Capítulo 38
—¿ Y ahora qué hacemos? —preguntó Adriana mientras yacía en los brazos de John.
—No lo sé. —John le recorrió el hombro y la espalda con los dedos—. Vamos a tomárnoslo con calma.
Adriana guardó silencio un rato. Luego dijo: —No, me refería a lo de Amira.
—Ah, sí, claro. —John retiró el brazo de debajo de ella y se incorporó, sonriéndole.
—Ya se nos ocurrirá algo. Primero desayunemos. Me muero de hambre y oigo a Amira moverse por ahí. —Se inclinó y la besó entre los omóplatos—. A partir de ahora, todo irá bien.
Duchado y vestido, John salió del dormitorio. Olía a café y se dio cuenta de que la mesa del comedor estaba puesta para tres.
—Buenos días, señor —lo saludó Amira desde la cocina.
—Buenos días, Amira, y, por favor, llámame John.
—Sí, señor... Mmm..., John.
John echó un vistazo a la cocina. Se estaba preparando café recién hecho en la cafetera de émbolo y había un plato de fruta cortada en la encimera.
—Amira, no tienes que hacer esto. Ahora eres libre.
Amira se sonrojó. —Pero, John, señor. Quería hacerlo. Usted y la señora me han ayudado mucho. Nunca podré pagárselo.
—Amira, no tienes que pagarnos nada. Lo que te estaba pasando no estaba bien y queríamos ayudarte. Así que no te preocupes. Ahora, vamos a tomar un poco de ese café.
—Sí, señor... John. Quería prepararle un chai , pero no he encontrado los ingredientes. —Amira llenó una taza de café—. Señor, ¿lo toma con leche o azúcar?
—No, gracias. Solo.
—¿Y la señora?
—Saldrá en un minuto. Se está duchando. —John sorbió el café. Estaba más cargado del que él preparaba, pero no estaba mal. Se apoyó en la encimera de la cocina, sujetando la taza con ambas manos.
—¿Has dormido bien?
—Sí —sonrió Amira—. La cama es enorme.
—Bien. Considera esta tu casa hasta que encontremos la forma de que vuelvas con tu familia. Si necesitas cualquier cosa, por favor, dímelo.
—Sí, señor John.
—No hace falta el «señor» —sonrió John—. Dime, ¿cómo aprendiste a hablar tan bien inglés?
—En la escuela, s... ah, John. Mis padres siempre quisieron que mi hermana y yo fuéramos a la escuela porque ellos nunca pudieron...
Me encantaba la escuela..., pero tuve que dejarla...
—Inclinó la cabeza, avergonzada—. Mi familia no tiene dinero.
—Dejó de hablar y se puso a juguetear con el dobladillo de su kameez mientras John la observaba.
Cuando levantó la vista, tenía fuego en la mirada.
—Por eso vine aquí. Tengo que ganar dinero para que mis padres puedan descansar y mi hermana Zaara pueda seguir en la escuela. Trabajan muy duro, pero ahora me toca a mí cuidar de ellos... —Su voz se fue apagando y su actitud desafiante se desvaneció—. Pero no salió bien.
Ambos se giraron al oírse abrir la puerta del dormitorio, de donde salió Adriana. Llevaba una de las camisas de John sobre los vaqueros, con las mangas de algodón azul claro remangadas hasta los codos.
—Buenos días, señora. —Amira corrió hacia ella y la cogió de la mano.
—Buenos días, Amira. —Adriana miró a John con una expresión de perplejidad.
—Bonita camisa —le guiñó un ojo John y levantó su taza de café—. ¿Un café? Amira nos ha preparado una cafetera.
—Sí, por favor. Gracias, Amira. ¿Has dormido bien?
—Sí, señora. —Le soltó la mano a Adriana y se apresuró a volver a la cocina para servirle una taza de café—. ¿Con leche, azúcar, señora?
—Sí, por favor, y llámame Adriana. «Señora» hace que me sienta vieja.
—De acuerdo, señora. ¡Uy, perdón! —rio, y John y Adriana le devolvieron la sonrisa.
John cogió el plato de fruta y se dirigió a la mesa del comedor. —Venid, desayunemos y decidamos qué hacer hoy.
Los tres se sentaron a la mesa. Amira esperó a que John y Adriana cogieran fruta antes de servirse ella. Comieron en silencio durante unos minutos, disfrutando del dulce mango, la papaya y la guayaba. John se limpió la boca con una servilleta y luego habló.
—Creo, Amira, que es más seguro que te quedes en el apartamento unos días. Es posible que la policía te esté buscando y, hasta que decidamos qué hacer, es mejor que no la involucremos.
Amira asintió solemnemente, con la boca todavía llena de fruta.
John posó la mano sobre la de Adriana. —¿Quizá podrías comprarle a Amira algunas cosas para que esté más cómoda, algo de ropa, artículos de aseo, tal vez?
—Claro. —Adriana le sonrió a Amira—. Déjamelo a mí. —Se volvió hacia John—. Hoy tengo que pasarme por la oficina a recoger un expediente, así que aprovecharé para comprar algunas cosas.
—Genial. —John se aclaró la garganta y se removió en el asiento—. Y, ah, ¿volverás aquí esta noche?
—Sí, si te parece bien.
—Sí, sí, por supuesto. —A John se le ruborizó la cara y se levantó de un salto—. Voy a por más café.
Amira bajó la mirada a su plato, con el asomo de una sonrisa curvándole las comisuras de los labios.