Capítulo 43
J ohn se inclinó hacia delante en su asiento y dejó la copa sobre la mesa que tenía al lado.
—¿A qué te refieres?
Amira los miró alternativamente, con cara de sorpresa.
—¿Hassan?
Adriana le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—No, no es Hassan. No sé quién.
—Vale, empieza por el principio. ¿Qué ha pasado?
—Bueno, he ido a la oficina y Kitty…
—¿Quién es Kitty?
—Nuestra recepcionista. Me ha dicho que un hombre ha estado llamando para preguntar si estaba en la oficina y que no ha querido dejar ni su nombre ni su número.
—Sigue —dijo John asintiendo, sin dejar de mirarla fijamente.
—Pues he salido de la oficina y estaba cogiendo el BTS de vuelta a Phrom Phong. He tenido la sensación de que alguien me miraba fijamente. Cuando he levantado la vista, un hombre al otro extremo del vagón ha apartado la mirada.
—Eres una mujer muy guapa. Los hombres te miran todo el tiempo.
—No, esto ha sido distinto —negó Adriana con la cabeza y le dio un sorbo a su copa—.
No me estaba mirando de esa forma. Así que me he bajado del tren en Asok, he cambiado de andén y he cogido el BTS de vuelta hacia National Stadium.
—Fijó la mirada en John—. John, el mismo hombre estaba en el tren conmigo.
John se recostó en la silla y frunció los labios. Tras un instante, preguntó:
—¿Tailandés o farang ?
—Tailandés.
—¿Te ha seguido hasta aquí?
—No, esta es la parte buena. —Cogió el vaso y bebió un trago largo antes de continuar—.
Me bajé en Chidlom, crucé el Grand Hyatt y cogí un taxi en la entrada principal.
Me bajé en Silom y luego cogí una motor-cy hasta el parque Lumpini.
Entré en el parque y me senté un rato en un banco, pero no vi ni rastro de él.
Así que crucé el parque hasta el otro lado, cogí otra motor-cy hasta Asok, atravesé el centro comercial de Terminal 21 y, finalmente, otra motor-cy hasta aquí. Es imposible que me haya podido seguir.
—Estoy impresionado —sonrió John—. Si alguna vez te cansas del periodismo, siempre tendrás una carrera en la CIA.
—Deja que te prepare otra copa. —Se levantó y le quitó a Adriana el vaso, ya vacío, de la mano—. Te la has ganado. —John fue a la cocina y sirvió otra generosa medida de Botanist en el vaso.
Amira intervino:
—¿No tuviste miedo?
—No, Amira —sonrió Adriana—. Miedo no, pero no quiero que quienquiera que me siga sepa dónde vivo. —Miró a John, que estaba en la cocina—. Ni dónde vive John. —Se inclinó hacia delante y le cogió la mano a Amira—. Y si es gente de Hassan, mucho menos quiero que descubran dónde estás.
—Creo que estaremos bien. —John se acercó y le pasó la copa recién servida a Adriana—.
Salud. —Volvió a sentarse en el sillón, cogió su propia copa y se quedó mirándola—.
Le habría sido muy difícil seguirte en una motor-cy .
Con la forma que tienen esos tíos de serpentear por el tráfico, es imposible seguirlos.
—¿Quién crees que era? ¿Gente de Hassan?
—A menos que hayas estado molestando a mucha más gente, diría que sí —asintió John lentamente—. Es demasiada coincidencia. No sé cómo nos ha localizado tan rápido.
—¿Nos encontrará aquí? —preguntó Amira, con la mirada saltando de John a Adriana, en una pregunta dirigida a ambos.
—No te preocupes, Amira. Nos aseguraremos de que no te encuentre. —Miró a Adriana—. Pero tenemos que tener cuidado a partir de ahora. No vuelvas a la oficina durante un tiempo. ¿Qué tal si les dices que estás fuera de la ciudad?
—Le he dicho a Kitty que diga que estoy fuera por un encargo.
—Bien. Es probable que vuelvan por allí para vigilarte. Tenemos que pensar qué hacer ahora.
—¿Has tenido éxito hoy? —preguntó Adriana.
—Aún estoy en ello. Te lo cuento luego —dijo John, haciendo un leve gesto con la cabeza hacia Amira, que estaba sentada en silencio en el suelo, jugueteando con los flecos de la alfombra.
Adriana asintió en señal de comprensión. Dio una palmadita en el sofá a su lado.
—Amira, ven, siéntate conmigo. Cuéntame qué tal tu día y luego pedimos algo de comida.