John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 51
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Capítulo 51

— A driana —llamó John—. Amira.

Nadie respondió. John abrió la puerta de par en par y entró en el apartamento.

Sintió un vuelco en el corazón y un nudo de pavor se le instaló en el estómago.

Corrió a su dormitorio y se asomó por la puerta abierta.

Nadie. Hizo lo mismo con la habitación de Amira, también vacía.

¡Mierda! ¡Joder! Examinó el salón y se fijó en los detalles.

Había una lámpara tirada en el suelo y una de las sillas del comedor hecha pedazos contra la pared del fondo.

No se habían ido por su propia voluntad.

¡Cabrones! ¿Cómo los habían encontrado? Los pensamientos se arremolinaban en su cabeza.

¿Qué debía hacer? ¿Dónde estaban? ¡Joder!

Salió corriendo por la puerta, aporreó el botón del ascensor y observó con impaciencia cómo el ascensor subía hasta su planta.

Entró de un salto y machacó el botón de la planta baja.

El ascensor tardó una eternidad en llegar al vestíbulo y, en cuanto se abrieron las puertas, John se precipitó hacia el mostrador del guarda de seguridad.

El guarda que estaba allí cuando entró en el edificio ya no estaba; el mostrador, vacío.

Miró el mostrador, el teclado del ordenador y la batería de monitores de televisión que había encima.

Tenía que haber un registro de las entradas y salidas de todo el mundo, pero no tenía ni idea de cómo acceder a las grabaciones de seguridad. ¡Mierda!

Oyó un ruido a sus espaldas y se giró bruscamente para ver cómo se abría una puerta de servicio al fondo del vestíbulo y salía el guarda habitual, secándose las manos y con cara de sorpresa al ver a John detrás del mostrador.

—¿Sawasdee kup?

—¿Cómo puedo ver las grabaciones de seguridad? —exigió John.

—¿ Kup ?

John apretó la mandíbula. No le funcionaba el cerebro y no conseguía pensar con la suficiente rapidez en las palabras tailandesas correctas. Señaló los monitores. —Tele, tele. Rebobinar. Rebobinar. —Hizo un gesto con las manos, trazando círculos con los dedos.

Poco a poco, la comprensión afloró en el rostro del guarda. Se acercó, se sentó frente al mostrador e introdujo varias órdenes en el teclado.

John hizo un rápido cálculo mental y luego señaló su reloj. Volvió a gesticular con los dedos, levantando dos de ellos y haciendo con ellos el gesto de rebobinar en el aire.

—Rebobine dos horas.

El guarda asintió y tecleó más instrucciones en el teclado hasta que el reloj de la pantalla mostró la hora de hacía dos horas. Luego, con el ratón, hizo clic en reproducir y el reloj empezó a correr. John miraba fijamente los monitores. No pasaba nada. Aquello iba a tardar una eternidad.

—Más rápido, más rápido. —Escarbó en su cerebro en busca de vocabulario—. Reo, reo.

— Kup —asintió el guarda e hizo clic en otro botón. Los acontecimientos en pantalla se desarrollaron a cámara rápida: residentes del edificio entrando y saliendo, repartos, mensajeros dejando paquetes. John frunció el ceño, forzando la vista, desesperado por no perderse nada importante.

—Deténgalo. Hyud.

John se quedó mirando la imagen en el monitor. Un policía y un hombre con vaqueros y una camisa ancha y desabrochada entraban en el vestíbulo en dirección al ascensor.

—Reproduzca.

—¿ Kup ?

John apretó los dientes, le arrebató el ratón de la mano al guarda e hizo clic en reproducir. Vio cómo los dos hombres entraban en el ascensor.

—Muéstreme la cámara del ascensor.

—¿ Kup ?

—¡Oh, joder, por el amor de Dios! —John respiró hondo y se controló. Necesitaba mantener la calma, aunque cada fibra de su ser quería gritar de frustración—. Ascensor, ascensor. —Señaló las puertas del ascensor al otro lado del vestíbulo—. Cámara. —Imitó una cámara de cine con las manos.

—Ah, kapoom . —El guarda sonrió, tecleó más órdenes en el teclado y apareció la imagen del ascensor.

Sin que John se lo pidiera, rebobinó la grabación hasta la misma hora en que habían pausado la del vestíbulo y pulsó reproducir.

Vieron cómo los dos hombres subían en el ascensor.

El ascensor se detuvo, las puertas se abrieron y los dos hombres salieron.

John no veía en qué planta estaban, pero su instinto conocía la respuesta.

El guarda lo miró expectante. John le hizo un gesto para que avanzara rápido. Observaron atentamente hasta que vieron que las puertas del ascensor volvían a abrirse.

—Pare. —John vio cómo metían a Amira a empujones en el ascensor, y ella se encogió contra la pared del fondo.

El policía la siguió y se quedó de pie junto a ella.

Adriana entró después, con el hombre de paisano sujetándola de los codos y las manos esposadas a la espalda.

Ella forcejeó y él la empujó hacia delante, entrando tras ella.

No había sonido, solo una lucha silenciosa que se desarrollaba en la pantalla.

El policía pulsó el teclado del ascensor y las puertas se cerraron.

Adriana se dio la vuelta y fulminó con la mirada a su secuestrador; la ira era evidente a pesar de la falta de sonido.

Su secuestrador le dijo algo y tanto él como el policía se rieron.

Adriana pareció responderle y luego le escupió en la cara.

El hombre se limpió la cara con la manga y, con esa misma mano, le dio un revés que la mandó volando contra la pared lateral.

A John le dio un vuelco el corazón y apretó los puños con rabia.

Vio cómo Adriana se enderezaba, levantaba la barbilla desafiante y luego se giraba para mirar a la cámara.

Se quedó mirando la cámara y luego vocalizó algo.

—Deténgalo y rebobine —exigió John.

El guarda lo miró, con su expresión de asombro sustituida por una de total incomprensión. John se inclinó y rebobinó la grabación con el ratón. Miró fijamente la pantalla mientras Adriana le devolvía la mirada, observando sus labios. No podía estar seguro, pero parecía que estaba diciendo:

—Ayúdame, John.