Capítulo 27
H assan se frotó las sienes. Le martilleaba la cabeza, tenía la boca seca y la garganta áspera e irritada.
Se incorporó y dejó caer las piernas por un lado de la cama.
Hizo una pausa, sacudió la cabeza para despejarse y se puso de pie.
La noche anterior había sido divertida, pero lo estaba pagando esta mañana.
Echó un vistazo al reloj digital de la mesita de noche… esta tarde.
No recordaba a qué hora había llegado, pero se había pasado casi todo el día durmiendo, así que debió de haber sido tarde.
Gracias a Dios por las cortinas opacas. Se arrastró hasta el cuarto de baño, levantó la tapa del váter y echó una larga meada mientras se contemplaba en el espejo.
Tenía los ojos rodeados de ojeras y el blanco de los ojos inyectado en sangre.
Volvió al dormitorio y bramó:
—¡Amira!
No hubo respuesta. Abrió la puerta de su dormitorio y asomó la cabeza.
—¡Amira! ¡ Chai !
Silencio. ¿Dónde estaba la zorrita? Hizo una mueca de irritación y cruzó el salón y el comedor para luego abrir de un empujón la puerta de la cocina.
—¡Amira!
Ni rastro de ella. Estúpida maagi . Debía de haberse ido al mercado.
Se había levantado más tarde de lo habitual, pero se suponía que tenía que esperar a que él se despertara para salir.
¿Cuántas veces se lo había dicho? Ya la pondría en su sitio cuando volviera.
Necesitaba una buena bofetada para que aprendiera cuál era su lugar, pero, ahora mismo, necesitaba cafeína.
Abrió las puertas de los armarios en busca de chai patti , hojas de té, pero no sabía dónde se guardaba nada.
Para eso estaba ella. Su irritación se convirtió en ira a medida que buscaba, hasta que finalmente, en uno de los armarios, encontró lo que buscaba.
Golpeó la lata de hojas de té contra la encimera y luego, con dificultad, se agachó para buscar una olla en uno de los armarios inferiores.
Al hacerlo, se fijó en el cubo de la basura abierto en un rincón de la cocina, vacío a excepción de un trozo de papel.
Fue el dibujo en el papel lo que le llamó la atención.
Metió la mano en el cubo y sacó el papel, alisando las arrugas sobre la encimera.
Examinó más de cerca lo que parecía ser un mapa dibujado a mano.
Frunciendo el ceño, le dio la vuelta hasta que las palabras escritas junto al mapa quedaron del derecho.
Leyó: «Calle 8… Adeal Road». Su ceño se frunció aún más.
Con el dedo, recorrió la siguiente línea de palabras: «Korail Basti».
—¡ Behin chod ! —exclamó—. ¿Qué coño hacía la zorrita esa dibujando mapas de su casa de Daca?
—Descargó el canto del puño sobre la encimera de la cocina—.
¿Qué estaba tramando? —Cogió la lata de hojas de té y la lanzó al otro lado de la cocina.
Chocó contra la pared de enfrente, la tapa se soltó y las hojas se desparramaron por todo el suelo en una lluvia de color marrón—.
¿Dónde se había metido la zorrita? Averiguaría qué estaba planeando y luego le daría una lección que no olvidaría.