Josh (Límites Prohibidos 3) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

JOSH

He llamado a Sean diecisiete veces seguidas y no contesta.

Estoy a punto de escribirle para decirle que la rubia de sus sueños estará en la fiesta, pero si mi colega no contesta a una de mis llamadas es porque o está conduciendo o está jodido de la hostia.

Y no creo que esté en la carretera ahora mismo, ya que me dijo que no iba a salir.

Mierda.

Vuelvo a sentirme culpable por no estar con él, aunque ¿qué puedo hacer? Si cuando se pone así, siempre se aísla como un maldito náufrago.

El semáforo se pone en rojo, miro hacia un lado y otro. Ni vienen coches ni hay poli cerca. Me lo salto.

La carita preciosa de esa tía que acabo de conocer, la tal Anastasia, vuelve a mi cabeza y el malestar se disipa un poco.

Así que esa es la famosa amiga de Brit de la que Sean me habló el otro día…

Está mucho más buena de lo que imaginaba, joder. Me tengo que acostar con ella, sí o sí. No podré respirar ni dormir tranquilo o ser feliz hasta que lo haga.

Cuando llego a esa urbanización de pijos con pasta, me paro frente a la casa y marco el número de Brittany.

No tarda demasiado en contestar.

—¿Hola? —Su voz parece triste y algo ansiosa.

Le gastaré una bromilla para que se alegre.

—Servicio de comida a domicilio, puede salir fuera.

Se ríe y me siento satisfecho de, al menos, ser bueno en algo. Es lo único que se me da bien, hacer reír a la gente.

—No he pedido nada para comer —me sigue el rollo.

—Claro, encanto, porque la comida eres tú.

Y sé de cierto ruso que tiene bastante hambre de ti.

—Disculpa, no sé quién eres ni cómo has conseguido mi número.

Ahora se ha puesto un pelín más seria. No le gusta que cualquiera le tire los tejos. Aprobadisíma de novia para mi colega. Tiene mi bendición.

—Me ha mandado tu mejor amiga a recogerte, está ayudando a Charlie a prepararlo todo en la fiesta. Soy Josh, por cierto; para las novias de mis amigos, Joshi.

Porque esta ya es para Sean, sí o sí.

—Hola, Josh —saluda con voz cantarina—. Dame dos minutos y bajo.

—Para las novias de mis amigos, Joshi, he dicho. —Me enciendo el cigarro, dando una calada mientras admiro la pedazo de mansión en la que vive esta gente. Tengo ganas de robarles un gnomo del jardín o algo—.Y tranquila, tómate el tiempo que quieras.

—¡Yo no tengo novio, Josh! —replica como un chihuahua cabreado.

—Oh, sí que lo tienes, pero aún no lo sabéis. Ni tú ni él.

La llamada se corta y sigo fumándome el cigarrito, maldiciendo que mi colega no quiera venir. Será tonto…, quedarse en casa encerrado solo hace que todo lo malo sea aún más malo. Si ya lo sabré yo por experiencia.

El coche del director de Hallow, Vladimir Kiev, aparece por detrás del mío, aparcando en su porche. Me mira con el ceño fruncido sin entender qué hago aquí. Es como ver a mi mejor amigo, pero mayor y más amargado.

—¡Tranquilo! ¡Que no he robado nada! —Me dejo el cigarro en la boca y alzo las manos, él me fulmina con la mirada y pasa de mi culo.

Todos los Kiev son así de cariñosos. Me siento amado por esta familia.

Unos zapatos de tacón se hacen oír sobre el caminito de piedras que sale desde la puerta de su casa. Se trata de la propia Brit y, aunque no es mi tipo, admito que es la encarnación de la perfección para mi colega.

Tiene mala cara, no sé qué le pasa al mundo entero que parece que las penurias están a la orden del día, así que le lanzo un silbido para sacarla de ese bucle chungo en el que parece estar metida.

—Vaya tela, cómo cambias sin el uniforme. Aunque debo reconocer que, cuando lo llevas, pareces un pastelito recién horneado. —Me hago a un lado y le abro la puerta del coche—. Las novias de mis amigos, primero.

Sin poder evitarlo, vuelve a reírse.

—¿De qué hablas?

Sí, sí, que se siga haciendo la tonta, pero bien que se subió corriendo a su moto para que la llevase con su amiguita.

Le gusta Sean tanto como ella a él, a mí que no me la intente colar.

Me guardo el mechero en el bolsillo, agradeciendo mi sudadera de chándal supercalentita y cómoda, porque hace un frío para empezar a cagar helados.

Subo al coche y pongo la calefacción.

Ella me mira y me mira, aunque no dice nada. Yo conduzco y conduzco, poniéndome nervioso porque odio el silencio.

Cuando nadie habla, me da por pensar, y cuando pienso, me hundo como el puñetero Titanic.

—Tú sabes perfectamente de quién te hablo. —Echo el humo por la ventanilla y le ofrezco una calada, niega con la cabeza y sigo fumando. Vaya, la pija parece que es una santurrona—. Sean. Estáis como tontitos revoloteando el uno alrededor del otro.

Se vuelve a reír, pero esta vez de una forma más nerviosa, podría decir que incluso histérica. Hostia, no estará poseída o algo, ¿no?

—Llevo tres años en Hallow y nunca hemos cruzado media palabra, Josh.

Mentira, porque para discutir alguna que otra vez, sí que se han dicho más de una, dos y tres palabras.

Venga, tengo que seguir metiéndole los dedos en la boca para que escupa cosas que le alegren la vida a mi colega.

—Tres años en los que ha tenido novia. Sean puede ser muchas cosas, pero ¿infiel?, jamás, y eso que no le gustaba esa idiota.

Si la niña es una santa, querrá a un tío que, aparte de guapo, sea bueno, y que Sean me perdone, pero tiene pinta de todo menos de eso, así que le tengo que echar un cable.

—No lo creo, ¿por qué un chico como Sean aguantaría tres años con alguien que no le gusta? Puede tener a la que… a la que quiera.

Hay muchísimas cosas sobre la relación entre esos dos que ella no sabe, y tampoco soy quién para contárselas, por tanto, me hago el loco, dando a entender que no tengo ni idea.

—Es cabezota —escurro el bulto—. Le cuesta mucho decepcionar a una mujer, ya sabes, cosas de rusos.

Se calla unos minutos y apago la colilla en el cenicero del coche, subo un poco la música para evitar el ruido mental. Ese que siempre me recuerda que no soy ni seré lo suficiente bueno en nada. El mismo que me empuja hacia un odio irracional.

—¿Ya has conocido a Anastasia? Mi mejor amiga, la prima de Charlie.

Recordar a esa diosa hace que vuelva a recuperar el ánimo como si acabasen de enchufarme un cargador en el culo.

Pues claro que la recuerdo, si he venido a recogerla por ella.

—Tía, vaya cañón de chica, está que te cagas de buena. —La miro y me muerdo el labio sin poder evitarlo. Acabo de verla hace un rato por primera vez y las ganas que le tengo no son pocas.

Vamos, que podría romperla, básicamente.

Brittany se pone colorada y reviso la calefacción. Tampoco está tan alta, joder. Le bajo dos puntos por si acaso.

—La verdad es que es muy guapa —afirma con la cabeza. ¿Intenta hacerle de celestina y convencerme? No necesita mucho, yo ya estoy dispuesto a todo—. Y es muy buena chica, merece a alguien que la quiera y no le haga daño.

Claro, claro, el amor, el compromiso y todo eso es importante, pero lo que yo necesito saber…

—¿Es virgen?

Sus ojos se abren como platos. Mierda, ni que le acabase de preguntar por la cuenta bancaria de los Stephan.

—¡Joder! ¡Josh! Si no estuvieses conduciendo te daría de hostias, ¡eso no se pregunta!

Madre mía, esta tía chilla como una mandrágora. ¡Que alguien la entierre en el agujero del que ha salido, por favor!

—Y si no lo pregunto, ¿cómo coño voy a saberlo entonces? —Defiendo mi honor y mi inocencia a toda costa.

—Pero… pero… ¡que eso no te importa!

Está loca.

¿Cómo no me va a importar? Es lo que más me importa, de hecho. Tengo que saber en qué punto de experiencia se encuentra para ver cómo tratarla. No se le puede entrar de la misma forma a una virgen que a una chica que es toda una experta, entendedme.

—Cariñito, a todos los tíos nos importa el estado civil del conejo de la tía que nos interesa.

—¿Estado civil del conejo?

—Soltero, divorciado, viudo…

Como me entere de que le gusta alguno aparte de mí, porque es obvio que yo le pongo muchísimo, va a correr sangre.

Llamadme tóxico, sí lo soy, y me da igual.

Brittany se tapa las manos con la cara.

—Por Dios… —dice sonrojada.

Anda, también es religiosa. Bueno, esto es irrelevante para Sean, dudo mucho que ese cabrón crea en algo más que en el vodka con Redbull.

—Amén, mi vida. Pero ¿es virgen o no? Venga, te cuento cómo es el pene de Sean si me lo cuentas.

He dicho pene porque creo que decir polla delante de una cristiana es inapropiado.

Ella se quita el cinturón de seguridad, tirando de la manivela para abrir la puerta del coche y salir corriendo. Menos mal que la tengo cerrada con seguro porque, si no, la muy loca se podría hacer daño.

—¡SOCORRO! ¡AYUDA!

Otra vez, esos malditos gritos.

Pero, tío, si he dicho pene. ¿Quién se puede asustar de esa palabra?

No, no, una cosa es ser santa y otra es ser tonta, a esta la tengo que espabilar.

—Mira, ven, aquí tengo una foto. —Golpeo su codo con el mío y chilla todavía más cuando le pongo la pantalla en la cara y le enseño un pepino igual de grande que los que vende Fátima en su tienda—. Que es broma.

Madre mía con la pija.

Se lleva una mano al corazón, respirando profundo para calmarse.

—Oye, relájate. No quiero que te dé un infarto, que Sean no está aquí para hacerte el boca a boca.

Me mira fijamente, con unos ojos de nuevo tristes. Oh, ¿creía que le vería esta noche?

—¿No le gustan las fiestas?

—Depende del día, ya sabes, curra después de clases y se hace cargo de todo en casa, está cansado. Es entendible.

Sigue con cara de funeral y me da lástima que Sean no aproveche la oportunidad de estar con ella, justo ahora que lo ha dejado con Naomi.

Una vez aparco, bajo para abrirle la puerta y vigilarla, pues no pienso permitir que ningún imbécil se le acerque. La pija es para el ruso y punto.

—¡Apartad! ¡Apartad! ¡Se mira, pero no se toca! ¡Qué cojones! ¡Ni se mira ni se toca!

Me voy abriendo paso entre la multitud, la música techno suena a toda pastilla, lo suficientemente alto para no escuchar mis pensamientos intrusivos. Por eso prefiero estar en cualquier fiesta antes que en casa. Supongo que soy un cobarde por vivir huyendo de mis demonios.

—¿Dónde está Anastasia? —pregunta ella tras mi espalda.

Por supuesto, ya he visualizado a mi nueva obsesión después del cannabis y los videojuegos. Así que no es una pregunta difícil de responder.

—Mi mujer está al fondo, sentada con dos chicas más.

Seguimos avanzando, hasta que dos imbéciles intentan quedarse con Brit. Ella trata de defenderse, tiene carácter, el problema es que su apariencia angelical le resta dureza. No pasa nada, para eso está aquí el mejor amigo de su novio.

—La preciosa tiene dueño, colega. —En cuanto me ve, palidece.

Solo tengo que hacer un gesto inofensivo para que se esfume, como un truquito de magia, así de simple.

Hago como que no me he dado cuenta de que uno de ellos le ha intentado tocar el culo, no me corresponde a mí hacerme el héroe.

Me guardo este detalle para Sean—. ¡Y aquí está!

—Me pongo de rodillas frente a ese bombón de chocolate que se llama Anastasia sin dudarlo.

Mierda, de cerca es mucho más guapa. Pero tela de guapa ¿eh?

—. ¿Necesita algo mi faraona? ¿Otra bebida?

¿La abanico? ¿Le construyo una pirámide?

¿Me meto entre sus piernas y la hago chorrear?

Ok, Josh, no.

Bueno, sí. Pero no. Quiero decir, sí, pero no todavía. Hostias, me he liado.

Pienso que la voy a hacer sonreír, que con esto ya la tendré en el bote, porque, joder, estoy de rodillas. Nunca me he puesto de rodillas por una tía.

Pero, no, lo único que sucede es que me pone una irremediable cara de asco y con un tono de lo más desagradable, murmura:

—Tío, pírate.

¡¿Qué?!

¡¿Me está rechazando?!

Bah, solo se hace la dura porque está acojonada, si huele a miedo desde aquí.

—Eso no entra en las posibilidades que te he comentado, Cleopatra.

—¡Brit! ¿Quién cojones es este loco? —chilla ella haciéndose la idiota, como si no hubiésemos estado tonteando antes de traerle a su amiga. Bueno, yo he tonteado con ella más bien porque, hasta ahora, parecía muda.

Dos tías que hay sentadas al lado, se ríen sin parar, me da la impresión de que es de ella y no tengo ganas de pelearme tan temprano. Mejor la dejo en paz, pero las estaré vigilando por si se pasan.

—Si necesitas algo ya sabes, solo tienes que llamarme —me despido, tirándole un beso que ojalá me dejase darle en algún sitio. Esto de las hormonas y los dieciocho es una odisea.

Miro de nuevo a esas dos, esperando que lo que acabo de decir y mi «mala presencia» les deje claro que, si se pasan, no dudaré en ahogarlas en el barril de cerveza.