Capítulo 24
T hapa pagó al conductor del bicitaxi y bajó a la calle.
Abrió la aplicación de fotos del móvil y consultó el mapa.
Tras mirar a ambos lados de la calle para orientarse, echó a andar sin dejar de comprobar el mapa hasta que encontró el punto de referencia dibujado en el croquis como punto de partida.
Había llegado la noche anterior en el vuelo de Cathay Pacific desde Hong Kong y había ido directamente a un hotel en el que había reservado dos habitaciones.
Era un hotel barato para viajeros en el distrito de Gulshan de Daca, cerca de Korail Basti; básico, limpio, hacían pocas preguntas y aceptaban dinero en efectivo.
Aquella mañana, había cogido un bicitaxi hasta el supermercado Banani, donde había comprado una tarjeta SIM local y un teléfono barato de fabricación china.
También había comprado un kurta y pijama, la camisa larga y los pantalones anchos que llevaban los hombres de la zona, y un par de chanclas de goma baratas.
No parecía el típico bangladesí de Daca, pero, con sus rasgos nepalíes, podría pasar por alguien del norte de Bangladés, cerca de la frontera con el noreste de la India, sobre todo si vestía como uno de ellos.
Tampoco le preocupaba el idioma. Los bangladesíes hablaban bengalí o urdu, y ambos eran lo bastante parecidos al hindi como para que él se las apañara.
Se cambió en el hotel y esperó al anochecer. El momento era crucial.
Odiaba la trata de seres humanos. Continuamente, chicas jóvenes de aldeas remotas de Nepal eran víctimas de la trata para acabar en burdeles de la India, Pakistán y Oriente Medio.
Otra maldición más que sufrían los pobres en su lucha por la supervivencia.
Thapa deseaba poder hacer más, pero si conseguían salvar al menos a una chica, habría merecido la pena.
Thapa encontró la barbería que buscaba; no era más que una barraca de tres paredes de chapa ondulada con dos sillas y un espejo roto en la pared.
Ambas sillas estaban ocupadas, con sus ocupantes reclinados con la cara enjabonada mientras los barberos los afeitaban con navajas.
Junto a la barbería, un estrecho callejón se adentraba en el barrio de chabolas y, tras consultar el mapa una vez más, se metió por él.
El callejón era estrecho y oscuro; la única luz provenía de algún tubo fluorescente o bombilla desnuda ocasional que colgaba de los cables del tendido eléctrico.
Se oscureció aún más a medida que se adentraba, pues las chabolas del barrio, precarias construcciones de dos y tres alturas levantadas con materiales de desecho, se inclinaban sobre su cabeza.
Las aguas residuales sin tratar corrían por ambos lados del callejón, desbordándose en algunos puntos.
Thapa se subió los pantalones del pijama mientras chapoteaba en los charcos, intentando no pensar en lo que estaba pisando.
La gente lo adelantaba en ambas direcciones, corriendo hacia y desde sus lugares de trabajo, mientras niños sucios y desnutridos jugaban en la tierra, vigilados por ancianos delgados sentados en los umbrales de sus puertas.
Thapa intentó no respirar muy hondo, arrugando la nariz por el hedor de los desagües al aire libre mientras contaba los callejones transversales hasta llegar al tercero.
Volvió a consultar el mapa y luego giró a la derecha.
Pasó otros dos callejones transversales antes de girar a la izquierda.
Cuanto más se adentraba en el barrio marginal, más gente lo miraba con extrañeza, sabiendo que no era de allí y preguntándose qué hacía allí un desconocido.
Se alegró de llevar ropa local y comprendió por qué John no podría haber venido él mismo.
Se detuvo a cuatro chabolas del último giro, echó un último vistazo al mapa para confirmarlo y luego se acercó a la chabola que tenía a su izquierda mientras los vecinos lo miraban fijamente. Se agachó y oteó el interior, tenuemente iluminado y lleno de humo.
—As salaam aleikum.
Una mujer de aspecto cansado levantó la vista del fuego donde cocinaba, en cuclillas, mientras removía una olla de dahl hirviendo, las lentejas que constituían la única fuente de proteínas que los pobres podían permitirse.
—Wa aleikum salaam.
La respuesta provino del lado izquierdo de la chabola, y Thapa se giró para ver a un hombre recostado en una estera en el suelo.
Se incorporó para mirar a Thapa, con expresión interrogante.
Era delgado y solo vestía una camiseta de tirantes blanca, sucia y rota, y un sarong de cuadros azules y negros.
A su lado, una niña de unos diez años levantó la vista de un libro de texto destartalado que estudiaba a la luz de un candil de queroseno.
—¿Nazir Mustafi?
El hombre miró a su mujer con gesto preocupado y luego volvió a mirar a Thapa.
—Sí.
—Tengo noticias de Amira. Está a salvo.
La mujer ahogó un grito, llevándose las manos a la cara, y rompió a llorar.
—Alhamdulilah. Gracias a Dios —Nazir le hizo un gesto a Thapa para que entrara—. Aiyee andar. Por favor, entre.
Thapa se quitó las chanclas y se agachó para entrar en la chabola. Nazir sacó una estera de una pila de ropa de cama en un rincón y la extendió en el suelo, indicándole a Thapa que se sentara.
—Beitiye, por favor, siéntese.
Thapa se acomodó y observó la chabola. Era una única habitación con un fuego para cocinar en una esquina; las paredes y el techo estaban ennegrecidos por el humo.
Ollas de acero inoxidable abolladas y recipientes de plástico con dahl y arroz llenaban un estante en la pared, y un baúl de hojalata en una esquina servía como único mueble.
Tanto Nazir como la madre de Amira, Parveen, esperaban nerviosos a que Thapa dijera algo.
Él les dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Está bien. Está en Tailandia, en Bangkok.
Parveen se acercó a la hermana de Amira, Zaara, y la estrechó en un fuerte abrazo.
Nazir puso la mano en el brazo de Thapa.
—Pero ¿quién es usted y cómo lo sabe? Usted no es de aquí, ¿verdad?
—No, me ha enviado aquí un amigo. Quiere que sepa que Amira está a salvo y que volverá a casa pronto. —Thapa se miró el reloj. Justo a tiempo. Se sacó el móvil del bolsillo y marcó.
—Tome, puede hablar con ella.
1 Véase «A Million Reasons» - John Hayes n.º 2