John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 22
71%

Capítulo 22

« N o podemos dejarla allí».

—Lo sé —asintió John y dio otro sorbo a su café—. Pero su situación es mucho más complicada que simplemente enviarla a casa.

Adriana le puso la mano en el brazo a John.

—Es muy generoso por tu parte ofrecerte a pagar su deuda.

—No pasa nada. Tengo el dinero, más vale que lo emplee en algo útil.

—Sí, pero la mayoría de la gente no se molestaría. Es admirable lo que estás haciendo.

Ambos se quedaron en silencio un momento; John se sentía un poco abochornado.

—Si no podemos acudir a la policía, ¿crees que nos ayudará el ACNUR? Han estado trabajando mucho con los refugiados en el Mediterráneo.

—Mmm, dudo que puedan ayudar. Estuve investigando sobre esto anoche.

Tailandia, por desgracia, no es signataria de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de la ONU y no reconoce a los refugiados.

Además, en sentido estricto, no es una refugiada.

Amira es lo que llaman una inmigrante por motivos económicos, así que no va a recibir muchas simpatías del Gobierno tailandés.

Podría acabar en un centro de internamiento durante años mientras deciden qué hacer con ella. Cambiaría una cárcel por otra.

John cogió la taza de café y se quedó mirándola antes de volver a dejarla en la mesa sin beber.

—Me preocupan más las repercusiones para su familia.

Podemos rescatarla nosotros mismos y de alguna manera enviarla de vuelta a Daca, y puedo pagar el dinero para saldar su deuda.

Pero ¿quién nos asegura que Hassan no pagará su rabia con ella o con su familia más tarde?

O que Karim y los traficantes, pensando que conseguirán dinero fácil, no intenten secuestrarla de nuevo para pedir un rescate.

—Podrían mudarse de donde viven ahora.

—Dudo que tengan dinero suficiente para eso.

—Mmm.

John se quedó mirando por la ventana de la cafetería el continuo fluir del tráfico.

—Entonces, hay tres cosas que tenemos que hacer. Una, sacar a Amira de la casa y llevarla a un lugar seguro. Dos, trasladar a su familia, y tres, pagar su deuda.

—Hay una cuarta cosa.

John se giró para estudiarle el rostro. Parecía decidida y tenía un brillo feroz en la mirada.

—¿Cuál?

—Tengo que destapar a estos traficantes y hacer que los encierren.

—Eso será peligroso. La policía está implicada, y quién sabe si también lo están otros funcionarios del Gobierno. Tendrás que tener mucho cuidado.

—Sí, lo sé, pero no puedo quedarme de brazos cruzados sabiendo que ocurren cosas así y no hacer nada al respecto. Sabiendo que he optado por el camino fácil y he seguido escribiendo sobre restaurantes y cafeterías.

John asintió lentamente, observando el fuego que brillaba en sus ojos, el rubor en sus mejillas. Se inclinó despacio y la besó suavemente en los labios.

Adriana no se apartó, pero pareció sorprendida, y el rubor de sus mejillas se extendió al resto de su rostro.

—John, yo...

—Lo siento, pero he querido hacer esto durante días... Lo... lo lamento, no he debido... —John se quedó mirando la superficie de la barra.

Maldita sea. ¿Qué estaba haciendo? No se había podido contener. Después de todo este tiempo solo, era la primera mujer por la que se sentía atraído, la primera mujer con la que sentía que podría construir una vida... y ahora lo había echado a perder.

—No has hecho nada malo —dijo Adriana en voz baja.

John levantó la vista. Ella sonreía, ¿y tal vez asomaba una lágrima en sus ojos?

Adriana alargó el brazo, le puso la mano en la nuca y lo atrajo suavemente hacia ella.

Lo besó y, esta vez, John sintió una descarga de energía recorrerle el cuerpo.

Se le humedecieron los ojos al sentir que su corazón, cerrado durante tanto tiempo, se abría, inundado de emociones que no había sentido en años.

Se apartó y la miró a los ojos, con los suyos llenos de lágrimas.

—Te ayudaré, Adriana. Pero será peligroso... La cuestión es... —Desvió la mirada, con un nudo en la garganta. Tragó saliva y la miró de nuevo—. La cuestión es... que ya he perdido a alguien antes, y no quiero perderte a ti.

Adriana sonrió y le apretó la mano.

—Ni yo a usted, señor Hayes.