John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 45
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Capítulo 45

J ohn estaba sentado en el balcón, contemplando el perfil de la ciudad.

Las luces de los edificios aún parpadeaban mientras la oscuridad cedía paso a la luz, con el horizonte de la madrugada pintado en tonos anaranjados y rojizos que anunciaban la llegada del sol.

Se había despertado temprano, con la mente llena de ideas.

Incapaz de seguir durmiendo, dejó a Adriana en la cama y se levantó a preparar café.

Mientras sorbía el café, reflexionó sobre la situación.

Según sus llamadas del día anterior, no parecía haber ninguna vía oficial para devolver a Amira a su familia.

La policía era una incógnita, pues no sabía hasta dónde llegaban los tentáculos de Hassan, y las agencias de refugiados no podían hacer gran cosa, ya que técnicamente ella no era una refugiada.

Su familia seguía metida en un hotel de Daca, esperando noticias, y Amira no podía quedarse encerrada en su apartamento para siempre.

Una cosa era segura: no estaba a salvo en Bangkok.

Si seguían a Adriana, no tardarían en descubrir dónde se encontraba y en llevarse a Amira de vuelta.

El germen de una idea había ido formándose en su mente, y cuanto más pensaba en ella, más le parecía la única posibilidad de la que disponía.

Sería arriesgado, pero conocía a un hombre que podría ayudar.

Miró su reloj; aún era demasiado pronto para llamar, tendría que esperar.

Su mente se desvió hacia pensamientos más agradables: empezar una nueva vida con Adriana.

¿Sería posible? Las cosas habían ido bien hasta el momento, pero ¿era solo porque lo ocurrido con Amira los había unido?

¿Sobreviviría su relación a una época más tranquila, a un ritmo más mundano sin la emoción de rescatar a una chica de su brutal captor?

Suspiró y cerró los ojos, reclinando la cabeza contra la silla.

La imagen que apareció ante sus ojos fue la de Adriana apartándose un mechón de su pelo negro azabache de detrás de la oreja y volviéndose hacia él, con aquellos ojos color avellana veteados de dorado brillando con regocijo.

El pulso se le aceleró y sonrió. Solo el tiempo diría cómo saldrían las cosas, pero estaba dispuesto a intentarlo.

Abrió los ojos y se bebió el resto del café.

Aquellos pensamientos lo hicieron feliz y, a pesar de la preocupación sobre qué hacer con Amira, en el fondo sentía que todo saldría bien.

Se puso de pie, estiró los brazos por encima de la cabeza y se desperezó. Hora de salir a correr.

John se puso la ropa de correr, con cuidado de no despertar a Adriana, y justo cuando cogía las zapatillas, sonó el timbre. Adriana se revolvió en la cama y levantó la cabeza.

—¿Qué hora es?

John frunció el ceño y miró el reloj de la mesilla. —Las seis y media.

—¿Esperas a alguien?

—No. —John volvió a dejar las zapatillas en el suelo—. Quédate aquí, voy a ver.

Salió del dormitorio, cerrando la puerta tras de sí.

La puerta de Amira se abrió y la vio allí, frotándose los ojos.

John se llevó un dedo a los labios para indicarle que guardara silencio y le hizo un gesto para que volviera a entrar, cerrando la puerta a su espalda.

Se acercó a la mirilla de la puerta principal y miró.

¡Mierda!