Capítulo 32
J ohn salió al vestíbulo de la vigesimocuarta planta y miró a su alrededor.
Justo delante de él estaba la entrada del apartamento de Hassan.
Había llamado a Amira antes y ella le había confirmado que no había oído volver a Hassan, por lo que suponía que seguía en el restaurante.
John se acercó y probó el pomo por si acaso la habían dejado abierta, pero se llevó una decepción.
Miró debajo del felpudo en busca de una llave, pero no había nada.
Retrocedió un paso y examinó la puerta y, a continuación, pasó los dedos por el saliente que había sobre el marco.
Seguía sin haber llave. Maldita sea. No le hacía ninguna gracia tener que recurrir al plan B.
John se giró, buscó la salida de emergencia con la mirada, se acercó y abrió la puerta. Entró y subió las escaleras hasta la azotea. Empujó la barra antipánico de la puerta para abrirla y salió.
Se acercó al borde de la azotea, se asomó y una oleada de vértigo lo invadió.
Retrocedió y se agarró a la pared para recuperar el equilibrio.
Mierda. Esto no iba a ser fácil. Volvió a asomarse.
¡Joder! Mejor no mirar hacia abajo. Tenía que ponerse a ello.
Miró a izquierda y derecha hasta que localizó el conducto de servicio exterior que contenía las tuberías de agua y en el que se había fijado al estudiar antes unas fotos del edificio.
Cerró los ojos e inspiró hondo. El pulso ya se le estaba acelerando en anticipación a lo que estaba a punto de hacer y necesitaba calmarse.
Inspiró hondo de nuevo, abrió los ojos y dio un paso al frente.
Pasó una pierna por encima hasta quedar sentado a horcajadas sobre el murete y alargó la mano hacia la gran tubería de agua que bajaba por el centro del conducto.
El corazón le martilleaba en el pecho y respiró hondo un par de veces más. ¿De verdad quería hacer esto?
Cerró de nuevo los ojos y recordó a Amira sollozando en el parque.
Se imaginó a Hassan pegándole y lo asustada que debía de estar.
Tenía que intentarlo. Abrió los ojos, enganchó la punta del pie en el soporte que sujetaba la tubería a la pared, comprobó que aguantaba su peso y pasó la otra pierna por encima del murete, pegándose a la tubería.
Era de hierro y de unos veinte centímetros de diámetro.
No podía rodearla del todo con las manos, estaba demasiado pegada a la pared, pero le proporcionaba un agarre aceptable.
Ahora tenía las puntas de ambos pies apoyadas en el fino soporte metálico y rezó para que los tornillos que lo unían a la pared aguantaran.
Intentando no mirar hacia abajo, soltó el pie derecho y lo deslizó por la tubería en busca del siguiente soporte.
No lo encontró y el pie izquierdo empezó a resbalarle.
Se agarró con fuerza con los dedos y tiró hacia arriba hasta que volvió a tener ambos pies en el soporte.
Tenía que pensárselo mejor. Respiraba con dificultad por la tensión y tenía la cara mojada de sudor.
Soltó una mano y se la secó en la camisa antes de hacer lo mismo con la otra.
No quería, pero tenía que mirar hacia abajo.
Una vez más, se agarró con fuerza a la tubería, se inclinó un poco hacia fuera y miró hacia abajo por el hueco que quedaba entre el brazo y el cuerpo.
Podía ver el soporte, pero estaba fuera del alcance de su pierna.
¡Joder! ¿Qué podía hacer? Hizo una mueca.
Mierda, mierda, mierda. Vale. Inspiró hondo, apretó los dientes y volvió a deslizar el pie derecho fuera del soporte.
Se aferró a la tubería con los dedos, apretó los codos contra ella para sujetarse y, a continuación, soltó el pie izquierdo y rápidamente la aprisionó con los muslos y el costado de los pies.
Empezó a deslizarse, despacio al principio, y luego cogió velocidad.
John cerró los ojos, con el rostro contraído por el terror, pero apretó la tubería con todas sus fuerzas, intentando frenar el deslizamiento hasta que, ¡bang!
, sus pies golpearon el siguiente soporte y sus codos chocaron con el primero.
El segundo soporte se movió ligeramente bajo su peso, pero aguantó.
John se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración y expulsó el aire con fuerza antes de volver a inspirar hondo.
Los soportes estaban a un metro y medio de distancia, así que calculó que tendría que deslizarse una vez más hasta quedar a la altura del balcón del apartamento de Hassan.
Mierda. Tenía que volver a hacerlo, no había otra manera.
No podía volver a subir. Al menos esta vez, tenía un soporte al que podía agarrarse con los dedos.
Enganchó los dedos por encima del soporte, cerró los ojos, se agarró a la tubería con cada parte de su cuerpo que pudo y soltó ambos pies.
Sabía lo que ocurriría esta vez, pero eso no lo hacía más fácil.
Volvió a deslizarse, pero ahora podía controlar la velocidad con las manos y los brazos.
Sin embargo, cuando tenía los brazos completamente estirados por encima de él, sus pies todavía no estaban ni cerca del siguiente soporte.
Mierda, no lo había pensado bien. Tendría que soltar el soporte e inmediatamente agarrar la tubería que había debajo con las manos.
John exhaló repetidamente en breves y bruscas bocanadas de aire, inspiró a fondo por la nariz, rodeó la tubería con las rodillas y los muslos y soltó el soporte superior.
Se deslizó, con las palmas ahora resbaladizas por el sudor, que apenas frenaban su descenso.
Las apretó contra la tubería con toda la fuerza que pudo, aumentando la fricción hasta que, con un golpe sordo, sus pies dieron con el soporte de abajo.
El pie izquierdo se le resbaló y John gateó para recuperar el equilibrio, consiguiendo al fin afianzarse de alguna manera.
El segundo soporte estaba ahora a la altura de su pecho y, lentamente, una mano cada vez, bajó los brazos hasta que lo estuvo sujetando con los dedos de ambas manos.
Parpadeó para quitarse el sudor de los ojos y miró a su izquierda.
Ya casi había llegado. Tras inspirar hondo de nuevo, retiró el pie izquierdo del soporte y estiró la pierna hasta encontrar la parte superior de la barandilla del balcón.
Desplazó parte del peso de su cuerpo hacia ella, luego extendió el brazo izquierdo hasta que sus dedos encontraron la esquina de la pared y tiró de sí mismo.
Ahora estaba despatarrado contra la fachada del edificio, a veinticuatro pisos del suelo, con el pie izquierdo en la barandilla de acero inoxidable que recorría la parte superior del muro del balcón mientras las puntas de su pie derecho se posaban en una fina pieza de metal.
Con la mano izquierda, se aferró a la esquina de la pared donde se unía con el interior del balcón y tiró de más peso corporal hacia este, tomó lo que podría ser su última bocanada de aire y, a continuación, se impulsó con la mano y el pie derechos para apartarse de la tubería.
Su pie izquierdo resbaló de la barandilla y cayó.