Capítulo 63
J ohn, de pie entre las sombras, escudriñó la calle, atento a cualquier sirena o señal de que alguien hubiera oído el disparo.
Estaba seguro de que no. La almohada había amortiguado el sonido y, con el ruido del aire acondicionado y las ventanas cerradas, estaba bastante seguro de que apenas se había escapado ruido alguno.
Escuchó un instante más y luego se relajó.
Había llegado un mensaje de Adriana mientras John interrogaba a Boon. Había encontrado un sitio y le había enviado la dirección. John la introdujo en su móvil y la buscó en el mapa. Estaba solo a un par de manzanas. Si iba corriendo, podría llegar en diez minutos.
Consultó la hora: la una de la madrugada. Boon le había dicho que esperaban a los hombres de Hassan sobre las dos. Tenía que darse prisa. John volvió a comprobar las indicaciones en el móvil y echó a correr.
En menos de diez minutos, encontró el soi que buscaba y redujo la marcha hasta ponerse a caminar. Recuperó el aliento mientras examinaba los letreros de neón que colgaban sobre su cabeza hasta que dio con el hotel correcto. El Toyota blanco estaba aparcado al otro lado de la calle.
John empujó la puerta del hotel, bautizado con el imaginativo nombre de Peekaboo, y se acercó al mostrador.
Un anciano en camiseta de tirantes, con un cigarrillo colgando de la comisura de los labios, levantó la vista de la pantalla de televisión que estaba viendo debajo del mostrador.
Frunció el ceño, pero cuando John le pasó un billete de quinientos bahts , volvió a mirar la serie y no le prestó más atención mientras él se colaba por detrás y subía las escaleras hasta el tercer piso.
Delante de la habitación 303, John se detuvo y llamó. Oyó un ruido dentro y susurró:
—Soy yo, John.
Escuchó cómo se corrían los cerrojos y la puerta se abrió una rendija, aún asegurada por una cadena de seguridad. Adriana se asomó nerviosa, pero su expresión cambió a una de alivio al ver la sonrisa de John. Tras cerrar, quitó la cadena y abrió lo justo para que John entrara.
Amira dormía en la enorme cama que ocupaba la mayor parte de la habitación. Adriana estaba de pie a su lado y John la abrazó, atrayéndola hacia sí, besándola en la sien, en la frente y luego en los labios, para después apartar la cabeza y poder mirarla.
—¿Estás bien?
Adriana lo miró, con los ojos anegados en lágrimas.
—Sí, John —tiró de él de nuevo y hundió la cabeza en su hombro—. No vuelvas a dejarme, John.
John le acarició el pelo, inhalando su suave fragancia. Miró a Amira por encima de su hombro.
—¿Cómo está?
Adriana se apartó y miró hacia la cama.
—No muy bien —suspiró—. Le han dado una buena paliza. Creo que necesita que la vea un médico.
John soltó a Adriana y fue a sentarse en la cama junto a Amira. Observó los moratones de su cara y su sueño inquieto y agitado.
—Conseguiré un médico, pero… —suspiró. Levantó la vista hacia Adriana y continuó—: Adriana, tengo que dejarte otra vez…
—Pero…
—Lo sé. Lo siento, pero necesito averiguar dónde tienen los traficantes a la gente que traen. El tipo que te retenía me lo ha contado todo.
—¿Cómo conseguiste que lo hiciera?
—Supongo que le apetecía hablar —se encogió de hombros John—.
Me ha dicho que los traficantes vienen esta noche.
Tengo que seguirlos, Adriana. Me ha dicho que su base está cerca de la frontera con Malasia, pero necesito averiguar el lugar exacto.
Este negocio tiene que acabar. Cuando descubra dónde están, ¿crees que podrás publicar la información?
—Haré lo que pueda, John —se encogió de hombros Adriana, aunque parecía descontenta—. Tienes razón, esto tiene que parar —se acercó, se sentó junto a John y le cogió la mano—. Pero me preocupas.
—No te preocupes —sonrió John mientras le besaba la mano—. Volveré tan pronto como pueda. Quédate aquí hasta que regrese —consultó su reloj—. Descansa. Por la mañana, enviaré a alguien con comida y un médico —John miró a Amira.
—Les daré una contraseña. No le abras la puerta a nadie a menos que diga… mmm… «café con hielo».
—Ja —Adriana esbozó una media sonrisa—. De acuerdo, John —se inclinó hacia delante y lo besó en los labios—. Ten cuidado.
—Lo tendré. Aquí estaréis seguras —sonrió al fijarse en las paredes rosas, las sábanas de raso rojo, el techo de espejos—. Nunca digas que no te llevo a los mejores sitios.
—El Shitz Carlton —bromeó Adriana.
John se rio y se levantó.
—¿Dónde están las llaves del coche?
Adriana señaló las llaves que estaban sobre la mesilla de noche, y John las cogió y se las guardó en el bolsillo.
Adriana se puso en pie y él volvió a abrazarla.
Olía bien. Deseó no tener que irse, deseó poder retroceder hasta aquellos días en que se conocieron…
antes siquiera de oír el nombre de Hassan Rahman.
Pero… de nada servía regodearse en el pasado. La sujetó por los brazos.
—Volveré —le dio un apretón en los brazos y salió por la puerta. Tenía que ponerse en marcha.