreo que pillaría si se diese la vuelta y me dejase aquí tirado.

Nah, es una niña buena de papá y de mamá, no hará algo así.

Que, por cierto, siempre he salido con chicas con bastante calle y reconozco que me muero de la intriga por probar a una santa.

Enciendo la calefacción para que esté a gusto y se le quite el frío, como la puerta todavía no se abre, miro al frente para ver qué cojones pasa y la cara se me desfigura al verla subir al taxi.

¿Qué? ¿En serio?

Automáticamente, la llamo.

Corta la llamada.

¡Será cabrona!

Un mensaje con su número resplandece en la pantalla.

Anastasia: Vuelve con tus chicas a la fiesta. Yo puedo cuidarme sola.

El ceño se me frunce y todas mis neuronas sufren un cortocircuito a la vez. Me ha rechazado las suficientes veces como para pillar que no le intereso, pero he estado con demasiadas tías como para no saber a la perfección que está celosa.

Creo que, por primera vez, me he cruzado con una de esas a las que llaman «difíciles». Pensaba que no existían, no para mí al menos, aunque ya veo que sí.

Una sonrisa tontorrona se me dibuja al instante en la cara.

Yo: Tú eres mi única chica, muñeca.