John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 33
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Capítulo 33

J ohn jadeó en busca de aire, con la pierna izquierda enganchada a la barandilla, igual que el brazo.

Al caer, había lanzado el brazo por encima de la barandilla del balcón y ahora colgaba de allí, medio a horcajadas sobre ella, agarrándose con todas sus fuerzas con la axila y la cara interna de la rodilla izquierda.

Cerró los ojos —no quería recordar a qué altura estaba—, luego deslizó con cuidado la mano derecha hasta poder aferrarse a la barandilla y se izó para pasar al otro lado, desplomándose en el suelo del balcón.

Se quedó allí tumbado, jadeando, temblando por la adrenalina que le recorría el cuerpo, con los músculos estremeciéndose por el esfuerzo al que los había sometido.

Respiró hondo hasta que el terror que había sentido momentos antes fue abandonando lentamente su cuerpo, reemplazado por el alivio y, después, por la euforia.

Esbozó una sonrisa, que se convirtió en una risita y luego en una carcajada.

¡Joder! Esperó hasta que su respiración volvió casi a la normalidad, entonces se giró sobre un costado y se incorporó.

Le escocían las manos; tenía las palmas raspadas y arañadas por el descenso por la tubería.

El polvo y trocitos de pintura le cubrían la camisa, y se los sacudió, haciendo una mueca de dolor por la sensibilidad de las palmas.

Se puso en pie, sintiéndose un poco inestable, con la cara interna de los muslos todavía temblorosa por haberse agarrado a la tubería.

Estaba a medio camino. Ahora tenía que entrar en el apartamento.

John contaba con que una de las puertas correderas de cristal que daban del apartamento a la terraza estuviera abierta.

A él se le olvidaba a menudo cerrar la suya con llave, y esperaba que a Hassan le pasara lo mismo.

Recorrió la terraza entera, comprobando cada puerta y ventana a lo largo de los dos lados del apartamento que esta abarcaba, pero todas estaban bien cerradas.

¡Mierda! Tendría que romper una ventana.

Las puertas acristaladas eran demasiado grandes y harían mucho ruido, así que recorrió la terraza para encontrar una ventana adecuada, lo bastante pequeña como para romperla con facilidad, pero lo bastante grande como para poder colarse dentro.

Al lado de las puertas correderas de uno de los dormitorios, había un conjunto de ventanas dividido en tres paneles.

El del medio y el de arriba se podían abrir.

Si conseguía romper el cristal del panel del medio, podría meter el brazo, abrirla y luego entrar.

John buscó algo a su alrededor para romper el cristal.

Vio un helecho en una maceta grande de barro, se acercó y la cogió, sopesándola en brazos; era lo bastante pesada.

Volvió a la ventana, la levantó y la arrojó contra el cristal.

El vidrio se hizo añicos, y la maceta entró volando y se rompió en pedazos por todo el suelo del dormitorio.

John se detuvo un momento y escuchó, pero el ruido del tráfico de la calle y el zumbido constante de los compresores del aire acondicionado parecían haber ahogado el estruendo del cristal al romperse.

Poco a poco, metió el brazo con cuidado de no cortarse con los fragmentos de cristal, abrió el pestillo de la ventana y la abrió todo lo que pudo.

Luego, se coló por el hueco. Sus pies crujieron sobre los cristales rotos mientras cruzaba el dormitorio y entreabría la puerta.

El apartamento estaba oscuro y vacío. Se detuvo un instante, aguzando el oído por si oía alguna señal de Hassan, y luego atravesó el salón hasta la cocina.

Abrió la puerta, entró y encendió las luces.

Al ver la habitación de servicio, se dirigió hacia ella, corrió el gran cerrojo que aseguraba la puerta y la abrió.

Dentro, Amira estaba acurrucada en su cama, con la cara surcada de lágrimas y un lado del rostro hinchado y amoratado.

Levantó la vista aterrorizada... y luego aliviada.

Se levantó de un salto, se echó a los brazos de John y rompió a llorar.