John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 62
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Capítulo 62

H assan alargó la mano hacia la cubitera, sacó la botella de champán y les rellenó las copas a Paween y a él. Era la segunda botella de la noche, y ya se habían bebido dos tercios.

—Por otra entrega con éxito. —Paween alzó la copa y la chocó contra la de Hassan.

—Desde luego. —Hassan bebió un sorbo de champán y observó a Paween por encima del borde de la copa.

Una chica estaba sentada en el regazo del general de policía y se reía de lo que fuera que él decía mientras le pasaba las manos por la barriga regordeta.

Era lo bastante joven como para ser su hija e iba demasiado maquillada, pero ¿quién era Hassan para juzgar?

A él también le gustaban más jóvenes, pero sus preferencias se inclinaban por el lado caucásico del mundo.

Volvió a beber y saboreó el regusto fresco del champán mientras se deslizaba por su garganta.

Sentía un agradable puntillo que le adormecía el dolor de la herida de la cabeza.

A pesar de lo avanzado de la hora, casi la una y media de la madrugada, el restaurante seguía abarrotado.

Lo había estado toda la semana, probablemente una de las mejores desde que abrieron.

El negocio iba bien. En su otra empresa, otro cargamento de refugiados había llegado sano y salvo esa mañana.

Ya había seleccionado a las chicas más guapas y había ordenado que las llevaran a varios burdeles de Bangkok.

Esta vez eran seis, jóvenes rohinyás de la frontera con Myanmar, frescas e intactas.

Conseguiría un buen precio por ellas, suficiente para cubrir los costes de transporte, así que todo lo demás que sacara de este envío sería beneficio puro.

A los hombres más fuertes los mandaban a los pesqueros de arrastre del golfo de Tailandia, y a otros los retendrían en campamentos en la selva mientras extorsionaba a sus familiares para sacarles más dinero.

Era un buen negocio, y con la ayuda de Paween, que se aseguraba de que la policía siempre hiciera la vista gorda, uno que funcionaba como la seda.

Observó a Paween manosear los pechos de su joven acompañante mientras ella protestaba sin mucho entusiasmo.

Hassan tenía que admitir que ella poseía un cuerpo increíble; el minivestido negro y ajustado dejaba poco a la imaginación.

Sintió una excitación familiar en la entrepierna y pensó en lo que había planeado para más tarde esa noche con la mujer portuguesa.

Bebió otro trago de champán y se lamió los labios.

Le dejaría puestas las esposas, tenía genio, pero eso era lo que lo hacía más interesante.

Echó un vistazo al Rolex Oyster con incrustaciones de diamantes que llevaba en la muñeca.

Boon debería llamarle en cualquier momento para confirmar que se habían llevado a la puta del barrio bajo de vuelta a la selva con los hombres que habían traído a las chicas a los burdeles.

A la mierda con esa zorra. Asintió a Paween y volvió a alzar la copa.

— Chiyo , salud.

Paween le devolvió la sonrisa, alzó la copa y se bebió el contenido de un solo trago.

Tenía la cara sonrojada y el blanco de sus ojos empezaba a ponerse rosado.

Dejó la copa sobre la mesa de un golpe y Hassan hizo una mueca, esperando que el fino tallo se rompiera, pero aguantó.

Le rellenó la copa mientras Paween hundía la cara en el escote de la chica.

Hassan lo observó, su rostro inexpresivo ocultando su desprecio.

El hombre no aguantaba la bebida y se exhibía demasiado en público, pero Hassan lo necesitaba.

Sin un oficial de policía de alto rango en el bolsillo, su negocio ilegal paralelo no podría existir.

Sintió que el móvil le vibraba en el bolsillo, se metió la mano en el de su pantalón de lino y miró la pantalla. Frunció el ceño. Esperaba una llamada de Boon, pero el número que aparecía no era el suyo. Contestó y escuchó un momento.

—Te devuelvo la llamada.

Sus hombres estaban fuera de la casa-tienda de Silom, pero no podían entrar.

Ese inútil de Boon, probablemente se había quedado dormido.

Miró a Paween, pero estaba demasiado ocupado para darse cuenta de lo que pasaba.

Hassan se levantó, se alejó de la mesa y marcó el número de Boon.

Sonó y sonó sin respuesta. Hassan maldijo y volvió a marcar.

De nuevo, sonó y sonó. ¡Hijo de puta! Hassan se acercó a la barra e hizo un gesto al camarero.

—Agua.

Cogió el vaso y se lo bebió de un trago. Necesitaba que sus hombres entraran y se llevaran a Amira. No volverían por allí hasta dentro de una semana, y no quería tener que cargar con ella tanto tiempo. Tenía que deshacerse de ella. Mierda. Volvió a mirar el reloj y llamó a sus hombres otra vez.

—Esperad. Estaré allí en veinte minutos.

—Mierda —maldijo en voz alta. Le iba a patear el culo a Boon en cuanto lo viera.

Miró hacia su mesa, donde Paween estaba bastante ocupado. Al menos no lo echaría de menos. Se acercó y le dio un golpecito en el hombro a Paween.

—Tengo que arreglar una cosa, ¿te apañas?

Paween resopló y hundió la cara en el cuello de la chica, provocando de nuevo sus risitas. Cuando emergió en busca de aire, alzó la vista hacia Hassan, con los ojos desenfocados, pero feliz.

—Nos apañaremos —arrastró las palabras—. Ya nos vamos.

—Bien. Te llamo mañana. —Hassan forzó una sonrisa, le dio una palmada en el hombro y se dirigió a la salida.