Capítulo 77
J ohn supervisaba la distribución de agua del pozo cuando oyeron el motor de un vehículo que se acercaba a toda velocidad desde la selva.
Levantaron la vista, presas del pánico, mientras la camioneta de la policía entraba derrapando en el campamento en una nube de polvo, con dos hombres en la caja, vestidos con ropa de combate negra y armados con fusiles automáticos.
—Mierda —masculló John, mientras buscaba la Glock a su espalda y los ocupantes del campamento corrían a guarecerse.
La camioneta se detuvo con un derrape, y los dos hombres armados saltaron al suelo, hincaron una rodilla en tierra y recorrieron el campamento con la mirada a través de las miras de sus armas.
John se apostó tras el muro de la caseta del guarda, con la Glock en la mano, y observó cómo se abría la puerta delantera de la camioneta.
De ella se apeó el conductor, un joven en buena forma vestido de negro, con una pistola de aspecto imponente en la mano.
Se colocó detrás de la puerta abierta, apoyó el cañón de su arma en el marco y escudriñó el campamento por detrás de sus Ray-Ban de espejo.
John frunció el ceño. Esos tíos no parecían policías. ¿Quién coño eran? ¿Acaso Hassan tenía un jefe?
La puerta del copiloto se abrió y los ojos de John se abrieron como platos por la sorpresa cuando se apeó su ocupante. El corazón le dio un vuelco y corrió hacia el vehículo tan rápido como pudo.
Echándole los brazos a Adriana, la levantó del suelo, hundió la cara en su cuello y la apretó con todas sus fuerzas antes de separar finalmente el rostro para mirarla. Las lágrimas de alivio le corrían por la cara y, al poco tiempo, ella también estaba llorando.
—¿Cómo me has encontrado?
Adriana sonrió e inclinó la cabeza hacia un lado para secarse las lágrimas con el hombro.
—Tu amigo William. Gracias a Dios que estás a salvo. Estaba muy preocupada, John. —Le miró el labio hinchado y los moratones de la cara—. ¿Qué te ha pasado en la cara? ¿Estás bien?
—Ahora todo es maravilloso. —Bajó los brazos, le cogió la mano con la izquierda y se guardó la Glock en la cinturilla con la derecha. Asintiendo hacia los tres hombres armados, dijo—: Ya veo que has traído a la caballería.
Adriana miró a su alrededor. —No parece que la necesitaras. —Sus ojos se posaron en el cuerpo de Hassan, tirado en el suelo. Soltó un grito ahogado—. ¿Es ese…? —Se llevó la mano a la boca.
—Sí. —John la apartó con delicadeza—. ¿Dónde está Amira?
—Está a salvo con William y su mujer… Pero, John, ¿qué ha pasado aquí?
—Te lo contaré, no te preocupes, pero ahora no. —La condujo hacia el árbol—. Ven, hay gente que quiero que conozcas. —Parándose a medio camino, preguntó—: Por cierto, ¿dónde están los policías a los que les habéis robado el coche?
—Están atados en la parte de atrás de la camioneta —dijo Adriana con un guiño.
—Había otro tipo… ¿el conductor de Hassan?
—También está ahí. Hay un poco de gente.
John la miró con orgullo, con los ojos de nuevo anegados en lágrimas, y la llevó de la mano hacia la sombra del árbol.
—Adriana, quiero que conozcas a mis amigos, Abdul y Shakeel. Tienen algunas historias que necesitas oír.