John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 72
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Capítulo 72

A las ocho de la mañana, todo el mundo estaba ya despierto y esperaba sentado a que los dejaran salir de la choza.

John estaba agachado junto a la puerta, observando a los hombres que lo rodeaban: veintidós hombres expulsados de sus hogares por el odio o la desesperación.

Al lado, en la otra choza, había dieciocho mujeres y niños.

De John dependía liberarlos. Después de eso, quién sabía lo que ocurriría, pero, por ahora, tenía que centrarse en el presente.

Desesperado, había improvisado un plan rudimentario.

No estaba seguro de que fuera a funcionar, pero los hombres allí reunidos rebosaban de una nueva esperanza.

Abdul le había dicho a John que solían dejarlos salir a las ocho de la mañana y los contaban antes de darles de comer.

John miró su reloj y frunció el ceño. Ya pasaban de las ocho y, cuando se asomó por la rendija del marco de la puerta, no vio ninguna señal de actividad en la choza de los guardias.

A las ocho y media, dos de los guardias salieron de la choza y se sentaron a fumar en un banco, pero no hicieron ademán de abrir las chozas.

Abdul se arrastró hasta allí y echó un vistazo.

—¿Por qué no abren la puerta?

—No lo sé. —John se dio la vuelta para mirar de nuevo hacia el interior de la choza, apoyando la espalda en el marco de la puerta. Aquello le preocupaba, pero no quería demostrarlo. Su plan dependía de que ellos mantuvieran su rutina habitual. No podía hacer otra cosa que esperar.

A las nueve y media, cuando muchos de los hombres ya habían perdido la esperanza y estaban tumbados de nuevo, dormitando, un vehículo tocó el claxon fuera de la verja. John se apresuró a mirar por el marco de la puerta.

Los cuatro guardias estaban fuera ahora; uno corrió hacia la verja, mientras los otros dos y Prataporn permanecían junto al Isuzu, observando.

John vio cómo la verja se abría y un Toyota Land Cruiser blanco entraba, seguido de una camioneta con la palabra Policía escrita en el lateral.

—Señor John, ¿qué está pasando?

John giró la cabeza para mirar a Abdul, que oteaba por una grieta al otro lado del marco de la puerta.

—No lo sé, Abdul. No lo sé.

Volvió a mirar mientras la puerta trasera del Toyota se abría y una figura familiar, ataviada con un traje de lino hecho a medida, bajaba del vehículo.

—Mierda.

—¿Quién es?

—Hassan Rahman. El cabrón que os ha metido a todos aquí.