John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 61
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Capítulo 61

Suspiró y volvió a mirar a su prisionero.

Empezaba a removerse, y John observó cómo el hombre gemía y abría los ojos parpadeando.

Miró a John con la vista perdida y, de repente, el reconocimiento o un recuerdo pareció activarse.

Se puso rígido y forcejeó al darse cuenta de que estaba atado a la silla.

Gruñó y se debatió un momento más, luego se quedó quieto y miró fijamente a John, con los ojos llenos de una mezcla de ira y miedo.

John se levantó, fue hasta la ventana, la cerró y le echó el cerrojo.

Volvió a la puerta y la cerró también. Cogió el mando del aire acondicionado y lo encendió.

Empezó con un traqueteo y luego se estabilizó en un zumbido ruidoso.

Bien, cuanto más ruido de fondo, mejor. Acercó su silla al hombre y se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro cerca del de él.

—Voy a hacerte unas preguntas. Te quitaré la cinta de la boca. Ni se te ocurra hacer un ruido. Nadie te oirá. —John se enderezó, sacó la Glock de la cinturilla y se la puso en el regazo. Al hombre se le abrieron los ojos como platos—. ¿Entendido?

El hombre asintió a regañadientes.

John se estiró y le arrancó la tira de cinta de la cara de un tirón.

—¡Arrgh! —gritó el hombre y sacudió la cabeza—. ¡Yet mae!

—Cuida esa lengua —gruñó John, cogiendo la Glock y apuntándole.

— Heeia —le espetó el hombre con desdén—. Que te jodan, ai farang .

John se encogió de hombros y volvió a pegarle la cinta americana en la boca.

Le dio la vuelta a la Glock, agarrándola por el cañón, y, antes de que el hombre pudiera mover la cabeza, le golpeó la nariz con la culata con un chasquido satisfactorio.

La sangre brotó de su nariz mientras el hombre gruñía y gemía de dolor; las lágrimas le corrían por los ojos mientras la sangre le caía de las fosas nasales y goteaba sobre la camisa.

—Te lo advertí.

John se recostó y lo observó, esperó a que dejara de debatirse, con la barbilla caída sobre el pecho. Luego se inclinó hacia delante y, esta vez con más delicadeza, le despegó de nuevo la cinta americana.

—Empecemos de nuevo.

El hombre levantó la cabeza lentamente, miró a John a los ojos y luego le escupió un buche de sangre y saliva en la cara.

John, encogiéndose de hombros, le volvió a pegar la cinta americana en la boca y se levantó, dejando la Glock en la silla.

Se dirigió a la cama, cogió una esquina de la sábana y se limpió la sangre de la cara.

De pie, miró al prisionero, pensando en su siguiente movimiento.

Necesitaba información y la necesitaba rápido.

Cuanto más tiempo permaneciera allí, más arriesgado sería para él.

Recorrió la habitación con la mirada, buscando inspiración.

Al ver el lavabo, se le ocurrió una idea.

Se acercó, cogió el cubo y lo llenó de agua, luego volvió hacia el prisionero, llevándose la sábana de la cama al pasar.

El prisionero lo miraba con recelo mientras John dejaba el cubo en el suelo, junto a la silla.

Pasando por detrás de la silla, la volcó, de modo que quedó en el suelo con el prisionero boca arriba y las piernas en el aire.

John lo miró desde arriba; el prisionero le devolvió la mirada, sin saber muy bien qué estaba pasando.

John no estaba seguro de si lo que iba a hacer funcionaría.

Solo lo había visto en una película, pero no tenía muchas opciones.

Respiró hondo, le arrancó la cinta de la boca de un tirón, le cubrió la cabeza con la sábana y luego vertió lentamente el cubo de agua sobre la cara del hombre.

El prisionero giraba la cabeza de un lado a otro, con las piernas agitándose frenéticamente mientras luchaba por respirar.

Una vez vacío el cubo, John lo dejó en el suelo y retiró la sábana.

El hombre tosía y escupía mientras intentaba vaciar sus pulmones de agua.

John cogió el cubo, lo volvió a llenar y se quedó de pie junto a su prisionero.

—¿Vas a responder a mis preguntas ahora?

El hombre no dijo nada, se quedó allí tumbado, jadeando.

John se encogió de hombros, le cubrió de nuevo la cara con la sábana mientras el hombre protestaba.

John lo ignoró y vació otro cubo sobre su nariz y boca.

Con el cubo vacío, se quedó de pie esperando, observando cómo la sábana mojada subía y bajaba mientras el hombre aspiraba aire desesperadamente.

Al cabo de un minuto, John enderezó la silla y le quitó la sábana de la cabeza. Se quedó sentado, jadeando, derrotado, con la barbilla apoyada en el pecho y los hombros subiendo y bajando mientras recuperaba el aliento.

—¿Y ahora?

El hombre sorbió por la nariz, escupió agua de la boca en el suelo a su lado y asintió, evitando el contacto visual con John.

—Bien. —La CIA tenía razón. Las técnicas de interrogatorio mejoradas funcionaban. John acercó su silla, cogió la Glock y se sentó.

Empezaría con una pregunta fácil. —¿Cómo te llamas?

—Boon —musitó él.

—¿Ves? No ha sido tan difícil, ¿verdad? Ahora, Boon, si respondes a mis preguntas con la verdad, te dejaré marchar. Tú no me interesas. Me interesan los que están al mando. ¿Entiendes?

Él asintió.

—Entonces, empecemos con Hassan…

Quince minutos después, John había recibido suficientes respuestas para darse por satisfecho.

Se sentó, mirando fijamente al hombre, pensativo.

Había sido útil, le había contado a John todo lo que necesitaba saber, y John le había dicho que lo dejaría marchar.

Pero ahora no estaba seguro de que fuera lo correcto.

Despreciaba a esos hombres y su comercio con la miseria humana, su explotación de los pobres para obtener beneficios.

Le repugnaba, y aunque Boon no era uno de los capos, sabía lo que estaba haciendo, y John no estaba dispuesto a dejarlo irse de rositas.

Como si intuyera lo que John estaba pensando, Boon levantó la vista. Su respiración era fatigosa; la sangre todavía le manaba de la nariz torcida y se coagulaba con los mocos por encima de su boca abierta.

—¿Ahora vas a dejarme marchar? —graznó—. Te lo he contado todo. —John lo estudió un instante, con la Glock en la mano derecha y las llaves de las esposas en la izquierda. Miró las llaves, pero no podía quitarse de la cabeza la imagen de Boon abofeteando a Adriana.

Sin levantar la vista, dijo:

—Sí, me has ayudado.

Los ojos de Boon lo siguieron mientras se ponía en pie, con una expresión de evidente esperanza.

John dejó la Glock sobre la silla, luego caminó hasta colocarse detrás de la de Boon y se quedó de pie, mirando las manos esposadas de este. Lanzó las llaves al aire, una, dos veces, debatiéndose ante una decisión. Boon giró la cabeza, intentando ver qué hacía.

John suspiró.

—Vale.

Se agachó, cogió el rollo de cinta americana del suelo, arrancó un trozo, pasó el brazo por encima de la cabeza de Boon y se lo pegó con fuerza sobre la boca. A Boon se le abrieron los ojos como platos y protestó, pero sus palabras quedaron completamente ahogadas por la cinta americana.

John volcó la silla hasta dejarla en el suelo, recogió la Glock de la otra silla y luego fue hasta la cama y cogió la almohada.

Mientras regresaba, Boon se dio cuenta de lo que iba a ocurrir y se debatió con violencia, retorciéndose y girando, con los gritos sofocados por la cinta americana. John lo miró desde arriba; ya había tomado una decisión.

—La nariz rota ha sido por Adriana. Esto es por todas las Amiras cuyas vidas has destrozado.

John dobló la almohada por la mitad, se arrodilló, hundió la boca de la Glock en ella y le metió una bala en la cabeza a Boon.