Capítulo 52
J ohn cerró la puerta de su apartamento de una patada.
Le temblaban las manos y se le llenaron los ojos de lágrimas.
¿Por qué estaba tan maldito? ¿Por qué siempre ocurría algo cada vez que buscaba la felicidad?
Le habían arrebatado a la única mujer por la que se había permitido sentir algo desde la muerte de Charlotte.
Lágrimas de ira y frustración le rodaron por las mejillas.
Entró en la cocina, abrió el grifo y se echó agua fría en la cara.
Al darse la vuelta, se apoyó en la encimera y se quedó mirando con la vista perdida por la ventana que había al otro lado del salón.
En algún lugar, ahí fuera, estaba la mujer a la que amaba.
Tenía que haber sido Hassan quien se la había llevado; Hassan y sus jodidos y corruptos compinches de la policía.
¡Mierda! ¿Qué podía hacer? No podía acudir a la policía, no tenía ni idea de en cuáles podía confiar.
¿Cómo iba a recuperarlas? Apartó la mirada del cielo y se fijó de nuevo en el salón.
Distinguió la bolsa de tela que contenía la Glock y la munición, tirada donde la había soltado antes, presa del pánico.
Una vez más, tendría que encargarse él mismo del asunto. Daría caza a los hijos de puta que se habían llevado a Adriana y a Amira y se lo haría pagar.
Ese pensamiento le produjo una extraña sensación de consuelo.
Pudo sentir cómo el pavor y el miedo se transformaban en una especie de excitación al sentir el subidón de adrenalina y expectación.
No estaba seguro de si eso era bueno o no, pero la sensación le resultaba familiar y lo reconfortaba.
Apretó los dientes y después golpeó la encimera con la base de la mano derecha.
—¡Te lo haré pagar, hijo de puta!
Se dio la vuelta y abrió el armario, de donde sacó la botella de Botanist y un vaso.
Se sirvió una dosis generosa de ginebra y se la bebió de un trago, soltando un bufido mientras el líquido le abrasaba la garganta, antes de volver a llenar el vaso.
Caminó hasta el sofá, dejó el vaso en la mesita, se agachó, enderezó la lámpara y luego cogió la bolsa que contenía la Glock.
Se sentó, dio otro gran sorbo a la ginebra y luego vació el contenido de la bolsa en el sofá.
Cogió uno de los dos cargadores vacíos que le había dado William, abrió la caja de balas y las fue metiendo una a una en el cargador.
Las recuperaría. Solo tenía que averiguar cómo.