Capítulo 44
M ás tarde, después de otra cena para llevar, John y Adriana se sentaron juntos en el sofá; John la rodeaba con el brazo y ella tenía la cabeza apoyada en su hombro.
La puerta de Amira estaba cerrada, pero ellos hablaban en voz baja mientras contemplaban las luces de la ciudad a través de las puertas vidrieras.
—Lo has hecho bien hoy. Estoy muy impresionado.
—Gracias, señor Hayes. Me alegro de que lo apruebe.
—Probablemente sea mejor que te quedes aquí un tiempo. No tardarán en averiguar dónde vives. Alguien de la oficina se irá de la lengua.
—En realidad, no quieres que me vaya.
John soltó una risita. —Eso también.
—¿Estás preocupado?
John no respondió de inmediato; sopesó las palabras con cuidado. Sabía de lo que era capaz la gente, así que sí, estaba preocupado, pero no quería que Adriana y Amira entrasen en pánico.
—Creo que estaremos bien.
Ninguno de los dos habló durante un rato; Adriana sentía el latido tranquilo y constante del corazón de John contra su pecho, mientras él disfrutaba del aroma de su pelo.
—Hoy no he tenido suerte con las agencias para refugiados —dijo John al cabo de un rato—. No la consideran una refugiada y su caso no es lo bastante mediático como para que se molesten. No van a conseguir publicidad, así que prefieren gastar sus fondos en alguien con un perfil más alto.
Adriana se movió y giró la cabeza para poder mirar a John. —¿Entonces qué hacemos?
—No lo sé, pero conozco a un hombre que podría ayudarnos. Haré unas llamadas mañana. He estado pensando que podría ser buena idea que nos marchásemos de Bangkok una temporada. A un lugar donde no nos busquen.
Adriana se quedó mirándolo, con la cara tan cerca que solo podía fijarse en un ojo a la vez. Al final, se inclinó hacia delante y le dio un beso suave en los labios, para luego retirarse y sonreír.
—Nunca me di cuenta de que la vida se volvería tan emocionante cuando te vi por primera vez en aquella cafetería, señor Hayes.
—Créeme, la emoción está sobrevalorada. Lo sé por experiencia.
Adriana levantó la mano y acercó la cabeza de él.
—Bueno, ¿qué tal si por ahora probamos otro tipo de emoción?