Capítulo 55
J ohn caminaba a ciegas por el Soi , completamente ajeno a lo que le rodeaba.
No podía pensar en otra cosa que en Adriana, esposada y apaleada.
Por qué, por qué, por qué había permitido que se involucrara en el rescate de Amira.
No. Sacudió la cabeza. Jamás habría podido vivir consigo mismo sabiendo que Amira estaba esclavizada y no hacer nada al respecto.
Tenía que serenarse y poner en orden sus pensamientos.
Una actitud derrotista no iba a rescatar a las dos mujeres.
No podía haber sabido que las capturarían, pero ahora había ocurrido y tenía que encontrar la forma de solucionarlo. La vida de las mujeres dependía de él.
John dejó de caminar sin rumbo y miró a su alrededor. Se encontraba en medio del Soi Dieciocho, que discurría paralelo al Soi donde estaba Dragon. Pensar en Dragon le produjo cierta satisfacción. El dragón de jade debía de pesar casi dos kilos. Era un arma apropiada y le habría hecho daño.
John examinó los escaparates que lo rodeaban.
Se le ocurrió una idea. Necesitaba dinero en metálico.
Vio un cajero automático, se acercó y retiró la cantidad máxima diaria.
A continuación, cruzó a una agencia de viajes en la que se había fijado antes y empujó la puerta para entrar.
Era un negocio local que vendía billetes de autobús y excursiones de un día, y la dueña y su familia parecían vivir en la trastienda.
Dos niños y un perro estaban espatarrados delante de un televisor en una esquina y, en el mostrador, una mujer con aspecto cansado y un pijama de Hello Kitty dejó su cuenco de fideos y lo saludó con una sonrisa fatigada.
— Sawasdee ka . ¿Puedo ayudarle en algo?
John sonrió y juntó las manos en un wai .
— Sawasdee kup . He visto en el escaparate que tienen un coche de alquiler.
— Ka —asintió la mujer con entusiasmo—. Le hago buen precio.
— Kop khun kup. ¿Dónde está el coche?
La mujer señaló por la ventana. —Ahí fuera. Un Toyota.
John miró por la ventana el Toyota Corolla blanco aparcado junto a la acera. Perfecto. Lo bastante anónimo como para pasar desapercibido entre el tráfico.
—Me lo quedo. Ahora.
La sonrisa de la mujer se ensanchó.
—Señor, por favor, tome asiento. Deme el permiso de conducir, el pasaporte y la tarjeta de crédito, ka .
John se sentó y sacó la cartera. Le entregó el permiso de conducir.
—Perdí la tarjeta de crédito, le pagaré en metálico —le dijo, pues no quería dejar demasiadas pistas sobre lo que estaba haciendo. Si la policía investigaba los movimientos de su cuenta bancaria, lo único que verían sería una gran retirada de efectivo, pero no sabrían dónde se lo había gastado.
La agente de viajes lo miró con recelo.
—¿Cuál es la tarifa por día? —preguntó John.
Ella entornó los ojos y lo examinó de arriba abajo. —Dos mil bahts .
El precio era el doble de lo que debería cobrarle, pero a John no le importaba.
Contó ocho mil bahts y levantó la vista. —Para cuatro días. —Sostuvo el dinero sobre el mostrador y, cuando ella fue a cogerlo, lo retiró justo fuera de su alcance—. Y sin pasaporte.
—Diez mil bahts —respondió ella al instante, y la codicia se impuso a la cautela.
—Hecho —John contó otros dos mil bahts y se los entregó.
No darle el pasaporte era probablemente una pérdida de tiempo.
Tenía su permiso de conducir, pero solo figuraban su nombre y su dirección local.
Si la policía lo localizaba en la agencia de viajes, no quería darles la información en bandeja.
Probablemente podrían rastrear su número de pasaporte, pero esperaba que hacerlo los retrasara.
Quizá estaba siendo paranoico, pero más valía prevenir que curar.
La mujer fotocopió el permiso de conducir, rebuscó en un cajón y luego se lo devolvió junto con las llaves.
—Cuatro días.
— Kup —respondió John, y salió de la tienda.