Capítulo 73
—¿ Q ué hacemos, señor John?
John suspiró y apartó la vista del marco de la puerta. Se quedó mirando el suelo, sopesando sus opciones.
Alzó la mirada hacia Abdul, que lo observaba expectante. Giró la cabeza aún más y recorrió con la vista todos los rostros que lo miraban fijamente, esperando sus instrucciones. Se mordisqueó el labio inferior y volvió a mirar por la rendija.
Contó. Con Hassan había un conductor, y en la camioneta de la policía, dos agentes.
Prataporn y sus hombres sumaban cuatro más.
Ocho hombres en total. Los policías irían armados y, aunque Abdul insistía en que nunca había visto a los hombres de Prataporn con armas, John estaba seguro de que al menos Prataporn llevaba la Glock de John.
Ellos eran veintitrés hombres, incluido John, la mayoría débiles y enfermos. Podía contar con que quizás ocho de ellos estaban lo bastante fuertes. John puso cara de descontento; no le gustaban las probabilidades. Recomponiéndose, se dio la vuelta y se encaró con los demás.
—Cuento ocho hombres. Calculo que tres de ellos van armados —hizo una pausa mientras Abdul y Shakeel traducían para él—. Las probabilidades de que lo consigamos se han reducido a la mitad.
John esperó a que terminaran de traducir y a que el peso de sus palabras calara. Miró alrededor de la choza, estableciendo contacto visual con cada uno de los hombres.
—Si seguimos adelante, puede que algunos de nosotros muramos.
—John miró a Abdul y a Shakeel—. Yo estoy dispuesto a correr ese riesgo.
Prefiero luchar con la posibilidad de salir de aquí que quedarme para pudrirme.
—Se giró de nuevo hacia los otros hombres—.
Arriesgar la vida es una decisión que solo pueden tomar ustedes.
—John guardó silencio mientras traducían sus palabras.
Hubo silencio durante un rato. Entonces, desde el fondo de la choza, se alzó una voz débil que no había oído antes.
John forzó la vista para ver de quién se trataba y observó cómo un anciano se incorporaba del suelo.
Habló un rato, con voz tenue y frágil, mientras todos los ojos se clavaban en él.
Cuando se detuvo, Abdul asintió, se volvió hacia John y tradujo.
—El Tío dice que nos han expulsado de nuestra tierra, que han quemado nuestras casas y que han agredido y violado a nuestras mujeres.
Muchos hemos perdido a nuestros seres queridos.
La mayoría no tenemos nada a lo que volver.
—Abdul hizo una pausa, buscando las palabras correctas en inglés—.
Dice el Tío que lo único que nos queda es el respeto por nosotros mismos, y que lo hemos olvidado, tumbados en esta choza como animales.
John se giró para mirar al anciano y asintió para indicarle que lo entendía. Abdul continuó mientras, de fondo, Shakeel traducía para los bangladesíes.
—Solo Alá..., esto..., Dios sabe cuándo nos llegará la hora, y, si es hoy, será por su voluntad. Dice el Tío que, si ha de morir, prefiere que sea ahí fuera, luchando, y no pudriéndose aquí en la oscuridad. Al menos morirá con dignidad.
John parpadeó para reprimir las lágrimas y le sonrió al anciano. Gateó hacia él, mientras los hombres le hacían sitio para que pasara, y le estrechó la mano, frágil y huesuda.
—Abdul, por favor, dígale al Tío que para mí sería un honor tenerlo a mi lado.
El anciano asintió y sonrió, con la boca abierta en una mueca desdentada. Desde distintos puntos de la choza, otros hombres empezaron a hablar en birmano, bengalí e inglés.
—Estamos todos con usted, señor John —dijo Abdul.
John se puso de pie, recorrió la estancia con la mirada y sonrió.
—Pase lo que pase hoy aquí, quiero que sepan todos que ha sido un honor para mí pasar este tiempo con ustedes.
Regresó hacia la puerta. Mientras se abría paso entre los hombres sentados en el suelo, varias manos se alzaron para tocarlo y darle palmaditas de ánimo en las piernas.
Volvió a agacharse junto a la puerta, le guiñó un ojo a Abdul y luego se asomó por la rendija.
Los hombres estaban reunidos alrededor de los vehículos mientras Hassan gritaba y agitaba las manos en el aire.
—Nos ceñiremos al plan original. Ese cabrón gordo de Hassan no se meterá, así que solo tenemos que preocuparnos de siete hombres. —Se volvió hacia Abdul—. Tenga cuidado con los dos policías y con Prataporn. Irán armados.
—No se preocupe, señor John. Hoy saldremos de aquí, inshallah .
John asintió: — Inshallah —y volvió a mirar por la rendija.
—De acuerdo, ya vienen. Prepárense todos.