CAPÍTULO 1
ANASTASIA
Venir a una fiesta sin mi mejor amiga, definitivamente, es una muy mala idea. Así que me he encerrado en el baño para llamarla un millón de veces hasta que, por fin, me ha dicho que sí.
Ahora solo necesito que alguien vaya a recogerla.
Las chicas se agrupan entre ellas, bailando y tomando algo. Las conozco a casi todas, son del instituto al que voy.
No me llevo mal con ninguna, pero tampoco del todo bien.
—Por favor, Charlie, ve a por ella, me aburro como una ostra.
Y aquí sigo, con un vaso vacío en la mano, porque ni ganas de beber tengo, mientras le ruego a mi primo que vaya a recoger a Brit.
—Ana, no pienso entrar en esa urbanización, ya sabes que esa gentuza no me gusta.
Ruedo los ojos.
—Joder, que es mi amiga, ella no tiene nada que ver con su hermano.
—Lo que tengo con Derek Stephan es muy personal —zanja el tema, dándome la espalda para terminar de liarse un porro—. Además, hay muchas chicas, ¿por qué no te haces amiga de alguna de ellas?
¿En serio?
—¿Porque soy una antisocial que odia a la gente? He venido por ti, porque, si no, estaría en mi casa.
Charlie se siente mal, y es que mi primo, aunque sea un poco estúpido, tiene el buen fondo que tenemos todos en la familia.
—Ya he bebido un par de copas y no quiero que me pille la poli, por eso es que no voy —confiesa—. Pero le diré a un amigo que vaya.
Un amigo, sí, claro, se cree que puede decirme eso y me quedaré tranquila. No pienso permitir que cualquier flipado se plante en casa de Brit. Su seguridad es lo primero. Prefiero irme antes que dejarla venir con un cualquiera.
—¿Qué clase de amigo exactamente?
—¡Chicas! ¡Poneos de rodillas a rezar! ¡Acaba de llegar vuestro Dios!
Charlie suelta una carcajada y me vuelve a dar la espalda para saludar a un tío que no he visto en mi vida. Porque, de haberlo hecho, me acordaría de él.
Es alto, tanto que me debe de sacar una cabeza y media y, a pesar de llevar un chándal holgado como vestimenta, se aprecia que es ese tipo de chico musculoso que pule sus abdominales en el gimnasio.
Vamos, los que me gustan y jamás de los jamases se fijarán en mí.
Unas gruesas venas le suben por el cuello, terminando en una cara dulcificada, con unos ojos color miel, grandes, expresivos y rasgados. Su cabello castaño va totalmente despeinado y le hace irresistiblemente sexi. Algunas pecas adornan una nariz simétrica, difuminándose por sus mejillas.
Sé de sobra que pasará de presentarse en cuanto ponga los ojos en mí o, como mucho, dirá un borde «hola» por respeto a mi primo más que por otra cosa.
—Este amigo —le señala, trayéndole hacia mí—. Josh, te presento a mi prima Ana.
Todas mis murallas de hielo bajan unos cientos de grados más y me dejan totalmente petrificada, sin ser capaz de reaccionar, convirtiéndome en una completa idiota.
El tal Josh deja a mi primo atrás y se coloca delante de mí, echándome una miradita rápida que me recorre de pies a cabeza.
Estoy esperando el momento exacto en el que pueda leer en sus ojos que no le intereso y vaya a otra cosa.
Sin embargo, una sonrisa picarona emerge de sus labios y unos hoyuelos irresistibles se le forman en las mejillas.
Me doy cuenta entonces de que no es tan pálido como todos los que somos de por aquí, su piel es más bien color canela.
Además, esos rasgos tan exóticos, sobre todo los ojos, no son típicos de Londres.
—Qué guapa te has puesto para mí, cariño.
¿Eh?
¿Qué?
Mi cerebro hace un pequeño crac en el interior de mi cráneo, estaba más preparada para un apocalipsis zombi que para esto.
—Cre… creo que te has equivocado de persona —balbuceo, y esos hoyuelos se marcan todavía más.
—Mmm, tímida, mis preferidas.
Charlie le da un empujón para quitármelo de encima y este se lo devuelve haciendo que mi primo casi salga volando.
—¿Cuál era tu nombre?
¿En serio? ¿Ya lo ha olvidado?
—Anastasia —repito con mi particular cara de asco.
Que no huela que te gusta, Ana, por nada del mundo. Este personaje es más peligroso que una bomba atómica.
—Uf, el otro día me echaron el tarot y me dijeron que ese sería el nombre de la madre de mis hijos.
¡Pero bueno! ¿De dónde ha salido este tío?
—Pues será otra Anastasia, porque yo no pienso tener hijos —gruño, cambiando la postura todo el rato de un pie a otro. Debe de pensar que me estoy meando, pero, no, son los nervios.
—Bueno, ya discutiremos eso en casa, cielo —responde ágilmente, y eso me vuelve a dejar sin palabras. Se fija en mi vaso vacío, me lo arranca de las manos y empieza a encarar a Charlie—. ¡Colega! ¡Que sea la última vez que tienes a mi novia seca como una mojama en una fiesta!
—¿Tu novia? ¡Ni te acerques a mi prima, loco de la colina!
—No, no, no, tú no tienes vela en este entierro, chaval.
Solo he parpadeado tres veces y ya tengo un fantástico gintonic frente a mi cara.
—Para ti, preciosa.
—No quiero.
—Sí quieres. —Me agarra la muñeca para obligarme a coger el vaso y la piel me arde. Cuando me suelta, un cosquilleo totalmente desconocido me invade el cuerpo, yendo directo a la zona baja de mi vientre.
¿Qué diablos?
—Oye, pues si tanto te gusta mi prima, necesito que me hagas un favor.
—¿Por ella? Lo que sea.
Frunzo el ceño y me alejo un par de metros, mojándome los labios con el gintonic , sin dejar de observarle.
Es la primera vez que un chico muestra interés por mí en público, no estoy nada acostumbrada a esto y, joder, es el tío más guapo que he visto en mi vida.
Como esos que suelo mirar en los vídeos de internet y siempre pienso que no existen en este universo.
—Ve a recoger a su amiga y tráela.
—¿Qué amiga? ¿Quién es?
—La hermana de Stephan, Brittany.
Su cara muestra una sonrisa perversa en el momento en que escucha el nombre de mi mejor amiga y las ilusiones se me caen al suelo. Parece emocionado por la idea de pasar un rato con ella a solas en su coche y, por supuesto, se va enseguida, olvidándose completamente de mí.
Era de esperar.
No pasa nada, fue bonito mientras duró.
La envidia me carcome y la culpabilidad me inunda al instante. No debo tener celos de Brit, ella es como una hermana para mí y, quién sabe, a lo mejor le vendría bien este chico para olvidarse de Sean, que parece que no hace más que confundirla.
—¡Eh! ¡Espera! —chillo a su espalda, antes de que se suba a un coche negro bastante bien cuidado y muy bonito.
¿Por qué todo lo que es suyo tiene que gustarme? Maldita sea.
—¿Ya me echas de menos? —se burla, y la rojez de mis mejillas, más que por vergüenza, es por enfado conmigo misma.
—¿Quieres el número de Brit? Por si tienes que llamarla, para algo —comento, él se queda pensativo como si esperase cualquier cosa menos eso.
Vale, se me da de culo hacer de celestina.
Pero es que es tan perfecto, tan guapo. Pega muchísimo con ella, tanto que duele.
—Vale. —Se encoge de hombros, como si aceptase por no llevarme la contraria.
Se coloca el cigarro que tenía entre los dedos detrás de la oreja y saca su teléfono, acercándose mucho a mí. Muchísimo.
Copia el número y suelto un suspiro. Ya está, en cuanto estén un rato a solas en el coche, pasará a morirse por ella y olvidar que existo.
—¿Te vienes? —pregunta de repente—. A por tu amiga, digo.
Sí.
Digo, no.
¿Qué me pasa?
—Tranqui, tengo cosas que hacer dentro, seguiré ayudando a Charlie a preparar bebidas.
Mi respuesta no parece hacerle demasiada gracia, es como si su humor hubiese cambiado de repente.
—Vale, pórtate bien, nos vemos.
Y sin más, se sube al coche, arranca y se va.
«Pórtate bien».
«Nos vemos».
No sé cómo diablos interpretar eso.