John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 17
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Capítulo 17

OCHO MESES ANTES

A mira cruzó con cuidado el desvencijado puente de bambú que se adentraba en el lago hasta la plataforma de los retretes.

Aún estaba oscuro y tenía que tener cuidado de no dar un mal paso y caer en la hedionda agua negra que había debajo.

Saludó con la cabeza a Farzana, que había llegado antes que ella; luego se giró, se recogió los pliegues del camisón y se puso en cuclillas.

Volvió la vista atrás por el puente, hacia el poblado chabolista que llamaba hogar.

Se encendían luces a medida que los habitantes del barrio, aquellos con la suerte de tener trabajo, se despertaban para una larga y dura jornada en las fábricas textiles.

Una densa neblina de humo ya flotaba a baja altura sobre el conjunto de chabolas destartaladas, que no haría sino empeorar a medida que se avivaran los fuegos para cocinar y el tráfico aumentara en las carreteras que bordeaban el suburbio.

Amira intentó no respirar demasiado hondo.

Había nacido allí y había pasado toda su adolescencia en Korail Basti, el poblado chabolista más grande de Daca, pero una nunca se acostumbraba al olor.

Los vapores que ascendían de la superficie quieta y atintada del lago se impregnaban en el pelo y la piel, y no había baño ni friega que pareciera eliminarlo.

Al otro lado del poblado se encontraban los lujosos edificios de apartamentos de los ricos, que se alzaban muy por encima de las chabolas de una o dos plantas hechas de chapa ondulada y trozos de madera.

Amira contempló las luces parpadeantes de los edificios y soñó con una vida mejor.

Ya había estado en esos edificios una vez, ayudando a su madre como empleada doméstica durante una semana.

Aún recordaba el increíble espacio del que disponía cada familia.

Cada persona con su propio dormitorio y cuarto de baño, en lugar de una chabola de una sola habitación donde cuatro personas dormían juntas en el suelo.

Retretes con agua que salía de un grifo en vez de un cubo de plástico sucio.

Cocinas con armarios llenos de comida y una placa de gas que se encendía con solo pulsar un botón.

En cambio, ella tenía que ponerse en cuclillas junto a la zanja abierta y cocinar chapatis en un fuego humeante mientras su hermana pequeña se sentaba en la tierra y el barro de la estrecha callejuela sembrada de inmundicia.

Amira suspiró. De nada servía soñar despierta.

Tenía que preparar la comida para la familia antes de que su padre se fuera a su trabajo en la fábrica y su madre a limpiar los apartamentos con los que Amira soñaba.

Se aseó y se bajó rápidamente la falda del camisón al ponerse de pie.

Algún día saldría de aquel poblado y haría algo para mejorar la vida de su familia.

Tenía que hacerlo. No quería acabar como su madre, una mujer consumida y ajada, con todos los sueños olvidados, abandonada toda esperanza de un futuro mejor.

Tenía que hacer algo para que sus padres pudieran pasar al menos algunos años con relativa comodidad.

Habían trabajado duro toda su vida para mantenerla a ella y a su hermana. Ahora le tocaba a ella.

Amira serpenteó por los callejones embarrados que entrecruzaban la masa de chabolas.

Se detuvo en un cruce para comprobar dónde estaba; no había señales y nunca había estado en esa parte del poblado, así que no estaba segura de qué camino tomar.

Un anciano frágil en pantalones cortos y camiseta de tirantes estaba en cuclillas junto al callejón, y le preguntó por una dirección.

Él la miró de arriba abajo y luego le hizo un gesto para que siguiera por el callejón.

Ella le dio las gracias y continuó en la dirección que le había indicado mientras él se aclaraba la garganta, tosía y escupía un gran gargajo en la tierra.

Karim Abdul era un nombre que había oído pronunciar muchas veces en susurros.

Había innumerables historias sobre el hombre que gobernaba los suburbios, pero nunca lo había visto, solo a los hombres que trabajaban para él.

Los hombres que recaudaban el dinero cada mes por la conexión ilegal de electricidad y el suministro de agua potable.

Karim Abdul controlaba todo lo que entraba y salía del poblado, y pocas personas se atrevían a contrariarlo.

Estaba nerviosa por buscar su ayuda, pero Farzana le había dicho que, si alguien podía sacarla del suburbio, era él.

Se acercó a una chabola, más grande que las demás, con tres hombres merodeando fuera. La vieron acercarse y la miraron con lascivia, haciéndose comentarios entre ellos que no pudo oír, pero cuya intención estaba clara.

Armándose de valor, preguntó: ¿Karim Chacha hain? ¿Está el tío Karim? No era su tío, pero todo el mundo se refería a él así; le hacía parecer menos amenazante.

Uno de los hombres, un joven delgado con una barba rala, asintió y le indicó con un gesto que entrara por la puerta abierta.

Amira miró hacia atrás, por donde había venido.

¿De verdad quería seguir adelante con esto?

Recordó cómo su padre, agotado, se levantaba de la cama por la mañana antes del trabajo, después de toser toda la noche.

Tenía que hacer algo. Se agachó y entró en la chabola.

Dentro, un hombre corpulento con una camiseta de tirantes blanca y un sarong de cuadros estaba sentado en el suelo, comiendo chapatis y lo que parecía pollo al curry. A Amira le rugieron las tripas. No recordaba la última vez que había comido carne. Era demasiado cara para su familia.

El hombre levantó la vista y sus ojos le recorrieron el cuerpo, deteniéndose demasiado en la zona del pecho; inconscientemente, se bajó el dupatta en un intento por ocultar sus formas. Él se relamió los labios y eructó.

—¿Qué quieres?

—Señor… Alguien me dijo que usted podría conseguirme un trabajo en Malasia.

—Mira a esta princesita —rio e hizo un guiño al hombre que le preparaba la comida—. Quiere viajar. Trabajar en un país extranjero.

El otro hombre soltó una risita y volvió a su fogón, dándole la vuelta al chapati en la llama antes de lanzarlo al plato que tenía Karim delante.

Karim se volvió hacia Amira, con el rostro serio.

—¿Por qué quieres irte de aquí? Quédate aquí conmigo. Te daré una buena vida.

—Señor —tragó saliva Amira—. Necesito ganar más dinero. Mi madre está cansada y mi padre no está bien. Quiero mandar a mi hermana al colegio. Me dijeron que usted podría ayudarme. Si trabajo en Malasia o Tailandia, podré ganar suficiente dinero para enviárselo a mi familia.

Karim asintió, partió un trozo de chapati, rebañó un poco de curry de pollo y se lo metió en la boca.

Masticaba ruidosamente, con la boca abierta y restos de curry pegados a los labios y en la comisura.

Amira desvió la mirada y echó un vistazo rápido a la habitación.

No era muy distinta a la suya, un poco más grande, pero él tenía televisión y electricidad.

Se rumoreaba que tenía una casa grande en Baridhara, cerca del Colegio Americano, pero pasaba los días aquí, en el barrio de chabolas, manteniendo un férreo control sobre todo lo que ocurría.

Volvió a mirar a Karim, que se estaba llevando otro bocado de curry de pollo a la boca.

Era un hombre mayor, quizá de unos cincuenta años, y, si uno no se fijaba demasiado, parecía el padre de cualquiera del barrio, salvo que mejor alimentado.

La cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda en diagonal y unos ojos que te taladraban cuando te clavaba la mirada insinuaban una realidad más aterradora.

Lo que parecía un diente de tigre engastado en oro colgaba de una gruesa cadena de oro que llevaba al cuello, y en el suelo, a su lado, había tres teléfonos móviles.

Él levantó la vista y le estudió el rostro durante un rato, hasta que ella apartó la mirada.

—Sí, puedo enviarla allí, pero es muy caro. ¿Tiene dinero?

Amira bajó la vista al suelo, con los ojos anegados en lágrimas. —No tengo nada.

—De acuerdo —asintió Karim pensativo, sin apartar los ojos del rostro de ella—.

No llore. Puedo ayudarla. Puede devolvérmelo con lo que gane cuando llegue a Malasia.

—Sonrió, dejando al descubierto una boca llena de dientes podridos—.

Ganará tanto dinero que no tardará mucho en pagarme.

Entonces podrá comprarles a sus padres una casa grande.

—Esbozó una sonrisa que solo consiguió que pareciera más amenazador—.

No se preocupe, el chacha Karim cuidará de usted.

—Señaló los restos de su curry—. ¿Le apetece comer algo?