Capítulo 29
J ohn consultó el móvil al salir a la calle y buscó el mensaje de Adriana. Leyó la dirección, pensó en la ruta más rápida y le hizo señas a un motor-cy que pasaba.
— Soi ha sip ha , Soi cincuenta y cinco.
El motor-cy rubjang asintió y le entregó un casco mientras John se subía detrás.
La moto arrancó a toda velocidad antes de que pudiera abrocharse la correa del casco, serpenteando entre el tráfico.
John apretó con fuerza las piernas contra la moto y se recordó a sí mismo que el manillar era más ancho que sus rodillas mientras pasaban a escasos centímetros de los vehículos parados a la izquierda y del tráfico que venía de frente a la derecha.
Llegaron al cruce con Sukhumvit Road justo cuando el semáforo se puso en verde y se incorporaron a la concurrida vía.
El tráfico estaba atascado, como de costumbre, pero la moto maniobró entre los carriles de coches y autobuses detenidos, en dirección al distrito de Thonglor.
John sacó el móvil e introdujo la dirección del edificio de Adriana en la aplicación de mapas.
El edificio estaba en uno de los sois secundarios.
Una vez que llegaron al soi cincuenta y cinco, guio al rubjang con señales hasta que se detuvieron frente al edificio.
Le pagó, le devolvió el casco y entró corriendo en el vestíbulo, con el corazón todavía desbocado por la carrera vertiginosa a través de la ciudad.
Adriana le abrió desde el telefonillo y él subió en el ascensor hasta el piso veinticinco, donde ella ya lo esperaba con la puerta abierta.
—John, ¿qué hacemos?
—Tranquila —dijo él, abrazándola—. Se nos ocurrirá algo. —La soltó, sujetándola por los brazos, y la miró a los ojos—. No te preocupes. Confía en mí. Siempre hay una solución.
Ella asintió, con el rostro contraído por la preocupación.
—Pasa. —Lo cogió del brazo y lo guio hacia el interior, cerrando la puerta tras de sí.
John examinó el apartamento mientras ella pasaba a su lado. Era un apartamento de un dormitorio, pequeño pero elegantemente amueblado, sin nada fuera de sitio. Las paredes blancas, los muebles de colores claros y los ventanales de suelo a techo hacían que pareciera más grande de lo que era.
Adriana señaló el sofá.
—Ponte cómodo. —Se dirigió a la cocina americana, sirvió un vaso de agua y se lo llevó, dejándolo en la mesa de centro frente a John antes de sentarse a su lado en el sofá.
—Vale. —John se inclinó hacia delante y la miró—. Venga, cuéntame qué ha pasado.
Adriana suspiró y se retorció las manos.
—Me ha llamado Amira. Estaba llorando. Me ha dicho que Hassan había encontrado el mapa y le había preguntado qué era.
Le dijo que sentía nostalgia y que quería recordar su hogar, pero él no la creyó.
—Adriana hizo una pausa y tragó saliva—.
Le ha pegado un puñetazo en la cara, John.
Luego la ha encerrado en la habitación. No puede salir.
—Cabrón —masculló John. Consultó su reloj—. Bueno, Hassan ya debería estar en su restaurante. Vamos a llamarla.
Adriana asintió y cogió su móvil.
—Haz una videollamada. Ayudará si la vemos y puede que a ella le reconforte vernos.
Adriana marcó y esperó a que se estableciera la conexión.
El rostro de Amira apareció en la pantalla y Adriana se deslizó por el sofá junto a John para que ambos pudieran verla.
Seguía llorando, el lado izquierdo de su cara, alrededor del ojo y el pómulo, amoratado en tonos azules y negros, y un hilo de sangre seca le bajaba de la comisura de los labios.
—Amira, soy John.
Ella sorbió por la nariz y se secó las mejillas con la mano que le quedaba libre.
—Amira, la sacaremos de ahí, ¿de acuerdo?
Asintió y rompió a llorar de nuevo.
—Amira, escúcheme. ¿Está Hassan ahí ahora?
—No creo. Creo que lo he oído irse. A esta hora suele ir a trabajar.
—Vale, ¿a qué hora vuelve?
—Muy tarde, señor. Normalmente después de medianoche, a la una o las dos de la madrugada.
—Bien, perfecto. Se me ocurrirá algo. No se preocupe.
Amira asintió y volvió a sorber por la nariz.
—Amira, ¿hay alguien más en la casa con usted?
—No, solo yo.
—¿Dónde está su habitación?
—Está al lado de la cocina.
—¿El cuarto de servicio?
—Sí.
John frunció el ceño, perplejo. Miró a Adriana.
—Esas puertas suelen tener solo un pestillo de privacidad, como las de los baños. —Volvió a mirar la pantalla—. ¿Por qué no puede abrir desde dentro?
—Le ha echado el cerrojo por fuera, señor. Mi puerta tiene cerrojos adicionales.
—Mierda. —John exhaló ruidosamente—. De acuerdo, Amira, la llamaré dentro de un rato. Pero no se preocupe, la ayudaremos.
Amira se echó a llorar de nuevo.
—Por favor, señor. Tengo miedo. Me ha pegado y me ha dado tantas patadas… Por favor, ayúdeme.
John apretó los dientes.
—Amira, míreme. —Esperó a que sus sollozos amainaran—. Amira, se lo prometo, la sacaré de ahí. Pero tiene que confiar en mí, ¿de acuerdo?
Ella asintió.
—Vale. La llamaré pronto. No tenga miedo. Estará fuera antes de que él vuelva a casa.
—Gracias, señor, señora.
Adriana cortó la llamada y miró a John.
—¿Cómo has podido prometerle eso, John? ¿Cómo vas a sacarla?
John se recostó en la silla, miró al techo y exhaló lentamente con los labios fruncidos.
—No lo sé, pero tenía que decirle algo. —Se levantó de un salto y empezó a pasearse por el salón mientras Adriana lo observaba desde el sofá.
—Llamemos a la policía —sugirió—. La rescatarán. Y ahora que sus padres están a salvo, no puede tomar represalias contra ellos.
John hizo una pausa y miró a Adriana, sopesando su idea. Tras un instante, hizo una mueca y negó con la cabeza.
—Vi a Hassan la otra noche bebiendo champán con un alto mando de la policía. Creo que es demasiado arriesgado. Sí, los agentes locales pueden sacarla, pero bastará una llamada de Hassan a su amigo para que se la devuelvan. Imagínate cómo será su vida entonces.
—Pero en cuanto la policía la saque del apartamento, podemos esconderla.
—Piénsalo. Probablemente se la llevarán para interrogarla, para averiguar qué ha pasado, así que no podremos llegar hasta ella.
Si no lo hacen y nos la entregan, querrán saber quiénes somos, y entonces nuestros nombres quedarán registrados para que los contactos de Hassan los encuentren.
Si ella desaparece, la policía vendrá a buscarnos.
Y no solo ellos, Hassan o sus compinches de la trata también vendrán a por nosotros.
—¿De verdad crees que se preocuparían por nosotros?
John miró a Adriana, a la hermosa mujer que acababa de encontrar.
La mujer de cuya vida quería formar parte.
Tenía miedo de perderla y quería tener el menor contacto posible con la policía.
Habían pasado demasiadas cosas en su vida y quería pasar desapercibido tanto como fuera posible.
¿Quién sabe adónde podrían llevar las cosas una vez que la policía empezara a investigarlo?
—Adriana, ¿de verdad quieres arriesgarte?
En la trata de personas se mueve muchísimo dinero.
Si Hassan está metido en esto, no querrá dejarlo pasar.
Querrá dar un escarmiento. Incluso si no hace nada él mismo, si tiene tantos contactos en la policía como creo, ¿quieres que la policía empiece a husmear en tu vida?
—Pero si no he hecho nada malo —protestó Adriana.
—Eso es irrelevante. Podrían inventarse cargos, podrías perder tu trabajo.
—No pasa nada. Puedo conseguir otro.
—¿Y si te cancelan el visado? Tendrías que irte de inmediato. No podrías volver nunca a Tailandia y en tu historial constaría que has sido deportada. Podría afectarte en otros países.
—¿De verdad crees que sería tan grave? —Adriana hizo una mueca—. No todos los policías serán corruptos.
—No, la mayoría no lo serán, pero no sabemos en quién podemos confiar. De verdad, no quiero arriesgarme.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿La dejamos ahí sin más?
John negó con la cabeza. —No. Le di mi palabra. La sacaré de ahí.