Josh (Límites Prohibidos 3)
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PRÓLOGO
JOSH
No sé ni cuánto llevo moviendo el joystick para que mi personaje dé vueltas alrededor de un árbol.
Se supone que jugar a la Play me hace feliz, pero hoy parece que ni eso.
Me siento vacío, perdido, sin rumbo fijo y sin ganas de nada. Cada día de mi vida me pregunto una y otra vez: ¿quién cojones soy? Y la respuesta siempre es la misma: alguien muy distinto a quien debería ser.
Se me cansa el dedo y el NPC se queda clavado contra el árbol, caminando de forma automática. Parece idiota, eso me crea una mueca que casi consigue hacerme reír.
—¡Josh! ¡En media hora estará lista la cena!
Me remuevo en la cama, espatarrado, el mando de la consola cae sobre la alfombra y ni me molesto en recogerlo. Tengo ganas de fumar hierba.
Suspiro. El móvil suena y un par de tetas relucen en la pantalla. No me ponen, es más de lo mismo, igual que todas.
Y aunque me pusieran, después de correrme pasa el calentón y regresa el vacío otra vez. Necesito algo más, algo que no encuentro en ninguna parte.
Pero como soy un caballero, tengo que responder.
Yo: Bonita sonrisa.
Lisa: ¿Sonrisa? Josh…
Yo: Lo que más me gusta de la foto es tu sonrisa.
Lisa: ¡Pero si no se me ve la cara!
Yo: Por eso.
Bueno, otra más que me ha bloqueado.
—¡JOSH! ¡SI NO BAJAS A CENAR YA, LE DARÉ TU COMIDA AL PERRO!
¡Pero si hace dos minutos ha dicho que en media hora!
Sois testigos, ¿eh? Acabáis de presenciar como Zahra quiere hacerme perder la cabeza.
Charlie me escribe, ya está en la nave y el puto Sean no responde. Me cuesta animarme a salir de fiesta cuando sé que el ruso está de bajón. Hostia, que su madre se muere, ¿cómo coño me voy a ir por ahí de pingoneo?
¿Y de qué te servirá estar en la cama lamentándote por todo? Ve a distraerte un poco o tendrás que volver a tomar pastillas para la ansiedad.
Ah, no. Eso sí que no. Esas pastillas me inflaron de niño como una ballena. Ni hablar.
Levanto mi metro ochenta de altura y mis noventa kilos de masa muscular, y veo en el espejo de la puerta del armario que estoy más despeinado que una gallina en un corral.
Guapísimo, así mismo iré.
—¡JOSH!
Abro la puerta y asomo la cabeza.
—¡Me estoy masturbando! ¡Dame unos minutos!
—¡Dile algo al guarro de tu hijo! —le suplica mi madre a su marido.
Cierro con una risilla pervertida en la cara, porque mi viejo es un monigote que no me dirá nada. Solo me corregía cuando era más bajito que él, ahora se mea en los pantalones.
Con lo guapa e inteligente que Zahra es, no sé cómo ese idiota consiguió traérsela de Egipto, ya nos podríamos haber quedado allí, viviendo en una pirámide con piscina.
Tío, no hubieses conocido a Sean.
Ah, no, no, entonces no.
La amistad de mi colega vale más que cualquier piscinita con faraonas en bikini y tetas al aire.
Uf, las ganas que tengo de unas buenas tetas. Unas tetas distintas, joder, unas que me vuelvan loco.
—¡JOSH!
Me cago en mi vida ya.
Salgo de la habitación y voy directo al baño, desde aquí huelo la cena: filetes de ternera empanados con salsa de champiñones y puré de patatas.
Inmediatamente, le escribo al ruso.
Yo: Hola, mi amor.
Sean: Josh, hoy no, por favor.
Yo: Ya no me das sexo, ¿cuándo he dejado de gustarte?
Sean: No voy a ir a esa fiesta, tengo la cabeza que me explota.
Me pongo una lentilla y chasqueo la lengua, me jode demasiado ver a mi colega así.
Yo: ¿Quieres que vaya y hagamos la cucharita viendo una peli? ¿Te sentirás mejor?
Sean: NO.
Yo: No seas tan así. Sabes que se me pone durísima cuando te haces el difícil.
En serio, solo quiero hacerle reír. Aunque sea un cascarrabias, sé que en el fondo le hacen gracia mis tonterías.
Bueno, quizá no, porque me acaba de dejar en visto.
Yo: A ver, ruso de mierda, mi madre ha hecho filetes de ternera con salsa de champiñones; no tengo hambre, así que si quieres te llevo un túper a casa y así de paso te veo.
Las tripas me rugen justo en el momento en que envío el mensaje, pero quedarme sin cenar por ver a Sean un rato, me parece un trato justo.
Sean: Ya he cenado, Joshi, gracias.
Joshi. Ahora vuelvo a ser Joshi.
Yo: Porfa, ven a la fiesta.
Sean: Mañana te veo, ¿vale?
En fin, lo intenté. Me pongo la otra lentilla y esparzo un litro de colonia por mi chándal guapetón de partir la pana.
Tampoco es que yo tenga muchísimo ánimo, pero no pienso quedarme encerrado mientras la ansiedad me come vivo.
Bajo las escaleras de dos en dos, me planto en la cocina y veo a mi padre conversar por teléfono con alguien del trabajo. Mi madre come sola.
El corazón se me rompe y las ganas de pedirle que se divorcie no son pocas.
—Qué guapa estás hoy, señora Halimton. —La abrazo desde atrás, despeinando su cabello y dándole un beso en la mejilla.
—¡¿Quieres dejar mi moño en paz?!
—Estás más sexi con el pelo suelto.
—¡Yo ya no soy esas cosas!
«Esas cosas».
Apuesto a que el idiota de mi padre nunca le dice lo guapa que es. Solo la trajo de Egipto para que le cocine, lave y planche.
El día que me vaya de esta casa, me llevo a mi madre conmigo.
Charlie me llama y le cuelgo la llamada, ya iré a la fiesta un poco más tarde. Lo primero es lo primero, sentarme en la mesa para acompañar a la mujer más importante de mi vida.
—Qué buena está la cena.
—Gracias, hijo. Tu padre ni la ha probado.
—Mejor, más para nosotros.