John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 23
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Capítulo 23

J ohn estaba sentado en el balcón, contemplando las luces parpadeantes de las afueras.

El sol se había puesto no hacía mucho y aún quedaba un resplandor en el horizonte; la luz residual del astro teñía los bordes del cielo de rojo y naranja.

El esmog producía unas puestas de sol preciosas.

John bebió un buen trago de su gin-tonic mientras escuchaba el zumbido de fondo de la ciudad.

Se había reunido antes con Amira y le había entregado un teléfono móvil con instrucciones sobre cómo usarlo. Ella parecía un poco más feliz, más segura de sí misma; la idea de la huida le daba esperanza.

John todavía no sabía qué hacer. Saldar la deuda y sacarla de la casa eran tareas fáciles, aunque, cuanto más pensaba en ello, menos inclinado se sentía a pagar a Hassan o a los traficantes y recompensarlos por su malvado negocio.

No era más que esclavitud, y se resistía a fomentarla de ningún modo.

Incluso si pagaba, evitar cualquier repercusión negativa a largo plazo contra Amira y su familia sería mucho más difícil.

Suspiró. No sería fácil, pero, como decía el viejo refrán de «¿cómo te comes un elefante? Bocado a bocado», tenía que dividir el problema aparentemente insuperable en tareas más pequeñas y asequibles: un paso cada vez.

Lo primero era asegurarse de que la familia de Amira estuviera a salvo antes de liberarla.

Luego tenía que decidir si pagar a Hassan y a los traficantes, y tenía que impedir que Hassan tomara represalias.

¿Detener a los traficantes? Eso no ocurriría jamás, y a John no le interesaba meterse en una cruzada personal contra la trata de personas.

Jugueteó con el vaso, haciendo chocar los cubitos de hielo contra el cristal.

Todavía había demasiadas preguntas y ninguna solución a la vista.

Cogió el teléfono y escribió un mensaje. «Llámeme cuando sea seguro. John». Necesitaba sacarle más información a Amira.

Ya se había terminado el segundo gin-tonic cuando sonó el teléfono.

Asegurarse de que la familia de Amira estuviera a salvo era la máxima prioridad.

Había que contactar con ellos y sacarlos del barrio de chabolas, pero John no podía hacerlo él mismo: un hombre blanco deambulando por allí llamaría demasiado la atención.

Cogió el teléfono.

—Amira, ¿está todo bien?

—Sí, señor. Está en el restaurante. No volverá hasta tarde.

—Vale, Amira. Necesito hacerle algunas preguntas.

—Sí, señor.

—¿Cómo contacta con sus padres? ¿Tienen teléfono?

—No, señor. No he podido hablar con ellos desde que me fui. El señor Hassan dijo que les enviaría un mensaje, pero no le creo.

—Mmm, de acuerdo. —John se levantó y se paseó por el apartamento mientras una idea tomaba forma en su mente.

—Amira, ¿cuál es la dirección de su casa?

—No hay dirección, señor. Mi familia vive en el barrio de chabolas de Korail. No tenemos calles ni números.

—Entonces, ¿cómo encuentra la gente dónde vive la gente?

—Señor, simplemente lo sabemos. Nacimos allí, conocemos cada callejón, cada chabola, y todo el mundo se conoce.

John se quedó pensando un poco más.

—Vale, ¿podría dibujarme un mapa?

—Creo que sí, señor —Amira vaciló.

—Bien, busque un papel y dibuje un mapa hasta donde vive su familia. Luego hágale una foto al mapa con el teléfono y envíemela. ¿Sabe cómo usar la cámara del teléfono?

—Sí, señor.

—Bien, hágalo ahora mismo.

—De acuerdo, señor. Pero, señor, ¿qué va a hacer?

—Pronto se lo haré saber, Amira. No se preocupe. Tengo una idea. Solo envíeme ese mapa.

1 Véase «Venganza» - John Hayes #1

2 Véase «Un millón de razones» - John Hayes #2