John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 74
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Capítulo 74

H assan sacó el pañuelo del bolsillo del traje y se secó el sudor del cuello y la frente.

Estaba cansado y furioso. Había sido una noche larga, organizando un avión privado para que lo llevara al aeropuerto más cercano, en Hat Yai, a lo que siguió un viaje de dos horas en coche hasta la selva.

Le martilleaba la cabeza y necesitaba un café bien cargado y analgésicos.

Y todo por culpa de aquel puto inglés que había metido las narices en los asuntos de Hassan.

Pero gracias a Prataporn, su suerte estaba cambiando.

Pillarlo aquí, de entre todos los lugares posibles.

Sería mucho más fácil encargarse de ese cabrón entrometido en la selva. Nadie encontraría jamás su cuerpo.

—Sáquelos fuera —le ladró a Prataporn, que dio instrucciones a sus hombres.

Dos de ellos caminaron hacia las cabañas; uno se desvió hacia la de las mujeres y el otro se dirigió a la de los hombres.

Aporrearon las puertas y gritaron antes de abrir los candados que las aseguraban.

Volvieron a gritar y Hassan observó cómo la gente salía lentamente de cada cabaña.

Los hombres los empujaron y los metieron a empellones en filas delante de cada cabaña, las mujeres y los niños a un lado y los hombres al otro.

Hassan los examinó y negó con la cabeza, asqueado.

Vaya panda de especímenes. Ya había vendido a la mayoría de las mujeres jóvenes, pero no iba a sacar mucho dinero por las que quedaban; la mayoría eran demasiado débiles y viejas para hacer nada.

Estaba malgastando el dinero en alimentarlas y en pagar a sus hombres para que las vigilaran.

Miró a los hombres. No estaban mucho mejor. Había enviado los mejores especímenes a las flotas pesqueras, pero todavía quedaban algunos que parecían capaces de trabajar… después de que terminara de sacarles más dinero a sus familias. Entrecerró los ojos. Faltaba alguien.

—Prataporn.

—¿Kup?

—¿Dónde está el inglés?

Prataporn estudió a los hombres un instante, soltó una maldición y les gritó a los guardias.

Un guardia se acercó a la entrada de la cabaña y se asomó al interior. Se giró y llamó al otro guardia, que corrió hacia allí, y ambos entraron.

—¿Qué está pasando?

—Está dentro, señor. No se mueve. Creen que está muerto.

—¿Pero qué tan fuerte le han pegado, joder? Le dije que lo quería vivo. —Hassan fulminó a Prataporn con la mirada y volvió a secarse el cuello—. Vaya panda de idiotas —murmuró entre dientes.

En ese momento, un anciano al frente de los hombres reunidos gimió y se desplomó en el suelo.

Tres hombres se congregaron a su alrededor e intentaron levantarlo, pero se rindieron y lo dejaron de nuevo en el suelo.

Les gritaron a los otros prisioneros, que se arremolinaron alrededor y empezaron a gritar enfadados, agitando los puños en dirección a Hassan.

—Joder, ponlos en vereda, Prataporn. No tengo tiempo para esto.

— Kup . —Prataporn hizo un gesto con la cabeza al guardia que quedaba, que cogió un palo, y ambos caminaron hacia los hombres que protestaban.

Hassan se giró y echó un vistazo a los dos policías apoyados en el capó de su camioneta, que observaban la escena con aire divertido. Resopló con desdén y luego buscó una sombra. Cuanto antes saliera de ese agujero de mierda y se alejara de esos idiotas, mejor.