Capítulo 78
P asaron dos días antes de que John y Adriana pudieran marcharse del campamento. Había mucho que hacer.
John había llevado a Abdul al pueblo y había encontrado a un médico para que le cosiera la herida y le diera un puñado de antibióticos y analgésicos. El médico confiaba en que la herida sanaría bien, y una generosa propina disuadió cualquier intento por su parte de hacer demasiadas preguntas.
Con los hombres de William, habían traído comida, agua, ropa de cama y juguetes de sobra para los niños. Cuando John consiguió una señal de móvil decente, llamó a ACNUR en Bangkok y les explicó la situación, compartiendo la ubicación y las fotos del campamento.
El cuerpo de Hassan había sido llevado a lo más profundo de la jungla y enterrado donde, con suerte, nunca lo encontrarían.
Habían limpiado la Glock para quitarle las huellas dactilares y la habían envuelto en un trapo para deshacerse de ella más tarde.
También recuperaron el Toyota que John había escondido en la jungla.
Mientras todo esto sucedía, Adriana se quedó en el campamento, documentando las historias y los antecedentes de todos.
En la mañana del segundo día, un Landcruiser blanco entró en el campamento, seguido de dos camiones con las siglas ACNUR pintadas con plantilla en grandes letras en los laterales.
John se levantó y se acercó a los vehículos mientras cuatro personas salían y miraban a su alrededor.
Una mujer tailandesa de mediana edad, con botas de montaña y pantalones cargo, y con el pelo recogido en un práctico moño, vio a John y caminó hacia él.
Inclinó la cabeza en una leve reverencia.
—¿Señor Hayes?
John le tendió la mano y sonrió.
—Por favor, llámeme John.
—Hola, John. Soy Malee. En mi oficina me han hablado de usted. Siento no haber podido venir antes. Ha habido algo de papeleo y había que conseguir suministros.
—No pasa nada. Ya está aquí, eso es lo importante. —John se giró para mirar el campamento—. Hay mucha gente que está muy mal aquí, Malee, débiles y desnutridos. Han sido torturados y los han matado de hambre.
—Por desgracia, John, no es raro —se encogió de hombros Malee—.
Este es el tercer campamento que veo este año.
Haremos lo que podamos. He traído comida, medicinas y un médico.
—Se dirigió a sus tres colegas y les dio instrucciones en tailandés.
Mientras se dispersaban y empezaban a atender a los refugiados, vio la camioneta de la policía.
—¿Les está ayudando la policía local?
John torció el gesto.
—No.
Se giró para estudiar el rostro de Malee. Habría sido guapa de joven, pero ahora parecía hastiada, con los ojos llenos de una pena que delataba que había visto demasiadas cosas que preferiría olvidar.
—La policía está implicada en esto, Malee. La camioneta pertenecía a dos policías locales que ayudaban a los traficantes. —Señaló hacia la cabaña de los hombres—. Los tenemos encerrados en esa cabaña de allí con los traficantes.
Malee asintió lentamente.
John se percató de su falta de reacción.
—No parece sorprendida.
—Ojalá lo estuviera, John, pero no es así —suspiró Malee—. Por desgracia, no será solo la policía. También habrá funcionarios locales e incluso altos cargos del Gobierno —frunció el ceño—. Ya lo he visto todo antes.
John se mordisqueó el labio y contempló el campamento, a la gente sentada a la sombra, apoyada en las cabañas, a los niños que jugaban con sus nuevos juguetes.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Qué pasará con esta gente?
—No será fácil, John, pero tengo contactos en la policía de confianza.
Me pondré en contacto con ellos. Se encargarán de los traficantes.
Quizás puedan averiguar quién más arriba en la cadena está implicado.
—Se encogió de hombros—. Pero la podredumbre es profunda.
Este negocio no existiría si no fuera por la connivencia y la corrupción a alto nivel.
—Mmm. ¿Y esta gente?
—Los asearemos, los alimentaremos, haremos que recuperen la salud.
Por desgracia, Tailandia no está sujeta a las Convenciones Internacionales sobre los Refugiados, así que no hay mucho que podamos hacer.
Lamento decir que muchos de ellos pasarán los próximos años aquí, en centros de detención.
Lo único que podemos hacer es presionar y asegurarnos de que este incidente reciba mucha publicidad.
Quién sabe, si hay suficiente clamor popular, puede que hagan algo.
John miró a Adriana, que estaba sentada bajo un árbol con su cuaderno en el regazo, rodeada por las mujeres y los niños del campamento.
—Venga conmigo, Malee. Hay alguien que creo que podrá generar la publicidad que necesita.
Al final del día, John y Adriana se sintieron lo bastante seguros como para dejar el campamento en manos de ACNUR.
Los contactos de Malee en la policía habían sido informados, las tumbas detrás del campamento fotografiadas, y los testimonios de tortura y malos tratos por parte de los traficantes y la policía, registrados.
John y Adriana se prepararon para despedirse, rodeados por los hombres, mujeres y niños que se habían convertido en sus amigos. Abdul se puso de pie, apoyado en Shakeel, y extendió la mano hacia John.
—Señor John, quiero darle las gracias por todo lo que ha hecho. Somos libres de nuevo gracias a usted.
John tomó la mano de Abdul entre las suyas, la apretó con fuerza y sonrió con calidez.
—No podría haberlo hecho sin usted, Abdul.
—John miró a los hombres reunidos a su alrededor—.
Ni sin usted ni sin todos los demás. Lo hicimos juntos.
Deberían estar orgullosos de sí mismos. —Tragó saliva y bajó la vista a sus pies, buscando las palabras adecuadas.
Levantó la mirada y continuó—: Siento no poder prometer que todo irá bien a partir de ahora...
, pero Khun Malee y su equipo harán todo lo que puedan por ustedes.
—Echó un vistazo a Adriana—. Y Adriana se asegurará de que sus historias se cuenten.
Los hombres y las mujeres asintieron y, uno a uno, se adelantaron para estrecharle la mano. Las mujeres, muchas de ellas llorando abiertamente, abrazaron a Adriana, que a su vez luchaba por no romper a llorar.
John abrió la puerta del Toyota y, antes de sentarse, echó un último vistazo al campamento y a sus ocupantes. No sabía qué les deparaba el futuro. Quizás tuvieran una segunda oportunidad. Eso esperaba. Al menos, les darían de comer y no los golpearían ni torturarían.
Se sentó en el asiento del conductor y arrancó el motor, a la espera de que Adriana se acomodara. Ella se volvió hacia él, limpiándose las lágrimas de la cara.
—Vámonos.
Tras despedirse con la mano por la ventanilla, John giró el coche y salió por la verja, mientras una hilera de niños corría tras ellos a su paso agitando las manos.